Sangre Azul 10: Entre soldados

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Capítulo 10

Entre soldados

La mañana en la embajada había sido larga y productiva. Fran habría agradecido poderla dedicar a cosas más interesantes que pasar a limpio los informes de sus subordinados y supervisar su actividad, pero por desgracia, un error en el petitorio y la incomprensión de los criados le había impedido usar su permiso para salir.

No había forma de hacerle comprender a los siempre sonrientes sirvientes que para un humano no era extraño que un teniente caminara sin escolta por una estación espacial. Fran había tenido en cuenta que los yldianos querrían saber a dónde iba y qué veía, y les había ofrecido que alguno de ellos lo acompañara, pero aparentemente no lo hizo de la forma correcta.

Los hombres habían declinado la invitación entre reverencias y peticiones de disculpas, recomendándole encarecidamente que se hiciera acompañar por su «tutor legal» o que solicitara la compañía de algún «ilustre hombre». Llegados a ese punto, especialmente tras descubrir que el asunto del tutor legal no había quedado aclarado el primer día, era de entender que se hubiera enfadado un poco. Si bien puede que «poco» no fuera el término adecuado.

No se arrepentía de lo que había dicho ni cómo lo había dicho, aunque sentía algo de lástima por uno de los sirvientes. Lo había visto marcharse con un sospechoso temblor en las manos y con un tono casi blanco en su piel azul. Es lo que tenía la academia militar, que enseña palabras no aptas para oídos sensibles.

Su mañana, por tanto, había consistido en estar sentado frente al escritorio, con la puerta de la habitación abierta y recibiendo los constantes reportes de sus hombres. La mayoría de estos habían estado tan ociosos como él, pero en vez de matar las horas en partidas de carta, paseos y entrenamientos, habían tenido la mala suerte de toparse con Fran en su momento de mal humor, y se habían visto repentinamente desbordados de los absurdos trabajos burocráticos. Mejor adelantar ahora que hacerlos con prisa el último día.

La peor parte fue sin duda la revisión de las notas que habían tomado aquellos afortunados que salieron el día anterior. Los más diligentes habían entregado textos detallados sobre cada cosa que vieron o realizaron; otros, los que le hicieron el trabajo fácil a Fran sin saberlo, se habían limitado a registrar en dos líneas dónde habían estado y cuál había sido su impresión.

El peor, o mejor de todos, dependiendo de si se le dejaba opinar a Fran o no, era el cabo Rafferty. El hombre se tomaba su trabajo con una moderada seriedad. No anotaba cosas sin importancia, no hacía referencia a si le «daba canguelo» el primer pasillo norte, como había hecho el brigada Víctor Pastor, ni describía la enorme puerta que había tras los jardines de la embajada como «una cosa grande llena de cosas pequeñas», que habían sido las indescifrables palabras del soldado Arya Nibhanupudi. Pero estaba claro que su amor por el trabajo bien hecho no era proporcionar a sus capacidades literarias.

«Las paredes de la Lirdem son negras», había escrito con su minúscula y redondeada letra, «sus pisos tienen una altura de cinco hombres… interiores oscuros y frios iluminados mal pero aveces se ven brillos a lo lejos… en las paredes… no son leds ni tienen cables electricos en su interior… no son bombillos ni veo interructores… no se porque se encienden supongo que envían mensajes a los aliens que van frente a ellas… o puede que sea un metal nuevo que no emos descubierto aun distinto a los que conocemos… quizás tienen electricidad y así funcionan sus lamparas y puertas… Estoy un poco seguro de que absorven calor… No se como explicarlo pero lo hacen… Lo he preguntado a un criado o que creo que es un criado porque su ropa no es como los que me trajeron asta el puerto… Dice de que las paredes no son dañosas y que nunca toman ni dan más energía de las que necesitan un ser viviente… Creo un tema interesante sobre el que imbestigar pero en primero quiero ver el hangar y su flota espacial… los yldianos se parecen muy felices por que me interese por sus buques y su capacidad de carga aunque me dan datos en medidas que no conozco… pero ahora todo se parecen buenas noticias pueden conservarse en energía inactiva durante mas de dos ciclos de viaje y creo de que un ciclo es un año… y tienen sistema de generación del agua también lo que es impresionista… podría acabar con nuestros problemas de subministros en Nuevo Edén y mantener alimentadas a muchas tropas en una guerra lejos de casa que es lo que nos interesa pero los yldianos no me dan muchas información sobre sus capacidad de ataque… creo de que los molesta hablar de la guerra… No voy a poder descubrir muchos en eso».

Fran no sabía cómo un simple cabo había logrado llegar hasta el hangar por sí mismo, sin más compañía que la de dos criados, cuando él parecía necesitar un permiso especial del Soberano Supremo para ir dos pasos fuera de su habitación, sin embargo agradecía que alguien hubiera podido inspeccionar los buques. Le habría gustado que ese alguien no tuviera tanto apego a los puntos suspensivos y hubiera prestado más atención a la asignatura de Lengua Extranjera en la academia, claro, pero no podía quejarse. Al menos la redacción se entendía.

Durante la comida se escuchaba más el sonido de los hombres riendo y hablando que el característico ruido de la vajilla al ser usada. Habían aprendido a no mirar lo que había en sus platos, fijar la vista en un compañero, centrarse en su charla y mover mecánicamente los extraños cubiertos de la mesa a su boca. Luego había que hacer un esfuerzo ligeramente mayor para masticar la sustancia blancuzca y viscosa y no plantearse qué sería. La palabra «larva», por supuesto, estaba prohibida durante los almuerzos.

Ese día Fran se había sentado intencionadamente entre el teniente Okoro y Shawn Panfil. Por una parte quería contrastar opiniones con Okoro sobre el metal raro que recubría las paredes, por otra, había escuchado que el etnólogo tenía una teoría sobre el por qué los yldianos no toleraban el deporte en el exterior, la cual había convencido a muchos de sus compañeros.

La primera conversación murió después de que su compañero le explicara que, según los criados, las paredes tenían reguladores térmicos que en casos extremos podrían ayudar a una persona a recuperar su temperatura normal. El calor, como todo el mundo sabía, era energía, así que las palabras que había escrito el cabo Rafferty tenían sentido y no había mucho más que discutir al respecto, por lo que el resto de la comida permaneció escuchando la entusiasta charla de Shawn Panfil.

—Piénselo detenidamente, teniente —insistía el hombre, devorando la comida en medio de la excitación de la conversación—, todo tiene sentido si lo ves como algo especial para ellos, que no puede realizarse como un acto vulgar o público. Si realizas una actividad con frecuencia, sin darle la menor importancia, al final termina convirtiéndose en algo cotidiano y poco interesante. Hay miles de pruebas al respecto a lo largo de la historia. Hace un par de siglos verle los tobillos a una mujer era erótico, ahora es aburrido.

—Pero no entiendo por qué el deporte es un tema tabú. Si se tratara de algo que no está en el día a día, lo entendería, pero estamos hablando de algo tan normal como respirar. ¿Qué hacen los yldianos cuando llegan tarde a un sitio? Porque no me va a decir usted que no corren, ¿no?

—¿Usted los ha visto correr? Yo he hecho que se retrasen criados un número vergonzoso de veces. Creo que ya me odian. Presiento que me evitan por los pasillos, pero aun así no corren, sólo andan rápido.

