Puerto Silgrom 02: Cuidados narsianos

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Puerto Silgrom

Cuidados narsianos

—Por favor —suplicó temblando en tensión. Su cuerpo pendía de un garfio del techo, atado con las correas para inmovilizar las mercancías. Apenas podía tocar el suelo con los dedos de los pies, lo justo para sostenerse con cansancio. Pero su preocupación no era la fatiga de sus músculos, sino los finos dedos deslizándose por su cuerpo desnudo.

El contacto desapareció, y de nuevo lo notó acariciándole la nuca, descendiendo columna abajo, vértebra tras vértebra, hasta llegar al final de su espalda. Un estremecimiento le hizo gemir, y arqueó el cuerpo, deseando volver a sentir esa lengua sobre su piel.

—Por favor.

Vinial estaba sentado frente a él, sobre unas cajas viejas. Sus fríos ojos azules lo observaban con aprobación, asintiendo de vez en cuando.

Ari volvió a gemir, casi lloriqueando, y se inclinó hacia delante. No sabía cuánto tiempo llevaban con esa tortura. Horas, quizás. Venían, lo tocaban, le hacían suplicar, y luego se marchaban dejándolo a solas con su necesidad. No importaba cuánto intentara negociar con ellos. Nunca acababan lo que comenzaban.

El alienígena se levantó, sacudiéndose el polvo de las manos, y le hizo un gesto a su compañero. En la penumbra su piel azul apenas era perceptible. La idea de que fueran a marcharse una vez más fue demasiado para Ari. Mentalmente estaba agotado, y el dolor entre sus piernas era más de lo que podía soportar. Un lamento largo y profundo salió de su garganta mientras dejaba caer la cabeza con derrota. No podía soportarlo. Ya no. No más.

—Por favor —lloró, sintiendo las lágrimas quemar sus mejillas—. Se los ruego. Por favor. No me dejen aquí. No se vayan.

Escuchó las delicadas pisadas acercándose, apenas un murmullo sobre el frío suelo. Alzó la vista para descubrir esas pupilas gélidas observándole con diversión.

—¿Quieres que nos quedemos, Arístides?

Asintió. No lo quería. Lo necesitaba. La mano del narsiano se acercó a su pecho, quedando a unos eternos veinte centímetros de su piel, y él se agitó, tratando de alcanzarlo. Sus tetillas dolían, prietas por la excitación.

—¿Quieres que mi amigo y yo nos quedemos a hacerte compañía?

El hombre acercó la cabeza, mirándolo con seriedad. Sus labios finos y sonrojados no escondían la burla patente en sus preguntas. Ari no pudo apartar sus ojos, ansiando volver a sentir esa boca, esa lengua gruesa y caliente introduciéndose dentro de él, recorriéndole, reclamándole. Quería de nuevo la saliva narsiana entrando en su cuerpo como un potente afrodisíaco, llevándole al borde de la demencia mientras cada una de sus células reventaban en pequeños estallidos de placer. Gimoteó y estiró el cuello, en busca del beso. Pero el otro bufó, riéndose, y se alejó unos pasos. Le hizo un gesto a su compañero, y entonces unos brazos fuertes sujetaron las caderas del humano.

—Demuéstrale a Oria cuán interesado estás en nosotros.

Vinial retrocedió una vez más, hasta quedar casi escondido en la oscuridad, apoyándose en las cajas que habían junto a la puerta, y se cruzó de brazos.

Un beso cálido pero seco en su nuca hizo que se sobresaltara. Las manos habían ascendido y se cruzaban en torno a su pecho, apretándolo con firmeza. Percibió algo húmedo y duro metiéndose entre sus nalgas mientras el rostro de su secuestrador se habría camino hacia su oído.

—¿Quieres jugar, pequeño humano? —Movió las caderas, y sus nalgas se separaron ante la intrusión.

Su respiración se agitó. El miembro de Oria se clavaba sobre la piel, haciendo que se dividiera entre el deseo y la incomodidad de la presión. Incapaz de contener la lujuria, levantó el culo y se presionó contra el otro cuerpo, buscando mayor contacto. Escuchó una risa y el aire cálido le hizo cosquilla en la oreja.

