Sangre Azul 08: La sangre del pasado

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Capítulo 8

La sangre del pasado

 

Con cuidado giró el anillo entre sus dedos, apenas rozando el aro plateado, como si tuviera miedo de borrar con sus huellas las partículas humanas que lo cubrían. No lo podía ver pero sabía que estaba ahí, el tacto de la dama; un recuerdo cálido del contacto de su mano contra la piel caliente de la mujer. Dejó caer la cabeza hacia la derecha, agotado, y soltó la joya sobre el escritorio. Llevaba desde las gracias nocturnas sentado en la misma silla sin conseguir concentrarse. Le había prometido a la señorita Cortés una presentación, sintiéndose como un solícito caballero rescatando a su dama de una muerte por inanición, pero ni siquiera había terminado de hacer el esquema.

Con un gemido, suplicándole piedad al Metalurgo, se estiró sobre la mesa y pegó la nariz a la superficie. Sus ojos podían intuir las últimas palabras escritas en la pantalla que flotaba delante de él. «Crema de masgina». Antes relacionaba el postre con las fiestas de verano y los juegos de su niñez en el gineceo. Recordaba robarles los pasteles a las mujeres y esconderse entre los cojines del lecho conyugal, sabiendo que era el último lugar donde lo buscarían. El sabor del dulce le traía a la mente el estallido de adrenalina, el bombeo apresurado de sus corazones y las risas de felicidad cuando su padre lo alzaba y le mordía la barriga, amenazando con recuperar lo que le había robado a sus esposas. Pero ahora…

Volvió a gemir mientras su vientre se retorcía con nerviosismo. Ahora comprendía a sus hermanos cuando paseaban tristes bajo las arcadas del patio, jurando que morirían de dolor si no conseguían una prenda de afecto de sus amadas.

Sabía que sólo era un capricho, que estaba fascinado por el atractivo y la personalidad de la dama Cortés, pero esperaba que el sentimiento se suavizara pronto y desapareciera antes de que le hiciera cometer una indiscreción en sociedad. Shasmel era joven, su familia no tenía dinero ni influencias importantes, y no heredaría el condado. No necesitaba más pistas para saber que si los embajadores humanos pretendían casar a la señorita Cortés con un narsiano, él no estaría entre los candidatos. Algún anciano rico, hermano de algún príncipe, la tendría en unos meses en su bonito gineceo, dejándola olvidada para que entretuviera al resto de sus jóvenes esposas y cuidara de sus hijos.

Le dio un golpecito con la uña al anillo, escuchando cómo repicaba.

No se trataba de la hija de un granjero a la que pudiera cortejar y, si le exigían compensaciones por un agravio fruto de un arrebato de pasión, tomar por esposa. Si alguien siquiera sospechara que había algo más que cortesía en su trato, podría causar un conflicto intergaláctico. Los humanos no podrían ver con buenos ojos que un segundón de una familia sin importancia de la nobleza rural insultara a una de las agraciadas damas que con tan buenas intenciones habían enviado a ese primer contacto político. El padre de una mujer tan bien educada y con tanta seguridad en sí misma, si no era uno de los embajadores debía ser un ministro del líder de los humanos, o un príncipe poderoso.

Suspiró largo y profundo y decidió que no podía seguir regodeándose en su miseria. Cosas peores que un amor imposible ocurrían en la vida. Una semana después de abandonar la estación espacial se olvidaría del color de los ojos de la doncella —ese misterioso y antinatural castaño que realzaba la firmeza de sus pómulos—, y un mes más tarde no recordaría ni su nombre —sonoro y corto, como un latigazo que restallaba en sus oídos, y seguido por un nombre de familia que, sin duda, homenajeaba la cortesía de sus ilustres antepasados—. Quedaría como el recuerdo hermoso de un amor adolescente, uno de esos amores que nunca tuvo y que se había tomado su tiempo para llegar, justo en el peor momento.

La buena noticia era que le gustaban las mujeres. Sus noches de desvelo, aterrorizado ante la perspectiva de que no fuera así, habían acabado.

Acercándose a la ventana, se detuvo a contemplar las gracias ondeando en el cielo artificial. La temperatura descendía poco a poco, haciéndose cada vez más agradable, mientras las cintas luminosas jugueteaban entre ellas y se difuminaban en la oscuridad. La noche caía y los embajadores humanos debían seguir reunidos aún.

Se preguntó a qué dedicarían su tiempo las mujeres en el edificio diplomático. No se imaginaba a la señorita Cortés cantando en coro junto a sus compañeras, o haciendo alfarería. Quizás bailara. Su cuerpo parecía perfecto para una danza rápida, violenta, llena de golpes furiosos y sudor deslizándose por su frente. Se la imaginaba participando en las Metalurgiales, al sonido del tambor, con sus músculos contorsionándose frenéticamente bajo el éxtasis religioso.