Fran no tenía la menor duda de que los yldianos rehuían al etnólogo todo cuanto podían, pero prefirió no confirmárselo.

—Aun así, yo los veo muy sanos y en su línea. Hay algunos gorditos, pero la mayoría están delgados. ¿Cómo lo hacen?

—Yo tengo respuesta para eso— intervino Okoro, que estaba medio pendiente en la conversación, e hizo un gesto amplio para señalar la mesa, llena de bandejas con cosas brillantes y, en algunos casos, que palpitaban—. Comen lo justo para no morir desnutridos, pero no lo suficiente para no morir del asco.

Fran no hizo caso a su broma y volvió a mirar a Shawn Panfil.

—No es que no hagan deporte, es que no lo hacen públicamente, o no siempre. Creo que hay festividades religiosas donde el principal interés es eso: mostrar cómo de buenos deportistas son. Como las bacanales romanas, pero sin el sexo y todo eso. Tendrán una festividad donde todos se reúnen y se ejercitan bajo una premisa religiosa. Todo esto suponiendo que el muchachito al que interrogue al respecto de sus dioses y las posturas extrañas en las que estaban representados me estuviera diciendo la verdad. Para ellos, el baile es una cosa sagrada, y no estamos hablando de bailes de salón.

Shawn levantó un dedo, a punto de añadir algo, pero frunció el ceño y dudó. Aun así continuo.

—Lo del deporte no es algo tan importante. No es que no lo hagan, simplemente no lo hacen fuera de sus casas, pero hubo otra cosa que me dijo sobre esas fiestas, que no estoy seguro de haber entendido bien. Aunque pueda que tenga relación.

Miró a Fran con el ceño fruncido, aparentemente planteándose si debía seguir hablando o no. El teniente suspiró, molesto por tener que admitir que había despertado su curiosidad, y le hizo un gesto con la mano, invitándole a continuar.

—Tiene que ver con los soldados. El muchacho lo dijo como algo sin importancia y después no volvió a hablar sobre el asunto, por más que le preguntara. No parecía muy cómodo hablando de esas cosas, o más bien hablando sobre los soldados, como si le fueran a amonestar por estar distribuyendo información bélica a potencias extranjeras, pero no era nada que pareciera peligroso. Simplemente me dijo que en las festividades era el único momento en el que una familia podía mostrar con orgullo que tenía parientes militares.

—No lo entiendo. ¿Cómo que «el único momento»? ¿Les avergüenza tener soldados entre ellos?

—Eso es lo que me dio a entender. Por lo visto, la profesión militar no está muy bien valorada, pero tiene sentido. Por todo lo que cuentan, especialmente cuando me hablan de sus dioses, parecen una raza pacifista. Tienen miles de deidades, tantos que los llaman los «quinientos más uno», lo cual, según me han explicado, significa que siempre habrá uno más de los que ellos conocen, aunque también otro criado me dijo que ese uno es otro dios al que odian. No se ponen de acuerdo.

—Profesor, céntrese —le pidió Fran—. Estamos hablando de su odio hacia los soldados. Ya pasaremos a sus dioses después.

—No dije en ningún momento «odio». Más bien es desprecio.

—Lo cual explica por qué consideran que ver su base militar es una actividad poco productiva y aburrida para mí —musitó Fran.

—Sí, para usted y para todos. Pero tienen militares, por lo que aunque tienen una filosofía pacifista, son consciente de que si no desarrollan un sistema de defensa, están perdidos. Sin embargo no es algo alentador para nosotros. Si desprecian tanto la guerra, va a ser difícil que sean nuestros aliados. Nos ofrecerán recursos, pero no armamento u hombres, y eso es precisamente lo que necesitamos.

—Lo sé.

Miró hacia los embajadores, que comían en otra mesa aparte, cuchicheando entre ellos. Constantemente negaban con la cabeza, maldecían en sus idiomas o se frotaban el rostro, demostrando lo complicado que se les estaban haciendo las negociaciones.

—¿Sabe algo de ellos? Me dijeron que convocaron una reunión con el equipo de asesores esta mañana.

—Nada importante. Yo sólo puedo dar consejos al tiquismiquis ese que se encarga del protocolo; el señor Naess ese, que le interesa mi información lo justo y necesario. Ya me ha dejado claro que cuando me haga una pregunta, quiere un sí o un no, no una charla insustancial sobre cosas que, de hecho, son las que importan. ¿Pero qué le voy a hacer? No soy más que un simple etnólogo que no sirve para nada. Si los políticos valoraran más a los de mi profesión, otro gallo nos cacarearía.

—Cantaría —le corrigió Fran cometiendo el error de bajar la vista hacia su plato, buscando algo que le distrajera del momento de frustración de su compañero.

—Eso he dicho. Puede que no haya escrito un libro sobre mis aventuras en la casa real noruega, o que no tenga miles de fotos con líderes de todas las naciones del mundo, pero sé hacer mi trabajo, y yo al menos aprendo sobre las costumbres de la gente con la que me relaciono, no como él, que no sabe que para entender una cultura, hay que analizar su lenguaje, sus comportamientos cotidianos y dejar que los individuos actúen sin ser conscientes de que están siendo observados.  ¡No puedo hacer un estudio etnológico de la noche a la mañana, por Dios!

—De eso sé mucho; hombres que creen que sus subordinados son especie de semidioses que lo saben todo, lo pueden todo, pero les gusta ser liderados por un inútil —le dijo con tono comprensivo antes de desviar la conversación a lo que realmente le interesaba—. Los embajadores deben tenerlo difícil, con asesores como ese. Al menos espero que las negociaciones les esté yendo bien.

—Me temo que no es el caso. Los yldianos, apelativo que les he recomendado encarecidamente no usar, porque siento que los muchachos con los que hablo se tensan al oírlo, pero, como ya he dicho a mí se me hace el mismo caso que a… a algo que no se le haga caso. No conozco expresiones en español en ese sentido. ¿Cuál encajaría ahí?

Fran lo miró fijamente, dejando que el cubierto quedara detenido cerca del plato. Cerró los labios, tomó aire, lo soltó lentamente por la nariz, y se aseguró de cargar su mirada con toda la seriedad de la que disponía.

—¿Decía de los Yldianos?

—Sí, nada importante ­—gruñó el profesor, frustrado por la poca colaboración de su compañero—. Sólo han comenzado con el intercambio de formalidades y charla que la mayoría de ellos cree que es insustancial. Parece ser que se toman todo esto con mucha calma. El señor Naess les ha recomendado, previa sugerencia mía, por supuesto, que no apresuren las negociaciones. Es lógico que los habitantes de Yldium (llamémosles así hasta que sepamos por qué «yldiano» es un término incorrecto) —Hizo una pausa, retomando el hilo tras su inciso. —Es lógico que los habitantes de Yldium no quieran firmar acuerdos con un pueblo que aún no conocen.

»Si se me permitiera asistir a los encuentros, podría analizar cómo de insustancial es la charla, como dicen que está siendo, pero no es algo que se me permita ver. Sólo puedo escuchar algunos retazos que los embajadores recuerdan, cosas sobre sus familias, sobre los viajes, anécdotas de un intercambio comercial previo… y todo eso junto a música, una bebida caliente que al parecer es asquerosa, y comida que los embajadores han evitado tocar en la medida que los modales le han permitido.

—Entonces ni siquiera han empezado.

