Puerto Silgrom 01: Rectitud Narsiana

Botón índice Botón Siguiente

Puerto Silgrom

Rectitud narsiana

Arístides Narváez había arribado a la pequeña colonia portuaria dos semanas antes de que su buque, el Santa Fela, partiera. Al igual que sus compañeros de tripulación llevaba demasiado tiempo ocioso, dejando que los días pasaran entre bares y prostitutas, gastando los ahorros que había conseguido con sudor y sangre, literalmente. Asaltar naves mercantes y cruceros de recreo no estaba entre las profesiones más seguras, según el propio ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Las vacaciones forzosas que los había tenido varados durante todos esos meses se las habían concedido una patrulla de cinco cazas gislianos. Los amables soldados les habían interceptado en medio de una maniobra de repostaje, en la cara oscura de la menor de las lunas de Alomde. Ni siquiera le habían dado la cortesía de advertirles con una emisión de radio. Dispararon directamente, aprovechando que durante la maniobra los escudos estaban desactivados.

Consiguieron huir sin mayor daño que uno de los motores I.G averiado, la coraza del casco de babor destruida y la despresurización de la bodega de carga, con la consiguiente pérdida de los cinco rehenes gulder que llevaban consigo. Podían haber salido peor parados, pero para todos fue una tragedia. No sólo habían perdido el dinero que habría significado la venta de los prisioneros, también tendrían que encontrar un sitio discreto donde esconder y reparar el Santa Fela.

En estos casos lo normal era que la tripulación se separara. Nadie quería quedarse tanto tiempo sin oficio, ni pagar los gastos de reparación de un buque como ese. Pero eran hombres que llevaban mucho tiempo juntos, y había algo que los unía más de lo que uniría un padre a sus hijos: La codicia.

En el Universo no se podía decir que hubieran pocos tesoros, pero para un grupo de piratas cualquiera de ellos estaba al alcance de sus manos, previamente armadas con una buena Atrón 7000. Excepto el Bandazul. La mítica nave que, se decía, habían creado en estrecha colaboración el Imperio Hirge y la Unión Humana antes de que la guerra acabara con el proyecto y lo cubriera tras un manto de misterio. Nadie decía nada. No negaban ni afirmaban. Y era imposible saber quién se había quedado con el Bandazul ni dónde lo escondía.

O había sido imposible hasta ese momento.

El grupo tenía información de primera mano, o primera mente, si se tenía en cuenta cómo lo habían conseguido, y estaba ansioso por zarpar y adentrarse en la cuarta región de la galaxia enana de Draco. Pero por mucha prisa que tuvieran no habían olvidado que esa zona en cuestión era dominio Hirge. Precísamente por eso se dirigían hacia allí, para darse de bruce con un par de naves imperiales, abordarlas, sacarles la información como fuera necesario, y marcharse a bordo del Bandazul. Aunque tuvieran que pasar los próximos veinte años de nave en nave y de hirge en hirge.

La lucha cuerpo a cuerpo con esa raza superior no era un problema para ellos. Tenían familiaridad con el juego sucio, y sabían cómo derribar a Goliat sin tener contacto físico. Él y Ariete eran la clave principal para el abordaje. Ariete, al ser un hirge de pies a cabeza, tenía facilidades para infiltrarse entre los suyos, y Arístides tenía sus propias habilidades heredadas de una experiencia poco placentera para su madre.

Si algo bueno tenía ser el fruto de una hibridación entre hirge y humano, eran sus capacidades para controlar la mente en su defensa o ataque. Ariete y él eran buenos en el combate psicológico, y no dudaba de que pudieran hacerse con una nave enemiga entre trucos de bucanero y un par de ataques mentales. De lo que no confiaba tanto, ni el resto de la tripulación, era de poder tener a un grupo de rehenes hirge y que el resto de los piratas pudieran manejarlos sin problemas.

Iban a necesitar collarines flujobloqueadores, y el capitán Jack conocía a un vendedor narsiano que podía conseguirles un pequeño cargamento a cambio de una módica cantidad. De todos los comerciantes ilegales de los que se habían informado, este era el más fiable. Tenía una buena reputación y mantenía la confidencialidad. Pero el factor más importante era su origen narsiano.

Todo el mundo sabía que esos estirados burócratas eran honrados hasta trabajando en el mercado negro, y el odio hacia los hirge era casi un rasgo distintivo de su especie. Si alguien tenía unos collarines útiles y que no les dieran sorpresa a mitad de una operación, sería él.