—Eres nuevo en esto, Arístides —le advirtió Vinial. Su tono aburrido hizo que el muchacho lo odiara.

Deseó poder deshacerse del collar que restringía sus poderes mentales. Le habría encantado meterse en su pequeña mente narsiana. Quizás así no estuviera tan aburrido.

Su molestia se esfumó cuando el otro hombre recorrió el lóbulo de su oreja con la lengua. Apenas un contacto leve, dejando un fino camino húmedo y dirigiéndose al interior, pero suficiente para que Ari chillara y se mordiera los labios, retorciéndose de gozo. Quería más. Mucho más, y haría lo que fuera necesario para conseguirlo.

Algo se enroscó en torno a su muslo, fino y peludo. La cola se afirmó alrededor de su pierna y entonces dio un tirón, obligándolo a separarlas y quedar completamente colgando. Antes de que el peso de su cuerpo hiciera que las ligaduras dañaran sus muñecas, el hombre le alzó por las caderas, demostrando que tenía una fuerza superior a la de un humano. Inclinado y jadeante, ansioso por descubrir lo que pasaría a continuación, Ari observó a Vinial. Éste ya no parecía tan aburrido. Sus labios estaban entreabiertos y algo nuevo, grande, en sus anchos pantalones hizo que el estómago del muchacho se retorciera con ansiedad.

—Paciencia —susurró el hombre desde la distancia, como si quisiera calmarse a si mismo—. No hay prisa. Tu barco no despega hasta el amanecer.

Ari asintió, tragando con dificultad. En ese momento no quería pensar en sus amigos ni su capitán, quería sentir de una vez al fuerte Oria enterrándose dentro de él. El sexo duro no era nada nuevo en su vida, ni los juegos con seres de otras especies. Lo que nunca había experimentado era con otros hombres, y por ahora no podía decir que le desagradara.

Oria le mordió en el cuello, obligándolo a gritar. La saliva hizo contacto con su piel y las oleadas de placer le recorrieron por entero. Gruñó y se retorció. Quería más contacto. Su miembro hinchado y caliente se agitaba en el aire ante los divertidos ojos de Vinial. Perdió el control sobre sí mismo. Sólo podía apretar la mandíbula, gruñir y luchar contra su captor para intentar sentirlo por completo. Dentro de él, fuera como fuera. Lo iba a tener, aunque tuviera que romper las cuerdas y derribar al hombre para lanzarse sobre él y empalarse en su dura verga.

La boca se alejó y pudo volver a pensar con calma. Respiró hondo, entre los últimos espasmos. La cabeza le daba vuelta y sólo tenía una cosa clara. No podía permitir que volvieran a marcharse dejándolo excitado y sin terminar. La simple idea de que ocurriera le hacía hervir la sangre de furia. Todo tenía un límite. Gimoteó y giró la cabeza, intentando ver sobre su hombro. Sólo pudo apreciar unos mechones azules antes de que una nalgada de desaprobación le hiciera volver la vista al frente. Miró a Vinial y lo escuchó reír entre las sombras.

—Compórtate, humano —le dijo Oria—. El almirante es tu única preocupación, no yo. Míralo a él y asegúrate de complacerlo.

—No seas tan exigente con él —le reprochó el otro, inclinándose hasta apoyar las manos en sus rodillas—. A Arístides le gustas. No me molesta que se interese en ti. Se bueno.

Unas manos se metieron en su pelo, obligándolo a torcer el cuello, y entonces pudo ver por primera vez a Oria a los ojos. Hasta el momento siempre se había mantenido fuera de su rango de visión, en las sombras o a su espalda. En general podría parecer un narsiano común, de ojos azul eléctrico, cabello azul neón y piel azul celeste. Pero sus facciones no eran alargadas y aristocráticas, como las de Vinial. Era de rasgos duros y fuertes, y eso excitó a Ari. El hombre lo contempló con una sonrisa torcida y apretó sus labios contra su boca, negándose a abrirla cuando la lengua ansiosa del humano intentó hacer contacto. Se separó y se rió.

—Vas a tener que portarte mejor si quieres esa recompensa.