¿La mujer sería capaz de aceptar a sus dioses? A Shasmel no le molestaría conocer a los suyos. Si la tuviera en su gineceo le permitiría tener un altar para las deidades de la Tierra. Incluso dejaría que sus hijos les rindieran culto. Era lo correcto. Era mejor tener a todos los dioses felices, y no podía despreciar a aquellos que habían cuidado de la dama durante toda su vida antes de llegar a Yldium.

Sonrió al recordar su rostro mientras se ofrecía para ayudarlo a crear la presentación gastronómica. No la imaginaba como la típica esposa secundaria, acostumbrada a jugar con sus amigas en el patio del gineceo y esperar a que su marido regresara de sus largos viajes diplomáticos. Era una mujer inteligente, algo que se podía apreciar con facilidad no tanto por lo que decía, o cómo lo decía, como por lo que callaba. Tenía dotes políticas innatas.

Shasmel aún se sorprendía al recordar la facilidad con la que lo mantuvo engañado casi todo el paseo, haciéndole creer que era tan aficionado a las maravillas de la flora yldiana como él. Se mostró interesada en cada flor que le mostraba, haciendo las preguntas correctas y riéndole cada comentario ingenioso. Cuando vio la bastea, enmudeció, como es normal, pero no pareció asqueada. Por el contrario su curiosidad parecía casi tan grande como su fascinación. Si la cita hubiera acabado en ese momento, Shasmel se habría marchado jurando que la dama Cortés era una gran aficionada a la botánica.

Comprendió que no era el caso cuando comenzó a cuestionarle sobre la flora terricola. Fran Cortés le habló de una forma muy general sobre las plantas, y luego la conversación decayó sin que ella pudiera aportar mayores datos. No conocía especies curiosas, no estaba muy segura de cuáles eran los ciclos de floración de la única planta que había cuidado personalmente —algo llamado cactus y que había sido un obsequio de sus damas de compañía cuando recibió el título de teniente— y si hubiera que guiarse por sus indicaciones, en la tierra sólo existirían cuatro especies vegetales: las «rosas», los «árboles», las «palmeras» y «los arbustos y esas otras cosas que hay en las floristerías de la Tierra».

Cuando le preguntó cómo se comían esas cosas, el rostro de la señorita Cortés se paralizó en el acto, y seguidamente añadió una larga lista de plantas que eran comestibles pero «no florecen ni tienen flores bonitas, así que no se pueden tener así, como aquí, en un jardín para decorar». Shasmel dudaba seriamente de que eso fuera cierto, pero podía ser que los humanos no supieran apreciar la belleza en las cosas menos coloridas.

Al final la dama Cortés había salvado la situación diciéndole que no se le permitía dar información detallada sobre la tierra y que dichos datos debía solicitárselo a un superior. Sus palabras formales habían sido tan firmes y dadas con tal facilidad para ejercer la autoridad que Shasmel había tenido que hacer esfuerzos para no reír. No lo habría hecho por burla, sino por admiración.

Era evidente que una mujer como ella necesitaba una vida repleta de viajes y nuevos descubrimientos. Sería la feliz esposa de un explorador mercantil, o incluso, por despectiva que pudiera parecer una idea así, de algún militar de alto rango, pero una vida como la décima o undécima mujer de un anciano agotado no era algo que mereciera. Moriría de desesperación antes de que acabara el segundo ciclo. Ni siquiera estaba seguro de que él, como dignatario de segundo orden que seguramente viviera el resto de su vida en el condado de su padre, esperando poder hacer méritos con el príncipe para volver a salir del planeta, satisficiera a una mujer como Fran Cortés.

Los últimos rayos de luz parpadearon fugazmente para luego difuminarse en la noche. Shasmel cerró la ventana. La vida de casada de la dama no era de su incumbencia, se recordó, y a él le convenía más terminar su proyecto para conseguir verse cara a cara con los embajadores, especialmente tras las noticias de esa tarde.

El tutor Mizjel había pasado una nota interna a todos los circumos de los enviados, comunicándoles que los embajadores no tendrían recepciones ese día. La versión oficial era que estaban aún agotados tras el largo viaje y preferían pensar en la tranquilidad de la embajada, pero Susno tenía contactos en la organización y sabía que los humanos habían pedido encontrarse con los representantes del Rey Supremo, exclusivamente.