Al ser el más joven de la tripulación, Ari había sido el recadero en el intercambio. Su trabajo consistía en llevar el dinero, entregarlo y marcharse. Algo rápido y sencillo. El cargamento sería colocado en el buque antes de que los primeros rayos de Sol iluminaran Puerto Silgrom.

En cualquier otra circunstancia Ariete habría ido con él. Era su Tutor, algo a medias entre un maestro y su compañero de patrulla. Pero ir a visitar a un narsiano acompañado de un hirge no era algo que aconsejara el sentido común. Por ello dejó que Joanca, el afable portugués que siempre estaba dispuesto a todo, le escoltara hasta llegar al almacén donde se haría el intercambio.

El encuentro comenzó con normalidad. Entraron en el discreto edificio, con los tacones de las botas navales resonando sobre el suelo de piedra lunar. Observaron sus relojes y, como si hubiera sido milimétricamente coordinado, una pequeña puerta se abrió en una de las esquinas del almacén y aparecieron tres alienígenas. Los tres provenientes de las regiones Yldianas.

Como todos los de su especie parecían humanos a los que un foco azul les estaba jugando una mala pasada. Eran altos, quizás demasiado para la tranquilidad de Ari, delgados y fibrosos. Su tez, cuando era clara, tenía una tonalidad celeste, pero según la raza podían ser del azul marino más oscuro. Los ojos y el pelo no eran de un color distinto, pero sus pupilas brillaban como si hubiera un principio eléctrico que las hacía funcionar. En ese sentido se parecían a los hirge, pero no era de extrañar. Habían sido dominados por esta especie durante siete siglos, y éstos habían hecho una selección artificial según su política común de reproducción. Una eugenesia propiamente dicha.

Ari sólo había tenido tratos con un par de narsianos a lo largo de su vida. No podía considerarse un experto, pero había aprendido que en su especie se consideraba un rasgo distintivo el tener el cabello verde. No era como los humanos que consideraban a los rubios más atractivos, o a los pelirrojos. Se trataba de una cuestión de clase. Los aristócratas pertenecían a una casta especial que habían procurado casarse entre ellos durante generaciones. Esas costumbres ahora resultaban arcaicas para ellos, pero el pelo no había dejado de ser un distintivo social. Por eso, cuando vio al elegante hombre caminar hacia ellos supo que estaba ante una persona importante.

Las ropas de su anfitrión eran holgadas en brazos y piernas, ciñéndose sobre las muñecas y los tobillos con remates de intrincados diseños. El pecho estaba protegido por un ajustado chaleco de gruesa tela que acababa sobre una faldilla trasera. Ari había tenido el suficiente trato con narsianas en los burdeles como para saber que en el interior había una larga cola similar a la de una pantera, fina y flexible. Para los narsianos mostrar ese extenso apéndice era tan improcedente como para una mujer enseñar los pechos, y era divertido descubrir la sensibilidad que tenían en esa zona.

—Aquí está el pago. —Dijo Ari, tocándose el bolsillo de la camisa cuando los hombres estuvieron lo suficiente cerca. —Siete mil Titanes Libres a cambio de un contenedor con ochenta collarines MBC de segunda generación.

El hombre asintió, observándolo con interés. Los reflejos verdes de su cabello brillaron bajo la escasa luz, dándole un aire irreal.

—¿Usarás una tarjeta de transferencia, o es un crédito? —Preguntó extendiendo la mano de dedos largos.

—Una transferencia. —La sacó del bolsillo y se la mostró, dando un paso al frente para señalarle los puntos. —En cuanto introduzca la clave sólo tienes que escanearla con tu administrador y el dinero pasará a tu cuenta.

El narsiano asintió divertido, aún con los ojos fijos en el rostro de Ari, como si hubiera algo ahí que formara parte de una broma personal.

—Estoy familiarizado con el procedimiento. También sé que a veces el alto magnetismo de Silgrom hace que los cambios tarden en ser notificados. —Le hizo un gesto con la cabeza, animándole a comenzar con la operación. —El contenedor no será entregado hasta que esté seguro de que tengo el dinero.

Ari asintió con indiferencia, sintiendo que Joanca se agitaba a su lado. Le hizo gracia que su compañero se ofendiera. Eran piratas, al fin y al cabo, no podían esperar que la gente confiara en sus palabras. De ser así Ari se habría sentido obligado a timarlos, sólo para que su honor de delincuente no quedara en entredicho.