Sin dejar de sostenerlo, movió el gancho del que colgaba, liberándolo, y lo apretó contra su ancho pecho. Ari gimoteó y se presionó contra él. Notó el miembro duro del narsiano contra su muslo, pegajoso, y se movió para frotarlo. Sus manos seguían atadas y agarradas por Oria, quien le dio un tirón para reprenderlo.

—No juegues, humano. No te he dado permiso.

—Yo sí—Intervino Vinial, divertido—. Arístides, dale un poco de placer a mi amigo. A ver si aprende a apreciar más a tu especie.

El chico dudó un segundo. Sentía especial reticencia contra el almirante narsiano; había confiado en él y había terminado secuestrado y amordazado, pero no podía negar que lo deseaba. Se permitió una mirada orgullosa hacia el hombre que los observaba y dio un paso atrás, sintiendo sus músculos desentumecerse. Antes de que Oria pudiera amonestarle por su altanería, se dejó caer de rodillas, dejando su boca a la altura de la entrepierna del otro. Sabía que lo sorprendería. Las narsianas con las que habían estado nunca habían practicado algo igual. Con las lenguas que tenían, y no sabían aprovecharlas. Sin darle tiempo a Oria a reaccionar, lamió la cabeza del miembro. El narsiano lanzó una exclamación placentera y le sostuvo la nuca para que no se alejara.

La experiencia era mejor de lo que había esperado. Alguna vez se había preguntado a qué sabía su propia virilidad. No había imaginado nunca que probaría la de otro hombre. Para su alegría, era delicioso. Un sabor profundo, caliente y masculino. La erección del narsiano no se diferenciaba mucho a la de un humano, con su miembro grueso y sus testículos tensos. Dio otra lamida, luego otra, y otra.

—¿Qué se siente? —preguntó Vinial con burla. —No está mal, ¿verdad?

Oria gruñó y se encorvó. Su mano obligó a Ari a introducirse el miembro hasta la mitad, casi atragantándose en el proceso.

—Bendito Ludiem —maldijo —Acabo de descubrir el único motivo por el que me habría gustado nacer humano, si esto es habitual en ellos.

No tenía nada que objetar a eso. Mantenía las manos sobre las piernas de su captor, reprimiendo los deseos de tocarse a si mismo, pero la impaciencia le estaba matando. Esperaba que eso fuera portarse bien para ellos, porque si no lo complacían, no iba a tener problemas en portarse mal, y de eso sí que sabía. Lanzó un vistazo a su izquierda, pensando en buscar algo con lo que obligar a sus secuestradores a satisfacerlo, pero sus planes se esfumaron cuando vio a Vinial acercarse.

El narsiano no le quitaba ojo de encima, sumamente complacido. Ari se esforzó en dar lo mejor de si mismo. Sacó la verga de su garganta y jugueteó con el glande, observando al almirante con provocación. El hombre se rió y se desabrochó los gemelos de su camisa.

—¿Me puedo correr? —preguntó Oria, como si necesitara permiso de su almirante para todo.

—Claro. Donde más te guste. Estoy seguro de que a nuestro amigo le encantará —Hizo una seña vaga hacia la espalda del joven, e inconscientemente éste separó más los muslos. El dolor de su excitación era insoportable—. Pero tómate tu tiempo. Aún hay muchas otras cosas interesantes que Arístides puede hacer por nosotros.

Apartando la mano de su subordinado, le agarró del pelo y le hizo soltar la húmeda erección que saboreaba. El chico gimió, molesto, pero de inmediato volvió su atención a la entrepierna del almirante. Lo que había ahí era mucho más grande y caliente que lo que tenía Oria. Las ansias de poder verlo, tocarlo entre sus manos, lamerlo y sentirlo bombeando en su boca le hizo temblar con impaciencia. Hizo ademán de acercarse, pero el hombre lo detuvo con un tirón.

—Quieto, quieto. Vamos a prepararte un poco. Asegúrate de que no se toque —dijo levantando la vista para ordenar a su subordinado—. No quiero que acabe la diversión antes de empezar, y ya está chorreando.

Ari gimoteó cuando el otro narsiano le desató las manos para volver a atarlas a sus espaldas. Al hacerlo sintió la cola de este deslizándose entre sus piernas y lanzó un largo lamento de necesidad.

—Por favor —susurró, intentando girarse hacia Oria.