—No, y el reloj corre en nuestra contra. Los embajadores esperaban haber podido exponer la situación en la que se encuentra la humanidad ayer, pero en cuanto mencionaron a los hirge, los dignatarios extranjeros, o más bien extraterrestres, se pusieron serios y les insinuaron que deberían esperar un poco más para entrar en temas tan desagradables. Fue un momento espantoso para el señor Naess —se rio Shawn Panfil, sin poder ocultar lo mucho que le divertía imaginarse a su superior con el corazón detenido y tratando de hacer que los embajadores retomaran el control de la situación—. Por suerte sólo fue una llamada de atención y las relaciones no se estropearon, aunque, ¿qué quiere que le diga? No me hubiera molestado que se hubiesen hecho los ofendidos, para ver como al señor Naess le sale una ulcera. Se lo tendría merecido.

El resto de la conversación giró en torno al señor Naess y lo poco que valoraban los asesores a Shawn Panfil y su campo de investigación, tomándolo como una ciencia de segundo orden. Fran creyó que terminaría aburriéndose a los cinco minutos y buscando una forma de intercambiar su sitio con el del teniente Okoro, como solía ocurrir con el etnólogo, pero lo cierto es que el odio del hombre hacia su superior y los comentarios sobre cómo podrían las desgracias arreglarle el día, terminaron haciéndole reír más de una vez y la comida se le hizo corta.

Al salir de la cámara de placer, Fran se encontró de frente a un criado cuyo rostro le sonaba. Tras un segundo de vacilación, y al ver que este le sonreía y se acercaba a él, recordó que era el mismo que le había conducido hasta el tercer distrito la vez anterior.

—Si lo desea, puedo conducirle a los jardines centrales, Caballero Cortés.

—Teniente —corrigió, actuando antes de pensar.

La sonrisa del hombre vaciló un segundo, congelándose de la misma forma que si hubiera recibido una bofetada y tratara de mostrarse inmensamente feliz por el golpe.

—Por supuesto, Caballero-Teniente. ¿Desea que sea yo quien lo acompañe, o prefiere a otro guía? Lamento si mis modales lo han ofendido y comprenderé si desea relevarme de mi cargo.

Fran no sabía por qué esos hombres se tomaban las correcciones con exagerada solemnidad, pero le comenzaba a molestar lo sensibles que eran.

—Tú me eres tan útil como cualquier otro— murmuró sin intenciones de ser tan desagradable como terminó sonando.

Echó a andar, sabiendo que el hombre lo seguiría, y decidió no darle importancia a la molesta costumbre que tenían de ir varios pasos por detrás, dificultando cualquier intento de conversación.

—¿Puedo saber por qué de pronto se me permite ir a los jardines centrales? Pensé que tenía que hacer solicitudes cuando quisiera ir al exterior, y que no se me permitía sin acompañante.

—¿No le han informado, Caballero-Teniente? Su petitorio debería haberse actualizado con la confirmación de la cita con el Laeto de Minam. ¿Desea cancelarla?

—No. Está bien así.

No le había llegado ninguna notificación sonora al petitorio, lo cual tenía sentido porque el petitorio no era un móvil y actuaba de forma distinta, pero no iba a quejarse. Debía considerarse afortunado por el simple hecho de que ese día volvería a salir y podía relegar el resto de informes mal escritos para otro momento.

El camino por la embajada fue rápido, puesto que comenzaba a reconocer los pasillos y no necesitaba volver la cabeza para confirmar con el criado que estuviera tomando la dirección adecuada, pero una vez salió al laberinto vegetal, se encontró dudando a cada giro.

Cuando avistó los jardines centrales, se dio cuenta de lo mucho que necesitaba esa salida. Había pasado la mayor parte de su vida encerrado en naves de todos los tamaños, pero siempre era más difícil de sobrellevar un encierro cuando sabía que había un lugar en el exterior que le era vedado. Era el magnetismo que ejercía todo lo prohibido en él.

Encontrar a Shasmel no fue tan sencillo como había creído. El hombre lo esperaba junto a una fuente de tres saltos, tan grande como la mayoría de la arquitectura en la Lirdem, pero antes de llegar ahí hubo que pasar por varios senderos, templetes y paradores, y en cada uno de ellos el criado hacía de buen guía, dedicándole un comentario para hablarle de por qué las flores habían sido dispuestas de esa forma o por qué había sólo seis columnas en lo que parecía un quiosco de música.

El humor le había ido mejorando según caminaba, pero en cuanto vio a Shasmel la sonrisa dominó su rostro. La figura del hombre arreglándose los puños de la camisa y observando el entorno con interés, de espalda a él, le recordó a su paseo del día anterior, sus formalismos y su sonrisa inocente, siempre amable pero sin caer en el servilismo.

—El Caballero-Teniente Cortés —anunció el criado, deteniéndose junto a unos tiestos que circundaban la fuente a varios metros.

Shasmel se dio la vuelta al instante y le dedicó una expresión alegre. Su mueca parecía sincera, pero no le alcanzaba los ojos. Había un deje de cansancio en su rostro, por mucho que quisiera ocultarlo.

—¿Una mañana complicada? —cuestionó Fran, saltándose sin vergüenza los saludos y cualquier otro formalismo que hubiera tenido en mente Shasmel.

El hombre vaciló un segundo.

—Nada importante. He estado toda la mañana en mi habitación, organizando la presentación culinaria.

—Papeleo. Sé lo que es eso. Hemos tenido mañanas muy similares.

—Estoy seguro.

No supo si fue la forma desenfadada en la que lo había dicho o el que hubiera intentado cambiar rápidamente de tema, conduciéndole al sendero de tierra que había junto a ellos, pero Fran percibió la ironía camuflada bajo las palabras. Aparentemente para Shasmel era mucho más cansado hacer una lista de comida que lidiar con los informes de los soldados, claro que el laeto no conocía al cabo Rafferty

Fue un poco extraño caminar por el jardín central de la mano de Shasmel, con el criado detrás de ellos y paseando como dos enamorados de algún palacio en el siglo dieciocho. El día anterior había sido más llevadero porque caminaban en el interior de un invernadero, sin que nadie los viera, pero en ese momento estaban en el mismo centro de la Lirdem, bajo el sol artificial y a la vista de cualquiera que quisiera asomarse a una cristalera.

—¿Hay algún sitio al que desee ir, Caballero Cortés? —preguntó Shasmel, aunque había comenzado a dirigirlo por un sendero que bajaba hacia el noroeste.

—Ninguno en particular. El hangar, quizás. Si le parece un lugar adecuado —añadió un segundo después, pensando que Shasmel pudiera sentir más interés en analizar la flora del jardín que en inspeccionar motores de naves—. Un compañero lo visitó ayer y me contó cosas muy interesantes sobre la flota que tenéis ahí.

Para su sorpresa el hombre pareció animarse tras escucharle.

—Así es. Yo tampoco llevo mucho tiempo en la Lirdem. Mi nave llegó el mismo día que la de ustedes, pero alcancé a ver un buque cisquenio de propulsión reglada. Son uno de los más complicados de construir por lo difícil que es hacer que sincronice el sistema motriz interno con la gravedad artificial, pero sin duda son el futuro del transporte. En apenas medio ciclo las fragatas antarquianas no tendrán cabida. Estos buques son capaces de ir el doble de rápido y con un consumo de energía aceptable. Quizás caro, pero en algunos trayectos podrían ser muy rentables. Ya tengo familiares interesados en adquirir la licencia para construirlos.