Tocando con los dedos sobre la fina pantalla táctil de la tarjeta, marcó siete de los nueve puntos para pasar a la segunda fase del desbloqueo de seguridad. Introdujo tres letras y cuatro números, y por último la graciosa contraseña que al capitán se le había ocurrido poner para esa transferencia en concreto. “Me gustan las pollas”. Estaba seguro de que si alguien se la robaba por el camino y conseguía descifrar las dos primeras partes, iba a tenerlo difícil para que se les ocurriera la última.

Tras desbloquearlo, le cedió la tarjeta al narsiano y este, en vez de tomarla, sostuvo a Ari de los dedos, impidiéndo que se alejara.

—¿Nos conocemos? —Le preguntó entrecerrando sus electrizantes ojos de alienígena. La sonrisa sobre sus labios era cada vez más divertida. —Tu cara me suena. No me habrás robado alguna vez, ¿verdad?

—Por supuesto que no —declaró Ari, retirando el brazo con brusquedad.

—Eso espero. No me gustan los mentirosos.

Mientras el hombre se desabrochaba los gemelos de su manga para retirar la camisa y pasar la tarjeta sobre su administrador, el humano se giró hacia su compañero. Joanca se rascaba tras la oreja y miraba hacia la puerta como si estuviera impaciente por irse.

—En nada terminamos —le dijo para que se moderara.

El portugués lo miró y asintió.

—Lo sé. ¿Te parece si nos tomamos unas jarras de lirium en el puerto? Tengo la garganta seca.

—Me temo que eso no va a ser posible, —declaró el narsiano, metiéndose en su conversación.

Se había vuelto hacia ellos y le tendía la tarjeta a Ari. Sus hombres estaban cuadrados junto a él como si previeran un ataque inminente.

—La transferencia no se ha hecho. No es algo preocupante estando donde estamos. Como dije antes, Silgrom tiene unas ondas magnéticas que no se llevan bien con la tecnología eléctrica. Podría ser un fallo del administrador, pero espero que comprendan mi… eh… —fingió buscar unas palabras amables, —medidas previsoras, pero preferiría mantener a uno de ustedes conmigo.

»El cargamento será enviado ahora mismo y llegará a la hora acordada al buque. Si la transferencia se confirma antes del amanecer, te dejaremos marchar sin problemas, —dijo señalando a Ari. —En caso contrario,… Ya nos encargaremos de encontrarte un comprador.

—¿Perdón? —Joanca dio un paso adelante, receloso. —¿Acabo de escuchar que pretendes vender a mi amigo?

—No. Acabas de escuchar que si tu capitán me roba sietemil titanes en MBC, los recuperaré vendiendo a su enviado en el mercado de Lilietuva. Te lo comento por si tu capitán decide ir allí a recuperarlo y devolverme mi dinero.

—No sé por quién nos ha tomado, pero…

—Por ladrones, —declaró el narsiano con una sonrisa altanera, haciendo callar a Joanca. —Así son los negocios. Si sois unos honrados ladrones, yo les devuelvo al muchacho en el mismo perfecto estado en el que me lo cedieron. Si no lo son… espero que su nuevo dueño sea amable con él. Hay mucho liscuano en Lilietuva, y le tienen ojeriza a los humanos desde el desastre de Alfa Centauri.

Ari le hizo un gesto a su compañero, mucho mayor que él pero menos reflexivo, y dio un paso al frente.

—¿Y por qué cree que a mi capitán le importe lo que haga conmigo? Puede ver más rentable perder a un simple tripulante, reemplazable como yo, a pagar los siete mil titanes. Y hasta la fecha no he escuchado de ningún esclavo vendido por más de quinientos. —Le miró fijamente y luego añadió: —Sin tener en cuenta que la transferencia sí se ha hecho.

El hombre asintió, mirándolo con jovialidad.

—¿Si han sido transferidos, cuál es el problema? ¿Dudas de mi palabra? Te puedo asegurar que nunca he vendido a un hombre que no me perteneciera previamente, y, puestos a perder, prefiero perder seis mil quinientos que siete mil. Además, a ti no te venderíamos como un peón de obra. El mundo del comercio de seres vivos es más grande de lo que crees.

La forma fría con la que lo había dicho hizo que Ari se imaginara sus órganos distribuidos por toda la galaxia. La idea no le pareció tranquilizadora. Miró a Joanca, buscando algo de apoyo, y vio a su compañero de brazos cruzados.