Alcanzó a ver su rostro y una mirada divertida haciéndole un guiño.

—No seas impaciente —le reprendió Vinial, inclinándose un poco—. Te prometo que la espera valdrá la pena.

En ese momento sintió el rabo del otro rozando sus testículos. Dejó escapar el aire con fuerza y apretó los dientes. La cola presionó contra su perineo, se deslizó a un lado del pubis y se internó bajo su cuerpo para tocar su dolorosa erección. Dio unos golpecitos juguetones, balanceándola y haciendo que Ari gimoteara. El líquido preseminal se pegó a su piel, pringándole el vientre. Los dedos de Oria le acariciaron.

—¿A qué sabe? —Preguntó el almirante, dándole una idea al humano de dónde habían acabado esos dedos.

El hombre no respondió, o al menos no con palabras. Tomó las caderas de Ari con brusquedad y lo obligó a inclinarse, quedando con la frente casi rozando el suelo y el culo levantado. Primero sintió los dedos separándole las nalgas, y luego el pulgar presionó en la zona interna. Un ramalazo de deseo le recorrió por completo, haciéndole gemir. Estaba húmedo con saliva narsiana. Lloriqueó y se retorció, suplicando por más contacto. El dedo descendió hasta el anillo de músculos entre sus nalgas, y lo golpeó con suavidad. Una, dos y tres veces. Ari jadeó y dejó que las olas de placer lo dominaran. Cuando quiso darse cuenta, frotaba la mejilla contra el suelo mientras separaba las piernas tanto como era posible.

—Por favor.

—¿Te gusta? ¿Es agradable para vosotros? —Oria parecía sorprendido.

—Sí —gruñó—. Sí, joder. Sí.

Entonces sintió la lengua del hombre metiéndose dentro de él. Lanzó un grito y tensó todos sus músculos. Todo su cuerpo tembló mientras entraba en frenesí. La sangre le hirvió y sintió su mente romperse en mil pedazos. Sólo podía pensar en ese órgano duro y caliente haciendo que todo él se derritiera, abriéndole por completo, exponiéndolo y llevándolo a un placer que jamás había sentido. Escuchó la risa del almirante y algo le tocó las mejillas. Le costó un poco comprender que era el miembro de Vinial, esperando ser atendido. Lo atrapó de inmediato. Lo engulló, saboreó y bebió de este. Necesitaba eso. Necesitaba más.

Mientras los dos hombres bombeaban dentro de él, Ari sólo podía pensar en que aún le faltaban cuerpos que lo atendieran. Su propia erección estaba dolorosamente solitaria, y en ese momento no le había molestado tener más lenguas que sentir ni más pollas que lamer. Repentinamente Oria se apartó de él, y Ari movió el culo para demostrar su descontento. Uno de los narsianos se rió. No supo cual, tampoco le importó. Tenía el interior empapado por los fluídos de Oria y sólo podía sentir su ausencia. Notaba el ardor dentro de él, rogando por ser llenado. Entonces la verga del hombre se situó en su entrada, y se alegró. Lejos de relajarase, la necesidad hizo que su pecho latiera con fuerza. Intentó mantener su atención en el exigente almirante, que le tiraba del pelo y se introducía en su boca con brusquedad, pero todos sus sentidos estaban en esa cosa gruesa que tanteaba sus nalgas. Notó cuando hizo el primer empuje y se detuvo, atento.

—¿Ansioso por ser desvirgado? —Vinial le levantó la cabeza. Su glande salió de la boca y golpeó contra su mejilla, llenándola de saliva y presemen.

Los ojos azules del narsiano estaban brillando de excitación. Ari sospechaba cómo debía verse él.

—¿Quieres que Oria lo haga? ¿O prefieres que se detenga? Puedo hacer que pare ahora. Te damos tus ropas y te vas de nuevo con tu alegre tripulación de bandidos humanos.

—No —respondió rápido, con ansiedad. Ni de broma. No iba a permitir que lo dejaran. —Lo quiero. Ahora.

Su voz sonó desafiante, y eso pareció gustarle al almirante.

—Hazlo —le dijo a su subalterno—. Déjale un buen recuerdo de la cortesía narsiana. Luego no dirán que tratamos mal a los piratas humanos. Aquí somos amables con todos.