Si la voz se corriera podía reinar el caos en la estación espacial. Nadie se creería que todos los embajadores se habían negado a verlos, que todos los laetos habían fracasado durante el banquete. No faltarían las acusaciones de traición y de entorpecimiento a los derechos esenciales de diplomacia. La presión sobre los cinco delegados de su Ilustrísima sería asfixiante. Él mismo estaría en ese momento furioso, igual que lo estaba Susno, de no ser porque había hablado con la señorita Cortés.

La humana no se había referido en ningún momento a lo ocurrido durante la recepción, pero habían tenido tiempo suficiente como para hablar de esos aspectos en los que sus culturas chocaban, más allá de las etiquetas de vestimenta y las diferencias que tenían sobre si se debía o no ofrecer la mano a una joven que no pertenecía al gineceo de uno. No podía estar seguro de hasta qué punto los embajadores se habían sentido agraviados con sus maneras durante la cena, pero no tenía dudas de que había ocurrido. No había más motivos para que repentinamente, de la noche a la mañana, anunciaran que no deseaban verse con ningún narsiano que no fuera un enviado del Rey Supremo.

Después de la noticia, Shasmel se había tomado su tiempo para meditar sobre la mejor forma de actuar. Estaba en una situación muy delicada. Aparte de los representantes del Rey Surpremo no había ningún otro noble en la Lirden que tuviera contacto con los humanos, excepto él. En ese momento los mansu de cada cuadrante se debían estar reuniendo y murmurando en su contra. Evidentemente no tardarían en llegar a la conclusión de que él era tanto una posible ayuda como un estorbo que debían apartar para llegar hasta la amigable señorita Cortés. Si eran un poco sensatos y tenían la oportunidad de hablar con ella, comprenderían que no se trataba de una persona que extendiera su confianza con facilidad. Ni siquiera Shasmel estaba seguro de tener el favor sincero de la humana. Y si eran aún más inteligentes se darían cuenta de que el camino más rápido para alcanzar sus objetivos era obligando a Shasmel a hacerlo por ellos.

En esa situación, lo más juicioso por su parte era valerse del apoyo de su mansu para protegerse, pero los nobles de Persei no le ayudarían por el simple hecho de que estuvieran en el mismo grupo. Toda colaboración debía ser comprada, y alguna sería muy cara.

Seguramente los primeros ataques contra él serían el descrédito y alguna que otra humillación pública. Alguien se acercaría mientras charlaba con la dama Cortés, en su próxima cita, y fingiendo un comentario casual le haría saber que la familia de Shasmel ni siquiera le había alquilado los servicios de un criado para un encuentro tan importante como ese. Otros menos nobles podrían hacer correr rumores de que había deshonrado a alguna mujer en su planeta y negado a cumplir con su deber, o asegurar que las notas de su examen en el templo de Esquirla habían sido amañadas. Cualquier cosa valdría, y en esos casos sólo podría contar con su mansu para que respaldaran su honor con su palabra o, incluso, le prestaran ropas y criados ocasionalmente para poder apartar cualquier sospecha de mediocridad sobre él.

Bajó la mirada y observó el anillo entre sus dedos. Seguía caliente. La temperatura en su aro oscilaba lentamente, subiendo y bajando con lentitud, enviándole un mensaje de calma. Dentro de su esfera, escrita con la antigua caligrafía secreta de los esclavos de Pergán, se podía leer el lema de su casa, el mismo que había brillado en las lanzas de conquista de los Hermanos Sangrientos: «Paciencia, hijo de Narsis. Tu dolor es la madre de tu gloria; tu serenidad, el padre de tu victoria».

Su preocupación más directa en ese momento era conseguir ser recibido por los embajadores, y para ello debía hacer ese informe culinario. Más tarde se preocuparía de la competencia y los problemas que su amistad con la dama humana causaran. Pasara lo que pasara, la mujer era una aliada demasiado valiosa como para prescindir de ella.

Con ese pensamiento en mente, volvió a sentarse frente al programador y lanzó una ojeada rápida a lo que llevaba escrito. Lo mejor sería dividir la comida en un par de grupos generales. A un lado líquido y al otro sólido. Luego, dentro de estos, los proteinúricos, glúcidos, errosos y vitamínicos. Después según textura. O quizás mejor según su sabor. No estaba seguro de qué era más importante para los humanos. Finalmente se decidió por lo segundo: Ácidos, salados, picantes, dulces, acerados, agrios, nasicos… La lista era larga.

Cuando iba por la mitad se planteó si las papilas gustativas de los humanos no serían diferentes. De ser así podían percibir de una forma totalmente distinta los sabores y creerían que su informe no servía de nada. Gruñó, se dio unos golpecitos impacientes en la frente con el sello de su casa y lo borró todo de nuevo. Lo dividiría por las horas del día en las que solían servirse los platos, así podrían recurrir a la guía según si estaban tomando el desayuno, el almuerzo, la comida, la merienda o la cena.