—¿Y si eres tú el que nos traiciona? ¿Qué me confirma que cuando me vaya no vas a meter a mi amigo en una lanzadera y enviarlo directamente a Lilietuva? —escupió con desprecio.

—Mi honrada y buena palabra, avalada por cientos de miles de compradores satisfechos desde las Puertas de Caldem, en la lejana galaxia de Yldium, hasta el Cuadrante Origen en la Vía Láctea, vuestro hogar. —Con un gesto le quitó importancia al asunto, e hizo ademán de girarse hacia la puerta tras él. —Si no están de acuerdo con las condiciones, olvidemos todo esto. Cada cual se va por donde ha venido y, si más tarde recibo la transferencia, la revoco.

Tanto Ari como Joanca lanzaron una carcajada de desconfianza. Ni que fueran inocentes asaltadores en sus primeras negociaciones. La confianza en los narsianos tenía un límite, y aún si cumplía con su palabra, necesitaban esos collarines. Jack los mataría si regresaban tras haber cancelado la negociación.

—Me quedo —declaró el menor, alzando la barbilla para mirar al traficante con altanería.

Se quedaba, pero porque él lo había decidido así, no porque los habían obligado a aceptar esa absurda condición.

—Vete con Jack e infórmalo. Dile que, si no estoy antes del amanecer, envíe a Ariete.

Joanca asintió, con el ceño fruncido, y retrocedió sin darle la espalda a los narsianos. Su figura se difuminó lentamente entre las sombras, hasta que la puerta del fondo se alzó con el rechinar de los hierros oxidados. La luz eléctrica del exterior iluminó su cuerpo antes de que fuera devorado por la oscuridad.

Ari miró al hombre frente a él, cada vez más irritado por su sonrisa petulante. No temía que sus compañeros lo dejaran atrás. Él era una pieza clave para su estrategia de abordaje. Ariete era bueno con los ataques mentales, pero él era mucho más sutil y cuidadoso, perfecto para la infiltración. Por separados no lograrían nada contra las naves hirge, pero juntos era otra cosa.

—¿Qué pretenden hacer con los collarines? —Preguntó el hombre, caminando hacia unas cajas a su derecha para buscar asiento. Se colocó sobre ellas, cruzando las piernas en flor de loto de forma informal, y le sonrió como si le invitara a ponerse cómodo. —Supongo que no serán todos para ti.

El muchacho no comprendió el comentario. Miró tras de sí, molesto por no poder ver la salida, y dio unos pasos hacia el lado contrario del que había tomado el narsiano, apoyando su peso en una columna de hierro fundido.

—No me parece que sea algo que deba importarle.

—Me importa si afecta a mi negocio.

Ari bufó con burla.

—Me había parecido que era usted un narsiano. Quizás me había confundido y resulta que estoy ante un hirge con problemas de coloración en la piel.

El hombre le dedicó una sonrisa tensa, y sus ojos eran fieros cuando le dio la réplica.

—Y a mi me había parecido que estaba haciendo tratos con una compañía de humanos libres. Espero estar en lo cierto. Como ya le dije, no me gusta ser engañado.

Ari se tensó, pensando en Ariete, pero siguió firme. El hombre era un traidor a su especie, un exiliado, tan bandido como ellos, y sólo un subordinado. Negociar con el capitán no era negociar con Ariete, ni aún menos venderle armas al Imperio.

En ese momento entró un hombre en el almacén, vestido de elegante negro. Un criado. Si algo se podía considerar como cultural de esa especie alienígena era su afición por los complicados peinados, los piercings a los que llamaban linguadores y esos esclavos siempre sonrientes que creían que la servidumbre era su privilegio.

El hombre llevaba una caja ancha y poco alta, de un discreto color cartón. Se dirigió directamente a su señor y levantó la tapa para que éste mirara en su interior. Esperó un asentimiento de confirmación y se dirigió hacia el humano.

El muchacho se tensó, desconfiando.

—Es un MBC, —le explicó el traficante con naturalidad. —Pensé que querrías verlo. Así las siguientes horas estarás más tranquilo. No hay trampa aquí. Dispongo de las unidades y están ya en camino.