Shasmel le había estado hablando con entusiasmo, pero de pronto se giró hacia él, dirigiéndole una mirada de disculpa.

—Mi primo tiene una astronaviera. Perdóneme si me emociono con temas como este. Cuando él me cuenta los detalles, hace que las cosas más aburridas se vuelvan fascinantes. Supongo que no era eso lo que tenía en mente cuando me preguntó.

—Sí y no —se sonrió Fran, sintiendo que por fin las cosas iban bien en el día—. Tengo un gran interés por su flota y la capacidad de esta, especialmente por su velocidad. La nuestra se mueve por saltos de siete minutos y su capacidad de carga es muy limitada, pero nos tenemos que contentar con motores de un solo núcleo, que fueron los únicos que conseguimos antes de romper relaciones con los hirge. No sé lo que es un buque cisquero o una fragata antárta, pero si alguna es capaz de ir más rápido…

La expresión que le dedicó Shasmel hizo que Fran se riera. El hombre parecía fascinado.

—Es la primera vez que hablo con un caballero que… Quiero decir, es usted una persona increíble. No me malinterprete, no es que hubiese pensado que fuese el típico caballero aburrido sin más preocupaciones en la vida que pensar de qué forma se recortará la barba o a qué espectáculo asistirá la próxima vez, pero no esperaba que le interesara la astronáutica.

Fran se sintió alagado. Inmediatamente comenzó a hablarle de su relación de amor odio con la materia, la cual había odiado en la academia militar pero al final, gracias a un profesor que amaba la ingeniería astronáutica, aprendió a apreciarla. Sus conocimientos no eran especializados, por suerte Shasmel sabía aún menos del tema. Todo lo que había aprendido el laeto era por charlas familiares y paseos con su primo, el cual le llevaba a ver su astronaviera siempre que su tío, el maestro de Shasmel, hacía un alto en su ciudad.

Sin darse cuenta, las horas fueron pasando mientras caminaban sin ningún rumbo por los jardines, con el criado siempre detrás, tan callado que Fran llegó a olvidarse de su presencia. En una ocasión notó que habían pasado tres veces frente a la misma estatua del hombre barbudo, estatua que llamó su atención por la barriga incipiente y los pequeños pechos que mostraba, pero no le pareció importante hacer notar que andaban en círculos. Ya estuvieran hablando de motores de cuatro núcleos o de las trastadas que el primo de Shasmel le había hecho a este cuando eran apenas unos niños, no quería que la conversación se detuviera.

—Espera, ¿eso fue antes o después de Dulia? —preguntó Fran entre carcajadas.

—Después, por supuesto. Antes de Dulia, Maneren ni siquiera me miraba dos veces si coincidíamos en el mismo pasillo. No le miento cuando le digo que me odiaba profundamente, y todo porque se había enamorado de mi madre. Cuando me lo contó, hace apenas unos ciclos, no dejábamos de reírnos. Parece que es algo habitual. Algunos hermanos míos también odiaban a muchachos de otras familias porque querían que sus madres fueran suyas. Loelte sin ir más lejos, el que le dije que exporta el oxidón de Gormonia, le juró a mi padre que se haría militar si no se casaba con la madre de un compañero suyo del templo. Tenía cinco ciclos en ese momento.

Fran secundó a Shasmel en las risas pero su atención estaba puesta en otro tema.

—Y a su padre no le habría gustado eso de que fuera militar, ¿verdad? —intentó mantener la sonrisa.

—No era nada serio. Además, Loelte, entre todos mis hermanos, es del que menos temían que tomara esa vida. Es quien administra ahora la mayoría del patrimonio de mi padre, y se nota que se le da bien.

—¿Pero qué habría pasado si tu hermano hubiera querido ser militar?

Shasmel lo miró y la expresión alegre fue desapareciendo de su rostro. Había comprendido que el interés de Fran iba más allá de lo anecdótico.

—Esas cosas a veces ocurren. Hay hombres que sólo son buenos para eso, y siempre conviene tener familiares en todas partes. Supongo que mi padre habría intentado comprar un acceso a la academia del círculo alto y situarlo en un puesto administrativo o estratégico, pero si aun así mi hermano sintiera más interés por la violencia que por la estrategia, no habría mucho que hacer. Sería incómodo, pero supongo que hay cosas peores.

Fran fingió una sonrisa, decidido a dejar pasar ese tema por alto. Sabía que si respondía, terminaría tomándose la conversación como algo personal, y Shasmel no tenía culpa de haber sido educado en una cultura que despreciaba a los soldados.

—Entonces, ¿vamos hacia el puerto? —preguntó para asegurarse de que abandonaban esa línea de conversación.

—Sí quiere…

El laeto seguía mirándolo con interés. Finalmente le dio un tironcito de la mano y le señaló con la cabeza hacia otra parte.

—También podemos ir a las instalaciones militares. Está en esta dirección, apenas a veinte metros. No es un lugar bonito, pero quizás pueda interesarle.

La molestia que había comenzado a sentir Fran por la postura del hombre desapareció al instante. No se esperaba que le hiciera una propuesta como esa, pero había sido sorprendentemente acertada, como si supiera qué decir exactamente para complacerlo.

—Sí que me interesa. Tenía curiosidad por esta parte de la Lirdem, pero pensaba que se me había vedado el acceso.

—No, no se le ha vedado. No es una zona que tengamos restringida para nadie. Hay algunas salas a las que no se puede acceder sin una autorización, para seguridad tanto de la Lirdem como de las personas, pero en sí, no hay mucho que esconder en unas instalaciones como estas. Es el lugar donde los soldados pasan el tiempo cuando no tienen nada que hacer, que por suerte es la mayor parte de su vida.

Fran se esforzó por responder a sus palabras con una sonrisa.

—Supongo que tendrán más deberes aparte de pasar el rato, aunque sea hacer papeleo.

—En las academias militares, sin duda, pero aquí, ¿qué pueden hacer? La mayoría de ellos vinieron ante la perspectiva de que los hirge intentaran impedir este encuentro —Shasmel se detuvo de pronto, valorando a Fran con la mirada antes de continuar—. ¿Lo estoy inquietando?

—¿Cree que me voy a asustar porque mencione algo que todos pensábamos que pasaría? Cuando entramos en la Or… en la nave que ustedes nos prestaron, muchos de nosotros nos planteamos que podríamos no llegar al final del trayecto, o quizás no regresáramos a casa. Saber que ustedes enviaron soldados para apoyarnos en caso de que nos atacaran, me alegra, no me da miedo.

Fue a guardar silencio, consciente de que estaba usando un tono cortante y que atacaba a Shasmel injustamente, pero fue incapaz de callar.

—Es más —continuó— agradezco profundamente el valor de cada uno de esos hombres. Vinieron para dar sus vidas por nosotros, a quienes no conocían de nada. Se merecen todo mi respeto y gratitud. ¿No lo cree usted así?

Shasmel lo observaba sorprendido por la intensidad de su discurso, aunque no parecía ofendido.