Ari pensó en replicar algo. Algo irónico, ingenioso, u orgulloso. Cualquier cosa. Pero entonces sintió la presión contra su culo, abriéndole e introduciéndose con facilidad dentro de él y todo desapareció. Las palabras, las personas, los narsianos. Sólo quedó él y esa gruesa verga metiéndose hasta lo más profundo de su cuerpo en breves estocadas. Deslizándose en un mar de sensaciones ardientes que amenazaban con volverlo loco. Gritó, apretó los puños y aguantó mientras las punzadas de placer lo asaltaban. Entonces Oria se detuvo, ya por completo dentro de él, y suspiró contra su nuca, larga y cálidamente. Luego retrocedió y volvió a empalarlo, con más prisa. Había urgencia en su trato. Ari dejó escapar el aire y se dio cuenta de que estaba lloriqueando de nuevo. Gemía cosas sin sentido. Mezclas de ruegos y lamentos de gozo. El hombre se detuvo tras de él, preparándose para una nueva embestida, y él gruñó.

—No te pares, joder.

—Ven aquí —El almirante dirigió su rostro hacia su miembro, brillante y apuntando al techo—. Deja de intentar comandar a mis hombres. De tu placer ya me encargo yo.

Tomó la verga con rapidez. La chupó hasta donde pudo, absorbiendo, y paladeó el intenso sabor. Sólo la había abandonado unos minutos, pero no recordaba que supiera tan bien. Con glotonería se lanzó a un rápido vaivén, lamiendo y gimiendo. Oria, a su espalda, volvió con las embestidas, y aquello fue la gloria para él.

Cada golpe en su interior era un estallido de placer. Se sentía al borde de la desesperación. Quería llegar ya, poder correrse, y al mismo tiempo necesitaba que ese momento no acabara nunca. El hombre le agarró de la nuca, rozando la mano del almirante, y aprovechó la posición para intensificar el ritmo. Lo empalaba con brusquedad, con una ansia casi animal, y Ari lo recibía con alegría.

—Suficiente.

La voz de Vinial parecía molesta cuando se apartó a un lado. Todavía agarrándolo de la coronilla, lo empujó para que cayera de bruces. La verga de Oria salió de su cuerpo, y se sintió de pronto frío y solitario. Molesto, se giró para exigir que no pararan, pero al ver a los altos narsianos observándolo con gesto apreciativo se calló.

—Gírate. Boca arriba.

Vinial esperó a que obedeciera antes de colocarse entre sus piernas y penetrarlo con brusquedad. Ari gritó. El hombre era mucho más grueso, y la sensación mucho mejor. Por primera vez vio el ceño fruncido es ese rostro, los gruñidos por el esfuerzo y el temblor de sus labios, sorprendido por el placer. No podía ser la primera vez que tomaba a un humano, pero lo estaba disfrutando como así fuera.

—Por Ludiem, Arístides. En mi vida he hecho un trato más provechoso.

El humano jadeó, complacido, y cerró los ojos concentrándose en su propio placer. Las embestidas bruscas agitaban todo su cuerpo. El pringue sobre su vientre cada vez era mayor. Sabía que no iba a necesitar tocarse demasiado para poder llegar al orgasmo. Estaba seguro que si continuaban a ese ritmo, terminaría corriéndose sin necesidad de tocarse en absoluto. Oria se acercó a él y le obligó a girar la cabeza. El narsiano se estaba masturbando. Su miembro húmedo y venoso se sacudía a veinte centímetros de su rostro, y por más que lo intentaba, Ari no podía rozarlo con los labios.

—Tranquilo —susurró el hombre, gruñendo—. Pronto.

Vinial le levantó las rodillas, obligándolo a separar las caderas del suelo mientras profundizaba en sus embestidas, y negó con la cabeza.

—Ni se te ocurra. Córrete dentro de él.

Un escalofrío de excitación recorrió al muchacho por entero, y asintió ansioso. Quería más de eso, más de los narsianos en su interior.