Ari asintió con recelo. Cuando el criado se paró frente a él y destapó la caja pudo ver un collar pesado y negro encajado en un molde blanco, para evitar golpes. El artilugio tenía unos remaches gruesos de acero brillante, y si uno se fijaba bien podía percibir los finos hilos azules que recorrían toda la pieza, cargados con la información necesaria para su funcionamiento.

—No sé si han trabajado con collarines antes. —Le dijo el narsiano aún desde la distancia. —¿Saben cómo se usan?

El muchacho negó. Ni siquiera estaba seguro de cómo se abría. No podía ver las lineas de las juntas, ni nada parecido a un botón o enganche. Estaba perfectamente cerrado.

—Normalmente las demostraciones se hacen bajo cita previa y pagando, pero creo que hoy podemos ser un poco más informales y recompensarte por las molestias extras que has tenido que tomarte. —El traficante habló con ironía, y señaló a su sirviente antes de ordenarle: —Explícale cómo se hace.

El lacayo asintió en silencio. Sus manos azules estaban enguantadas con un género suave y transparente, que permitía ver el largo de sus dedos narsianos. Dejó la caja sobre una superficie de madera y sacó con delicadeza el collarín. Éste emitió un susurro suave cuando los dedos tocaron una zona en su interior y se iluminó. El sirviente se le entregó a Ari antes de hablar con un tono suave.

—Se encienden al contacto de un Ser Vivo, y se apagan si deja de ser tocado o el Ser muere. Es una forma de rentabilizar la batería. —Le indicó con las manos que lo girara, enseñándole una parte donde los hilos azules se juntaban en la base. —Esta es la zona trasera. Se desbloquea mediante presión.

Le hizo una demostración y el collarín se abrió con un chasquido, mostrando una flexibilidad asombrosa. El sirviente lo alzó y lo acercó al cuello de Ari, mirándolo a la cara por primera vez.

—¿Puedo?

El chico se alejó, esgrimiendo una sonrisa tensa.

—No creo que sea necesario. Me parece que comprendo bastante bien cómo funciona. —No le agradaba pensar en tener un collarín flujobloqueante restringiéndolo.

—¿Cuál es el problema? —Preguntó el traficante, aburrido. —Para los humanos es tan peligroso como un collar cualquiera. Te puedo asegurar que no te va a asfixiar. De hecho, ese es uno de los motivos por los que te está ofreciendo que lo pruebes. Tu nueva mercancía no morirá antes de que puedas venderla, sin importar el tamaño de su musculatura. Además de que pensé que estarías interesado en la seguridad que lleva incorporada.

—¿Qué seguridad?

El narsiano le respondió con un movimiento del brazo, animándolo a que lo descubriera por sí mismo. Ari aceptó con poco entusiasmo, y alzó la barbilla para permitir que el criado colocara ese frío collar en torno a su garganta. De inmediato escuchó cómo volvía a susurrar, como si soltara aire, y con un chasquido se cerró por sí mismo. Sintió como el MBC se encogía, hasta amoldarse a su cuello, y antes de resultar opresivo se detuvo.

Ari jadeó, nervioso. Aunque no le hiciera daño, a nadie le gustaba estar contenido por una ceñida gargantilla.

—El sistema es automático. —Dijo el narsiano levantándose y yendo hacia él, señalándolo. —En cuanto siente la piel, se cierra. Es perfecto para colocárselo a alguien que se resiste, pero podría traer problemas si se tocara la zona equivocada, como un brazo o una pierna. En el caso de que se cierre y el perímetro a retener sea inferior a una medida razonable, se abrirá por sí mismo, pero puesto que está diseñado para poder detener a hirmes de todas las edades, os recomendaría que tuvierais cuidado a la hora de manipularlo. No funciona a demasiada distancia de la cabeza.

Llegó junto a él, acercándose más de lo que a Ari le agradaba, y apartó la caja. El criado se retiró para darle espacio.

—Hay dos formas de abrirlo. La primera, que es la que viene seleccionada por defecto, es cuando cualquier persona sin un rango psiquico hirme presiona aquí atrás. —Le rozó la nuca, sin llegar a tocar el collarín. —Y la otra es introduciendo la información genética de un amo y un valido. El sistema siempre pedirá dos usuarios para permitir esa función. De esa forma disminuye las posibilidades de que la completa desintegración del cuerpo de uno, un caso hipotético, claro, impida devolverle la libertad de movimientos psiquicos extracorpóreos al hirme.

Ari asintió, incómodo. La información era útil, y estaba seguro de que Jack lo apreciaría, pero prefería poder quitarse el collar cuanto antes. Comenzaba a picarle bajo la nuez, y no podía rascarse.