—Comprendo sus sentimientos —concedió el laeto—, sin embargo no puedo compartirlos. Como usted acaba de decir, esos hombres vinieron sin conocerles de nada. No vinieron por un sentimiento de fraternidad. No vinieron porque hubiera lazos sentimentales que los uniera con ustedes. No hubieran llorado vuestras muertes. Vinieron para hacer negocio. La guerra es su negocio. La guerra es el negocio de los soldados. Habrían muerto aquí, por el dinero que representaría la captura de una nave hirge o las condecoraciones por sus actos, igual que se habrían prestado a morir en una guerra fratricida entre señores de Antarcas.

Fran fue a responderle. Deseaba rebatir su argumento. Lo deseaba de verdad, de corazón, pero no podía. Sabía qué era lo que pensaba y sabía que hacía bien defendiendo el oficio de los militares, pero también era capaz de ver que Shasmel estaba en lo cierto. Esos hombres no habían ido a salvarlo, sino a trabajar. Podía idealizarlos, pero no sería más que eso, una fantasía para embellecer la realidad, y Shasmel, como buen político, sabía bien de falacias, demagogia y fantasías que ensalzaban el valor y la entrega. No tenía nada que hacer en una discusión de ese tipo frente a él.

—Tiene razón —dijo al final, dando su brazo a torcer con un suspiro—. Sin embargo quiero seguir viendo las instalaciones.

Shasmel hizo un gesto raro, inclinándose como si intentara esconder una risa, y cuando Fran se detuvo, perplejo, le sonrió.

—No es consciente de cuántas buenas cualidades tiene usted —le declaró el laeto, mirándole directamente a los ojos—. Siendo francos, usted también tiene razón. Independientemente de si un hombre viene por negocios o por amistad, cualquier ayuda debería ser agradecida. Discúlpeme si a veces me muestro demasiado terco a la hora de defender mis ideas.

—Discúlpame tú a mí —le pidió Fran, sonriendo y tuteándolo con intención—. Estás hablando con otro terco.

El complejo militar era un edificio no demasiado alto en comparación con el resto que circundaban el jardín central.  Era el más cercano al muelle por el Norte, pero su arquitectura resultaba tan discreta que Fran ni siquiera había reparado en él hasta ese momento.

En un principio creyó que tenía un diseño de paredes lisas y cuadradas sobre más paredes lisas y cuadradas, con formas que le recordaban al modernismo vanguardista del principio del milenio en la Tierra, pero según se fue acercando, se dio cuenta de que todo era una ilusión óptica. Sus paredes estaban repletas de pequeñísimos e intrincados grabados, a medias entre rectas cenefas y curvos glifos que debía ser parte de la escritura de Yldium. Lo que veía desde el jardín tampoco era el complejo militar en sí, sino sus murallas.

Poco antes de llegar a éstas, Shasmel le soltó la mano y se acarició el pecho con actitud concentrada. Luego se giró hacia él con una expresión satisfecha.

—Nos esperan en la primera barda —le informó—. Enviarán a un auxiliar para que nos asista durante el paseo guiado. Es más de lo que esperaba. Ni siquiera creí que se hubieran molestado en preparar una ruta para posibles visitas.

A Fran no le sorprendió que vigilaran lo que los humanos verían, pero la franqueza con la que Shasmel lo tratara, como si no fuera algo que debían ocultar, le extrañó.

—Si no hubieran preparado una ruta, no nos hubieran permitido ir, ¿verdad? —comentó sólo por mantener activa la conversación.

—No creo que nos lo hubieran impedido, pero ¿a usted le habría interesado hacer la visita en ese caso?

Fran lo miró intentando comprender su forma de pensar. No creía que el yldiano fuera tan superficial como estaba dando a entender, así que le dio el beneficio de la duda.

—Por experiencia, he descubierto que aprendo más de los lugares cuando los exploro por mi cuenta que cuando me señalizan el camino.

Shasmel se rio.

—Eso sólo es cierto en partes. Si a mí me dejaran a solas dentro de cualquier templo de Esquirla, o incluso de Tirilia, podría aprender mucho más que el resto de visitantes que siguen a los sacerdotes, pero si me dejaran solo en una base militar, únicamente vería murales hermosos, suelos ásperos y hombres yendo de un lugar a otro.

»Cuando no se sabe nada de un campo, es mejor que los primeros pasos sean guiados. Después de esto, el resto del camino es mejor hacerlo en soledad.

Fran ladeó la cabeza, planteándoselo, y al final decidió que era cierto. Si a él lo dejaban sin compañía en el Museo de El Cairo, después de ver un par de momias interesantes, habría salido a buscar una cafetería.

—Entonces usted no sabe nada sobre milicia. Sabe de temas tan diferentes entre sí como podría ser la botánica a la astronáutica, pero de armamento y militares, no conoce nada.

Shasmel asintió sin ninguna vergüenza.

—Sé lo que es natural y lo que es imprescindible para mi profesión. Siempre está bien estar informado y conocer qué tipo de munición le interesa más a los gislianos de Kahaj, o qué coraza medicalizada es más económica producir en nuestro cuadrante, pero más allá de eso… Preferiría que un guía me dijera para qué sirve determinada habitación o por qué los soldados de este pelotón llevan un mangal (un animal de Pergán) —le aclaró— en el casco y aquel otro pelotón un rusdol.

—Claro.

Fran no tuvo mucho más que añadir y siguieron caminando en silencio, dejando atrás al criado que los había acompañado hasta el momento. Aparentemente no tenía permiso para acceder a esa zona de la Lirdem.

Atravesaron la primera puerta sin ceremonia alguna, pero después el paso de Shasmel se ralentizó. El laeto comenzó a dirigirle miradas discretas, espiando su reacción, y pronto Fran comprendió el motivo. Habían entrado en un pasillo al descubierto, con paredes a ambos lados pero aún con el suelo de tierra. Había pensado en un principio que era un intento de impedir la visión del resto del terreno que rodeaba el edificio, pero al fijarse mejor en los muros, comprendió que había otro propósito. Los grabados redondeados seguían presentes, ondeando a lo largo del mural sin un orden claro, pero el resto de formas geométricas habían sido sustituidas por pequeñas representaciones de paisajes y hombres.

Miró a Shasmel y descubrió en su rostro una sonrisa orgullosa.

—¿Es una historia? —le preguntó sorprendido.

—Es nuestra historia. Esta estación fue creada en el periodo Dolshi, al igual que la nave que os trajo aquí. Durante esa época mi pueblo estaba enfocado en asegurarse de que nadie olvidara nuestro pasado. Todo nuestro arte se centró en esto, en esta época que representa.

El hombre hizo un alto, clavando los ojos en Fran fijamente, y éste supo que le estaba revelando algo de lo que su raza no solía hablar con facilidad.

—¿Un periodo de esplendor?

—Un periodo de dolor —su tono descendió, al igual que el ritmo de sus pasos, que casi llegaron a detenerse— y esclavitud. Si alguna vez se ha preguntado de dónde procede nuestro odio hacia los hirge, la respuesta la tiene en estas paredes.

Pareció que iba a añadir algo más, pero entonces alzó la vista y colocó una amplia sonrisa en el rostro, observando la alta figura de uno de sus congéneres que se dirigía hacia ellos desde el otro pasillo. Fran maldijo por la interrupción. Se acercó a Shasmel y, señalando con la barbilla al desconocido, le susurró con prisa:

—¿Sería maleducado preguntarle al respecto?

Su compañero inclinó la cabeza, respondiendo con cuidado.

—La curiosidad sería normal, pero no espere respuestas directas.