Oria le sonrió y se inclinó para darle un beso profundo. La lengua le golpeó en el paladar, posesiva, y un gemido gutural recorrió toda su garganta mientras su cuerpo se arqueaba. Un nuevo ramalazo de placer hizo que estuviera a punto de perder la conciencia, y cuando volvió en sí descubrió que el narsiano se había alejado y le daba la espalda, agarrando sus rodillas para mantenerlas separadas mientras el almirante embestía con furia.

—Estoy a punto —avisó el hombre con los ojos entrecerrados y el sudor recorriéndole el rostro—. Oh, maldito Ludiem. Maldito… Joder. Estoy tan… tan…

La simple idea de que se corriera dentro de él hizo que sus músculos se tensaran, presionando la verga del hombre y consiguiendo que este gritara roncamente. Se inclinó hacia delante, apartando a su subordinado, y agarró a Ari del hombro para impedir que se moviera. Las últimas estocadas fueron fuertes, intensas, duras hasta el límite entre el placer y el dolor. Ari se agitó envolviendo el cuerpo del hombre entre sus piernas, y apretó para mantenerlo contra sí. Entonces lo sintió. Un brote de calor se extendió por sus entrañas, ardiendo como el infierno y rugiendo en oleadas mientras él se retorcía de gusto. Gritó, gimió y mordió. El almirante suspiró satisfecho y se detuvo a observar su rostro.

—¿Te está gustando? —le preguntó sobreponiéndose al orgasmo—. Todavía tienes trabajo que hacer, Arístides. ¿Quieres parar?

—No. No. —apretó los dientes.

Ahora no. Precisamente ahora que estaba tan necesitado, no podía parar. Se sentía tan cerca, apenas rozando su propio final, que enloquecería si lo dejaban así. Vio la sonrisa del narsiano, y, cuando se alejó, le alegró saber que Oria seguía listo para él. El hombre tomó el sitio de su superior y sus ojos se detuvieron sobre el miembro erguido de Ari, apreciándolo con aprobación. Colocó ambas manos sobre las rodillas del humano, y este separó aún más las piernas, ansioso por que comenzara ya. El quemazón en su interior exigía ser llenado cuanto antes, pero el narsiano no parecía tener demasiada prisa.

Cuando los labios del hombre se separaron, Ari pudo ver el brillo metálico del linguador, ese erótico adorno en la lengua que todos los miembros de esa especie usaban. Era como un gran aviso de que estaba ante las puertas del infierno, con su pequeño y reluciente pomo, esperando a ser tocado para mostrarle un nuevo mundo de ardor y lujuria. Oria se inclinó y rozó con la nariz el miembro de Ari. Éste se sobresaltó, se mordió los labios y cerró los ojos. Dios, sí. Quería que lo tocara. Quería sentir su lengua en esa parte concreta de su anatomía. Contuvo la imperiosa necesidad de frotarse contra la boca del hombre. Su vientre temblaba por el esfuerzo de contención.

Primero le llegó el aliento, un vaho de obsceno calor, y después un golpecito húmedo y juguetón en el glande. Una punzada de placer concentrado le mordió los testículos y se metió entre sus venas. Tuvo que reprimir los espasmos incontrolados de su cuerpo mientras apretaba sus labios hasta volverlos blancos. Otro lenguetazo, esta vez con el linguador haciendo contacto directo en su tronco, focalizando el indecente poder de la saliva, y Ari ya no pudo reprimir el grito.

Oria sonrió y se introdujo el miembro directamente en la boca. Si el humano iba a decir algo, lo olvidó. Sólo fue consciente de esa húmeda y tórrida cavidad engulléndolo, devorándolo como un sediento agujero negro. La lengua lo rodeaba, acariciaba y golpeaba. Las paredes de su boca se estrechaban, presionándolo, obligándolo a meterse hasta el fondo, despertando cada fibra sensible de su miembro, y se abrían para que flotara en saliva, entrando y saliendo entre los labios codiciosos. Sentía el orgasmo pugnando por salir, golpeandole los testículos, cuando se dio cuenta de que había algo moviéndose entre sus nalgas. Pensó que era un dedo. Un dedo grueso, grande, pero entonces se dio cuenta del tacto suave. Era la cola del narsiano. Sin preámbulos se introdujo en su interior, y la respiración de Ari se detuvo.