—Hay que tener cuidado con la segunda opción, puesto que en ese caso hasta un hirge podría ser el amo del collarín, y un humano podría portarlo sin poderlo abrir. No es que fuera a ser una amenaza para él, pero supongo que no le agradará la idea de quedarse con ese recuerdo para el resto de su vida.

El chico volvió a asentir y lo miró a la cara. Los ojos del narsiano se fijaban en él con interés mal disimulado.

—¿Puedo quitármelo ya?

—Claro. Ya te he explicado cómo se hace.

Ari se llevó la mano a la nuca y rozó la superficie fría, pero no ocurrió nada. Deslizó los dedos de arriba abajo, sin ningún resultado. Tanteó con las yemas por si debía tocar una zona en concreto, pero aunque creyó poder sentir los hilos de corriente, no le llevaron a ninguna parte.

—¿Dónde es, exactamente?

El narsiano ladeó la cabeza. Su mirada se había vuelto fría.

—Justo donde estás tocando.

—Está roto. —Declaró sintiendo que el estómago se le retorcía con ansiedad. Esperaba que aquello no fuera una mala broma. —Si el resto del cargamento…

—El resto del cargamento funciona tan bien como este. No es él el que está mal, eres tú, Arístides Narváez. —El traficante se dio la vuelta, llamando a los soldados con un ademán. —Llévenselo. Asegúrense de atarlo y amordazarlo. No quiero problemas.

Ari dio un salto, retrocediendo. Quizás sus poderes mentales no funcionaran con el collarín puesto, pero uno no trabajaba entre piratas sin saber defenderse físicamente. Alzó los puños y se preparó para recibir al primero que se acercara.

—¿Qué significa esto? —Gruñó. —Pensé que teníamos un trato. El dinero ha sido transferido.

—Y yo pensé que tu especie tenía más memoria. ¿Cuantas veces he dicho ya que no me gusta que me mientan? —El hombre se giró para mirarlo, y continuó dirigiéndose hacia la puerta. —Dos mentiras son suficientes para mi. No voy a esperar una tercera.

—En ningún momento…

—Sí, sí que lo has hecho. La primera vez cuando te pregunté si alguna vez me habías robado, Arístides, y la segunda cuando te pregunté si estaba haciendo tratos con humanos o con hirges.

—No soy un hirge, y nunca he tocado nada que te perteneciera.

El narsiano se detuvo, mirándolo para que pudiera ver una ancha y divertida sonrisa en su rostro. Le dedicó una larga inclinación de cabeza y posó sus ojos sobre el collarín.

—No puedo considerar que tu aparatosa entrada en mi hangar de Sisostrir fuera un robo propiamente dicho, la verdad. Saliste bastante peor parado que mis instalaciones, y sin nada en las manos. Pero la evidencia de que en tu cuerpo hay sangre hirge está a ojos vista. No lo negarás.

Ari tragó saliva, retrocediento mientras mantenía a los soldados a una distancia prudencial y pensaba en alguna escapatoria posible. No les gustaba cómo se estaban desarrollando los acontecimientos. Su plan era ir a capturar hirges, no ser capturado por un narsiano.

—Me confundes con otro. La última vez que estuve en Sisostrir fue hace siete años, y estoy bastante seguro de que al único al que pude haber molestado fue al Almirante Vinial. Nunca habría intentado robarle a alguien como usted.

La risa del narsiano fue suave, casi dulce, mientras abría la puerta y asentía.

—¿Sabes? Que uno sea almirante no significa que no comercie en el mercado negro.

El hombre desapareció tras la puerta.

A partir de ese momento sus esfuerzos fueron en vano. Retrocedió, esquivó y luchó, pero los soldados consiguieron derribarlo tras un breve forcejeo. La seguridad de que uno de ellos iba a necesitar ponerse hielo en sus partes íntimas y el otro tendría el labio hinchado durante unas semanas no le hizo sentir mejor. Mientras presionaban su cara contra el suelo y le ataban las manos pensó con furia en Ariete.

Esos mal nacidos sabrían lo que era meterse con el amigo de un hirge. Al hombre le encantaba tener una escusa para meterse en las mentes ajenas y destrozarlas, e iba a disfrutar especialmente con esos tramposos narsianos.

 Botón índice  Gracias por leer y comentar.  Botón Siguiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s