El hombre tenía la misma estatura que la mayoría de los habitantes de Yldium, un par de palmos más que Shasmel o él. Los  criados tenían la costumbre de inclinar los hombros y mantenerse siempre en actitud servil, perdiendo toda aura amenazante, sin embargo este hombre se comportaba de una forma muy distinta. Iba con la cabeza alta y caminaba con desenfado.

Saludó en primer lugar a Fran, tomando su mano y llevándosela a la frente, y luego a Shasmel, haciendo el mismo gesto pero, al terminar, dejó que sus manos permanecieran unos segundos en el aire, por debajo de su barbilla.

Fran, a quien todo le resultaba extraño e inquietante, lo observó con tanto descaro que su interés no pasó desapercibido, y por primera vez desde que llegó a la Lirdem, alguien que no era Shasmel se molestó en explicarle las cosas.

—Ustedes no tienen circumo —comentó el hombre—. Entre nosotros tenemos la costumbre de intercambiar unos datos de información para ver si nuestras familias tienen parientes cercanos. El laeto de Minam y yo tenemos un enlace cuatro generaciones más arriba, pero es un parentesco muy sutil. Genéticamente tenemos tanto parecido como con cualquier otro narsiano.

El comentario le sirvió para comprender que no estaba hablando con un sirviente, sino con un noble.

Su nombre era Metalurgar de Licaura, según les dijo, y provenía del mismo cuadrante que Shasmel, Persei. Le aclaró que había notado que eran coterráneos por las ropas de Shasmel, a la moda perseica, pero Fran no pasó por alto que ambos tenían tonos de cabello muy similares. Era notorio a pesar de que el auxiliar lo llevaba casi por completo oculto bajo un bonete con patillas. Sus ropas tampoco se parecían mucho, pero siempre podría ser que esas sutiles semejanzas fueran difíciles de percibir para alguien no acostumbrado a las vestimentas de Yldium.

Metalurgar era un hombre que daba la impresión de ser alegre, mostrándose con ganas de comenzar con la visita y enseñarles todo lo que el complejo tenía para ofrecerles. Fran llegó a creer que la actitud abierta y cercana era algo común en los perseicos, hasta que se atrevió a preguntar por el mural de las paredes.

El auxiliar no dijo nada desagradable. No hizo un gesto de enfado ni ningún comentario ofensivo. Fue la tranquilidad con la que miró en torno suyo, deslizando unos ojos vacíos de interés sobre las paredes, como si sólo estuviera constatando que había aire en su alrededor antes de declarar que eran simples adornos, lo que hizo que se molestara.

—Son más que adornos —dijo Shasmel, con una voz tan dulce y amable que a nadie se le hubiera ocurrido que estaba reprendiéndole por la mentira.

El otro yldiano lo miró un segundo, serio, y le dedicó una sonrisa fría antes de asentir.

—Adornos que usan la figura de las grandes personalidades del pasado, soldados ilustres que enorgullecen a todos los cuerpos militares de todas partes de Yldium. Cuentan cosas —admitió al fin, dirigiendo a Fran un gesto para restarle importancia—, pero son cosas que ocurrieron hace ya dos milenios. Hoy día no son más que adornos para observar cuando se tiene mucho tiempo. Sin embargo, vuestro tiempo es muy valioso, y no me gustaría que lo perdieran en la entrada de nuestras instalaciones, cuando hay tanto que ver en el interior.

Fran le dio la razón y dejó que los condujera por el pasillo.

En cuanto el hombre se dio la vuelta, él y Shasmel intercambiaron una mirada de entendimiento. Sin importar si a los soldados les gustaba o no, el laeto le contaría esa historia que guardaban las paredes.

Una vez entraron en las instalaciones militares, Fran comprendió el motivo de que el edificio fuera tan bajo.

La primera planta estaba destinada casi por entero a la recepción y a las oficinas de cargos intermedios. Su aire era tan frío como el del tercer distrito, pero su iluminación era mucho mayor que la del resto de la Lirdem, con un tono cercano al amarillo o al rojo. En el centro de la amplia sala que era la recepción había un mirador oval desde el que se podía observar la última planta, en el subsuelo, muchos pisos por debajo. Ahí, a la vista de todos, un grupo excesivamente numeroso de hombres corrían de un lado a otro, en un ajetreo desquiciante.

Fran no estaba seguro de si se trataba de un entrenamiento. No encontraba una lógica a los movimientos de la personas. No se movían en masa, siguiendo un orden o una secuencia definida, y cuando intentó centrar su atención en uno solo de los individos, para ver si analizando su ruta descubría un patrón con sentido, lo perdió casi al instante. Demasiada gente haciendo giros y saltándose los unos a los otros para llegar a un punto invisible antes de salir corriendo hacia otro.

—Son tácticos —le explicó Shasmel, acercándose a él y apoyándose en la barandilla.

Se había retrasado para trasmitirle a un mensajero unas quejas que quería hacerle llegar personalmente a su superior. Debía haber creído que el chip traductor de Fran no funcionaba a tantos metros de distancia, o subestimaba sus capacidades auditivas, pero a este no le había costado enterarse de que tenía quejas de un criado, o de un falso criado. Su forma de hablar había sido tan reservada que a Fran le había costado entender ese punto.

Supuso que era una de esas cosas que los yldianos querían ocultar para que todo se viera perfecto a sus ojos, así que fingió no haberlo escuchado y se centró en los tácticos.

—Son los encargados de diseñar las estrategias de forma virtual. No lo ve desde aquí, pero llevan unas… —Shasmel dudó—, ¿Los humanos consideran desagradable colocar implantes en partes sensibles, como el ojo?

—Dicho así, podría parecerlo, pero lo cierto es que nosotros nos ponemos lentillas, unos objetos transparentes que ayudan a la visión —aclaró por si acaso.

—Sí, esto sería como las lentillas. Llevan unos operadores oculares que les hace ver el campo tal y como lo ven los efectivos que tengamos en él. No es una tecnología bélica. Se usa para todo en Yldium. Si queremos descubrir si podemos extraer recursos de una masa determinada en el espacio, primero enviamos banderillas, que son unos objetos que retrasmiten la información que perciben, y crean un entorno visual en su táctico asociado. Cada táctico puede llegar a tener más de un centenar de banderillas a sus órdenes, y va configurando la ruta más económica, segura y fructuosa.

—¿Y ellos para qué lo están usando?

Shasmel se encogió de hombros, un gesto tan humano que hizo que Fran estuviera a punto de reírse y comentárselo, pero la intervención de Metalurgar, que los había estado escuchando, se lo impidió.

—Además de banderillas, los tácticos también pueden estar asociados a personas o naves. Es un sistema mucho más provechoso en el campo de batalla, porque las banderillas no se mueven y son fácilmente destruidas por el enemigo. Los seres vivos, en cambio, siguen sirviendo como fuente de energía para los transmisores unos minutos después de su muerte si el traje le administra la correspondiente inyección de marashina, y si sigue existiendo cuerpo como tal, por supuesto—sonrió.

—Señor, por favor —se molestó Shasmel, haciendo una señal hacia Fran como si estuviera siendo descortés con él.

Éste hizo un gesto para mostrar que no tenía problemas.

—Despreocúpese conmigo. Escucho cosas peores a diario.

Procuró dedicarle una mirada agradecida a Shasmel, para mostrarle que apreciaba su consideración, pero de inmediato regresó al tema que le interesaba.