El rabo se movió inquieto, como si intentara ensanchar el camino, haciendo que el chico gimiera y sollozara. Se retiró unos centímetros, como si prefiriera salir, pero entonces volvió a introducirse, con brusquedad, y se clavó en un punto de su interior que le hizo arquearse y maldecir en dos idiomas.

Oria levantó la vista, sin soltar su verga, y se sonrió complacido. Ari, temblando de placer, asintió, dándole permiso para que continuara, para que hiciera lo que quisiera con él, y cerró los ojos mientras sentía la cola embistiendo de nuevo. Gritó, separó las piernas y pidió más. Vinial se acercó entonces, interesado.

—¿Vas a dejar que se corra?

El hombre soltó la erección del humano, permitiendo que este siguiera gimiendo en el suelo mientras su rabo le embestía sin descanso, y miró a su superior.

—Quiero ver cómo es. Me gusta el chico. Es entregado.

El almirante asintió, observando al joven pensativo. Éste le devolvió la mirada con los ojos entrecerrados, y se movió en medio de un espasmo. Ya casi llegaba. Lo sentía arremolinarse en la base de su verga, preparándose para venirse.

—No nos lo podemos quedar—le advirtió el narsiano, dando unos pasos para rodear a Ari hasta quedar junto a su cabeza—. No había ningún problema con la transferencia.

Se inclinó y los sostuvo de la coronilla, indicándole que se diera la vuelta. Él obedeció, sumiso. La cola seguía dentro de él, golpeando sin descanso y regalándole un ramalazo de placer tras otro. En ese momento estaría dispuesto a dejar que hicieran cualquier cosa con él.

—Vamos, terminemos con esto ya. Fóllatelo.

Oria, obediente, salió de su cuerpo y le tomó de la cadera para conducirlo a su entrepierna. Ari no necesitó que hiciera nada más. En cuanto sintió dónde estaba la erección del hombre se empaló con ansiedad, hasta que sus nalgas golpearon la pelvis del narsiano y este gruñó, encorvándose sobre él. Vinial le dio un tirón del pelo, haciendo que levantara la cabeza, y le observó con interés.

—Vamos, mírame. Quiero ver tu cara mientras te corres. ¿Te gusta?

Ari asintió, ausente, y cerró los ojos. Ni siquiera era capaz de emitir un sonido. Tan cerca. Tan cerca. Iba a llegar ya, en un par de estocadas. Oria se clavaba en su interior, golpeándole en el mismo sitio que antes, tomándolo con violencia. Con cada envestida se enterraba más dentro de él, y el muchacho recordó lo que había sentido cuando Vinial se corrió. La anticipación hizo que todo su cuerpo se contrajera de deseo, y el narsiano lanzó un grito, viniéndose en sus entrañas.

De nuevo una furiosa oleada de fuego se esparció dentro de él, haciendo que agitara las caderas en medio de su propio orgasmo. Chilló y calló al suelo, sin fuerzas. Su mente apenas pudo analizar la gratificante sensación de paz que le embargó antes de sumirse en la oscuridad.

 

*   *   *

 

Cuando despertó, amanecía en algún callejón de Puerto Silgrom.

Todo su cuerpo se resintió al levantarse. Estaba vestido con su propia ropa, y si reconocía bien el lugar, lo habían dejado a tres minutos del Santa Fela. Sus compañeros estarían regresando al barco, preparándose para ir a la cacería de hirges.

Con lentitud, se deslizó por la pared, sosteniéndose a duras penas. Cada uno de sus músculos se quejaban por la tensión que había contenido durante su sesión extra de deporte. Le dolían las muñecas, el cuello y los muslos. Podía señalar sin ningún problema cada fibra de sus piernas que gemían a cada movimiento. Le había exigido un esfuerzo excesivo a sus abductores, pensó divertido, negando con la cabeza como si recordara alguna trastada de su infancia. También le incordiaba un punto más íntimo, escondido entre las nalgas. Era el fantasma de una sensación reconfortante, cálida, que le había llenado y hecho sentir satisfecho. Cada leve punzada que recibía según caminaba le hizo incrementar su sonrisa.

Antes de alejarse, lanzó un último vistazo atrás. Quizás su estancia en Puerto Silgrom había acabado, pero su aventura explorando los límites de su propio cuerpo no había hecho más que empezar.

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