—¿Y están ahí recibiendo información de algún grupo en concreto, o son prácticas?

—Ambas cosas. En este momento hay varios cuerpos desplegados tanto dentro como fuera de la estación. A los soldados nunca nos gusta permanecer ociosos.

—Amén a esas palabras.

Nadie pareció comprender el motivo verdadero por el que lo había dicho, aunque le sonrieron, y Fran consideró más prudente no recalcar que le estaban enseñando sus instalaciones bélicas a un soldado de otra raza. Si en algún momento le recriminaba su comportamiento, siempre podía fingir que había dado por sentado que comprendían lo que significaba el título de teniente.

A pesar de que le habían dicho que la visita sería corta, no fue el caso. Al cabo de la primera hora, tras ver la cara de cansancio que Shasmel intentaba ocultar, comprendió que nunca habían esperado que hiciera tantas preguntas, que quisiera observar cada una de las salas que se le enseñaban ni que con cada respuesta le surgieran diez dudas más. Se sintió culpable por el laeto, que a cada segundo parecía más incómodo, y se sintió aún más culpable cuando vio cómo este se esforzaba por que no se le notara su malestar, pero aparte de su curiosidad como persona por el fascinante mundo militar de los yldianos, también tenía unos deberes con sus superiores, y no podía dejar pasar una oportunidad como esa de descubrir todo lo posible de la fuerza ofensiva de sus futuros aliados.

Con cada explicación, intentaba escucharla atentamente, grabarse las palabras clave, asegurarse de que las asociaba al objeto, la persona o el concepto por el que acababa de interesarse, y seguir indagando. Sabía que si no tomaba nota, al final del día sólo iba a tener un montón de palabras flotando en su mente, pero no quería ser demasiado evidente. Al final asumió que no iba a ser capaz de recordar si los tubos datarios eran los que enviaban señales médicas relativas al estado cardiovascular del individuo o si eran los que se aseguraban de cerrar el traje, a modo de torniquete, para evitar una muerte por desangramiento.

Vio más de una docena de armas distintas, aunque no todas eran revelaciones armamentísticas para él. Había visto modelos muy similares en el armamento hirge, pero se notaba la influencia yldiana en estas. Por ejemplo, el guante de plasma tenía exactamente las mismas funciones que el de los hirge, pero aquí era llamado «blanman» y tenía un diseño digno de un coleccionista.

También tenían otro guante hecho de un metal fino y flexible, y que sólo recubría el dedo pulgar y el índice. Lo llamaban «brincante» y Fran descubrió el motivo al mismo tiempo que supo que lo quería para sí, costara lo que costara.

—El soldado tiene que señalar a los objetivos con la mano, asociándolos a su circumo antes de efectuar el disparo —le explicó Metalurgar mientras un soldado con sonrisa orgullosa se lo mostraba en la sala de tiro—. Si no los asocia bien, el disparo fallará y se romperá la secuencia, pero es difícil que eso ocurra.

El soldado levantó la mano no armada, advirtiéndoles que la demostración iba a comenzar, y con la diestra hizo un movimiento rápido, sin apenas pararse mientras señalaba a diversos objetivos que había al otro extremo de la sala, objetos de todas las formas y tamaños, colgados del techo, sobresaliendo de las paredes o en el suelo.

De pronto el hombre se detuvo y una chispa salió de sus dedos. El rayo fue tan rápido, saltando de un objetivo a otro, que Fran ni siquiera lo vio, simplemente escuchó el restallido de la energía cuando las dianas eran abatidas.

—Esta demostración sería mejor si fuera en movimiento —les dijo el soldado, girándose hacia ellos—. ¿Qué les parece si la repetimos?

Fran accedió de inmediato, ignorando el resoplido de enfado de Shasmel. El laeto se había puesto tenso desde que este hombre en concreto había comenzado a hablar con ellos. Fran no podía saber si estaba usando todas esas cosas lingüísticas de las que le había hablado Shasmel la última vez, pero con las traducciones familiares que recibía, podía hacerse a la idea de que no.

Por empatía hacia su compañero, había tratado al soldado con distancia y se había cuidado de sonreírle o dedicarle más palabras de las requeridas, pero aun así el hombre constantemente se dirigía a él con una sonrisa pretenciosa en el rostro y, como si supiera que su actitud resultaba insoportable para el laeto, después le dirigía un vistazo a este. Era uno de esos hombres que disfrutaba siendo irreverente, de esos hombres a los que Fran solía espantar con un par de frases no demasiado elaboradas, pero en este caso se contuvo y esperó la nueva demostración.

No le defraudó. Cada objetivo se movió a una velocidad distinta y en distintas direcciones, algunos intercambiando sus puestos entre sí, acercándose o alejándose, pero todos fueron alcanzados en el mismo orden en el que el soldado los había señalado y en apenas una fracción de segundo.

—¿Qué les ha parecido? Es el arma que se suele usar para casos de secuestro o acoso del protegido, y su rango de alcance permite una operatividad muy alta antes de ser interferido.

—¿Cómo que interferido?

—Todas estas cosas pueden ser saboteadas desde cierto perímetro —le explicó Metalurgar—. El disparador rara vez corre peligro, aunque hay edecanes engaramadores capaces de cambiar los objetivos del disparador por miembros de su propia unidad antes de que efectúe el disparo, pero tienen que ser verdaderamente rápidos con el circumo, y en ese caso no trabajarían para grupos de contrabandistas o asaltadores. Estarían a las órdenes del Soberano Supremo, por supuesto. No hay príncipe que pueda doblar su oferta.

—O serían pacíficos devotos de templo —replicó Shasmel con fingida inocencia.

Tanto el auxiliar como el soldado lo miraron fijamente, pero fue este último el que respondió.

—En ese caso, no tendría honor.

La sonrisa del laeto le dijo a Fran que había estado esperando que fuera él precisamente el que interviniese.

—El honor es un concepto muy curioso. Hay quien cree que la educación es un reflejo del honor de la persona, otros, sin embargo, creen que «honor» es vanagloriarse de cuántas personas pueden matar en un pestañeo.

El soldado se alteró, mirando al auxiliar antes de apretar la mandíbula.

—¿Me está insultando, laeto?

—Nunca se me ocurriría insultar a alguien honrado—respondió intensificando la sonrisa.

El hombre, avergonzado, dio un paso atrás, volvió a mirar al auxiliar, esperando que éste interviniera en su favor. No recibió apoyo por su parte, así que terminó saliendo de la sala entre resoplidos de indignación.

Fran, que había tenido que contener la carcajada en cuanto comprendió el juego de palabras, se acercó a Shasmel.

—Ha tenido suerte de que fueras tú quien lo pusiera en su sitio. Si hubiera sido yo…—dudó—. Bueno, probablemente la suerte la he tenido yo. Habría dado una mala imagen de la humanidad.

El laeto lo observó con los ojos brillantes de diversión.

—Habría sido mucho más doloroso para su orgullo. Estaba intentando impresionarle.

—¿Quién? ¿Él? —Fran se sorprendió—. Sólo me pareció un fanfarrón habitual. Aunque bien mirado… Posiblemente tengas razón. Es normal querer presumir ante posibles aliados, ¿no crees?

Se estaba esforzando por tutearle y que Shasmel fuera consciente de ello, llegando a detenerse para visualizar la idea en su mente y que así el traductor que había en el circumo de Shasmel lo pudiera interpretar correctamente, pero no sabía si no estaba funcionando o si el yldiano prefería mantener las distancias, puesto que éste continuó tratándole de usted.

Después de descender hasta el sótano tres, donde estaban las salas de gravedad cero y las habitaciones donde se hacían las pruebas del material, les indicaron que no se podía seguir bajando. En las plantas inferiores estaba las barracas, donde dormían los mansu de los soldados y tenían sus habitaciones de relajación.

Fran se interesó por ese curioso concepto de agrupación al que llamaban mansu. En un principio creyó que era la denominación de una unidad militar, pero se equivocaba. Eran hermandades que los hombres hacían entre sí y sobre la que los superiores no tenían capacidad de elección. Los soldados podían ser separados, enviados a distintos destinos o ascendidos, pero esa relación permanecía y era respetada hasta que morían o hasta que alguno deshonrara al mansu.

—Hay otras formas, por supuesto —le explicó el auxiliar—. Hay quien abandona un mansu por voluntad propia, ya sea para preservar su honor o para que una acción suya no deshonre al resto, pero no es lo más normal.

Shasmel intervino brevemente para explicarle que esas asociaciones eran comunes en muchos oficios, pero que ninguna la llevaba hasta ese extremo de lealtad. En el resto de profesiones, se disolvían después de alcanzar un objetivo común y se creaban mansu nuevos con nuevos intereses.

—Nos gusta la tradición —Fue la única explicación del auxiliar, con una sonrisa que pretendía ser humilde pero que no lograba esconder todo lo que le enorgullecía la cultura de su gente.

Fran observó el rostro de Shasmel, esperando encontrar una mueca de antipatía, sin embargo el hombre tenía una expresión muy similar a la de Metalurgar. Aparentemente, había algo de los militares que aprobaba.

El auxiliar se ofreció a llevarlos al «ageracrem», situado sobre la recepción. Era la zona donde los hombres veían las prácticas de sus compañeros y, en épocas de guerra, donde las masas podían seguir el curso de las batallas. No era un lugar agradable, por eso el nombre significaba «campo de amargura», pero en momentos como ese, en el que no había un peligro definido, el ambiente era relajado y de camarería. Los soldados iban a observar a sus amigos o a hacer apuestas sobre el resultado de unas maniobras.

 A Fran le entusiasmaba la idea de poder ver por fin a un grupo de soldados operando en formación, y no lo escondió. Durante el ascenso reclamaba información cada tres pasos, queriendo saber si las imágenes eran las mismas que recibían los tácticos, si las pantallas mostraban a personas determinadas o saltaba de unas a otras al azar, o si iba a haber mucha gente junto a ellos. Con esto último, Shasmel intentó tranquilizarlo, prometiéndole que si se sentía atosigado saldrían de inmediato, pero a él lo que le excitaba era poder meterse en la multitud de yldianos y escuchar una conversación normal de hombres de armas desarrollándose a la manera de Yldim. Se los imaginaba insultándose con respeto, un poco como si fueran copias más altas y menos agraciadas que el laeto, aunque sabía que el pensamiento era absurdo. Lo más seguro era que fueran como la mayoría de sus compañeros en el ejército, irreverentes y maleducados, hasta que llegaba un superior.

Por desgracia no llegó nunca a descubrirlo. Una vez llegaron a la primera planta, se encontraron con uno de esos espectáculos que los yldianos se empeñaban en ocultar. El primer aviso de que algo se estaba saliendo de la norma, fue un murmullo lejano que los recibió con los ultimos escalones. Luego escucharon la discusión, en un tono mucho más alto de lo normal. Fran fue consciente por primera vez de que nunca había escuchado gritar a ningún habitante de Yldium. La experiencia no era muy distinta que la de escuchar a un humano, con la sensación incómoda de estar presenciando algo personal incluida.

La sorpresa fue cuando descubrió que los causantes del escándalo no eran más que el Tutor Mizjel, quien les había recibido el primer día, y el vizcaudillo, un alto mando militar que los había acompañado durante los momentos previos al banquete de bienvenida. El tutor, algo más bajo y mucho más anciano que su compañero, estaba en un estado de alteración que contrastaba con la actitud del otro, fría y calmada.

Tanto Shasmel como el auxiliar se inquietaron en cuanto los identificaron, y apretaron el paso, intentando distraer a Fran para que no les prestara atención, pero era imposible. Alcanzó a entender que el tutor estaba enfadado porque no se le había informado de una actividad que los militares habían preparados para una festividad próxima, un cargamento escondido en la «ciudad muerta» y varias infracciones al protocolo de seguridad de la Lirdem.

Al ver que la conversación no iba a finalizar en un futuro cercano, Metalurgar se apresuró a cancelar el resto de la visita con una excusa muy pobre, y Fran se encontró de pronto en el exterior, caminando hacia las puertas donde le esperaba el criado que los había llevado hasta ahí.

Shasmel intentaba distraerle con comentarios sobre la diferencia de temperatura dentro y fuera de las instalaciones, pero no sirvió de nada.

—¿Qué es eso de la ciudad muerta?

Shasmel lo miró desconcertado, pero al segundo la comprensión se reflejó en su rostro. Al verle aliviado, Fran supo que acababa de preguntar por lo que menos le preocupaba de todo lo que acababa de oír.

—La Lirdem está planteada como una doble ciudad. En la parte superior, donde nosotros estamos, se encuentran los edificios destinados a los encuentros con otras naciones; en la parte inferior estaban los motores y la zona de los trabajadores. En su momento la Lirdem fue una estación muy bulliciosa. Nunca dormía. Los pasillos estaban llenos de dignatarios, extranjeros, comerciantes y nobles en busca de buenas relaciones, y traer la energía y los útiles necesarios del día a día de otras partes de la galaxia era muy costoso, por ello existía la ciudad baja. Pero, como comprenderá, ahora sería más costoso tener esa sección abierta, con tan pocos que somos aquí arriba, que dejarla como está, muerta.

Fran siguió haciendo preguntas, intentando dar con aquello que tanto había inquietado a Shasmel y a Metalurgar, pero o bien no había escuchado la palabra apropiada, o bien Shasmel era bueno inventando historias.

Sólo cuando llegó a la embajada, cansado pero deseoso de encontrarse con el capitán para informarle de todo lo que había descubierto, se dio cuenta de que no había llegado a escuchar los secretos que guardaban las paredes del complejo militar. Shawn Panfil iba a poner el grito en el cielo cuando se enterara.

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Un comentario en “Sangre Azul 10: Entre soldados

  1. ¿Por qué actualizaste solo en amor-yaoi? Me llegan alertas solo de aquí! Por suerte revise en tu cuenta y encontré el capítulo 11. No comentare las partes que me gustaron para no adelantar a los que aun no leen, pero te diré que me gusta, va retomando la trama de la versión 1.0 😉

    Otra cosa…¡No sabia que eras fans del sterek! Leí lo que subiste en ¿Facebook? y concuerdo con lo que dices, aunque me voy al extremo en decir que en mi opino, el supuesto protagonista estorba más que suma y que stiles se roba el protagonismo cada vez que aparece, como Loki en avengers (aunque mas en Thor) xd, son personajes tan complejos emocionalmente que nos permiten reflejarnos en ellos y quererlos.

    Espero con ganas otro capítulo!

    Saludos

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