Mientras escribía, jugó inconscientemente con el linguador entre los dientes. Era una mala costumbre que se le había quedado de su invierno en Dulia. Había sido su época rebelde, escapándose por las tardes de la villa de recreo de su tío y juntándose con las malas compañías. En ese tiempo había creído que la actitud irreverente de los muchachos era atractiva. Los observaba a escondidas, fascinado por el valor que tenían, jugueteando con las lenguas como si no fueran conscientes de lo que hacían.

Había un chico en concreto, Lilgel, que lo había adoptado como a un hermano pequeño. No le importaba ni su apellido ni su educación. Lo trataba como uno más de los suyos, y Shasmel bebía cada palabra de sus labios como si fuera la voz del propio Metalurgo.

Lilgel lo convenció para que le dejara ponerle el linguador. Había accedido sintiendo un interés insano por mantener un contacto tan íntimo. Sus padres iban a comprarle uno en cuanto llegara el verano. Ya tenían elegida la clínica donde se lo colocarían, la misma a la que habían ido sus hermanos y primos, pero él prefirió estar despierto, sentir los dedos de Lilgel introduciéndose en su boca, saborear la piel curtida del muchacho y dejar que éste gruñera sobre él. Lo había notado presionando en su interior, las rodillas hincadas sobre sus muslos, el cuerpo tenso por el esfuerzo. Mientras la sangre corría, el dolor le llevaba a un lugar ajeno a la razón y la moral, y deseó que Lilgel, el audaz Lilgel, se inclinara sobre su frente y le rozara con sus labios.

Después de aquello no volvió a verlo. Regresó a la villa llorando y avergonzado de sí mismo. No le contó nada a su padre. Él tampoco preguntó. Cuando vio lo que había hecho, lo miró con frialdad y permaneció hasta el final del invierno sin permitir que se le acercara. Luego, en el viaje de regreso a Pergán, le comunicó que le dirían a todo el mundo que habían acudido a una clínica de Zerna, y cuando Shasmel aceptó fue como si la historia se hubiera reescrito y todo lo que ocurrió en Dulia se hubiera quedado en Dulia.

Lo único que se llevó consigo fue el linguador y ese gesto que se descubrió imitando meses más tarde. El mismo gesto que hacía Lilgel cuando estaban solos, fingiendo que no notaba los ojos avergonzados de Shasmel fijos en su lengua. Atento a cada curva, cada repliegue, cada roce inocente contra los labios, y preguntándose cómo sería el tacto, cómo sabría la lengua de Lilgel contra la suya.

Su familia nunca supo quién se lo había hecho y él nunca confesó que había sido un muchacho. Dudaba que en ese caso hubieran podido perdonarlo. La idea de que su hijo pequeño hubiera sido corrompido por una mujer indecente era más tranquilizadora para ellos.

*       *        *        *

A la mañana siguiente se levantó mucho antes de las primeras gracias para continuar con su trabajo.

Como cada día, se tomó su tiempo en el ritual del aseo, pero en esta ocasión se aseguró de evitar cualquier aceite oloroso y los afeites que aportaban brillo a su piel. Su intención era tener el aspecto más alejado posible a un noble de Yldium y en eso le ayudó la simpleza de su vestuario.

Por lo normal, siempre que acudía a reuniones sociales tenía dificultades para usar varias veces a la semana las mismas prendas y complementos sin que eso fuera notorio. En este caso no tuvo que preocuparse en absoluto, ni por el vestuario ni por el peinado y aún menos por las joyas. Con movimientos relajados se puso el chaleco y la faldilla negra antes de mirarse al espejo para evaluarse.

Los criados anunciaban a quién servían con su librea, pero su peinado también señalaba su rango y oficio, y él en ese momento podía ser identificado como un paje de sangre.

 Los dedos de Shasmel habían hecho la conocida trenza de cuatro cabos desde que tenían edad para sostener cosas entre sus manos. No era una habilidad digna del hijo de un conde, y si sabía hacerlo había sido más por la negligencia de Madre Lailia, quien al ser hija de militares desconocía la forma de educar a un noble, que por un acto intencionado. Aquel suceso, junto a otros errores de la mujer, habían obligado al padre de Shasmel a enviar a la joven a una de sus casas en un emporio en el que tenía participaciones, en el sistema Gola, y no accedió a dejarla regresar a la casa principal hasta que no renunciara a sus malas costumbres. Sin embargo Shasmel había aprendido mucho más de lo que le convendría confesar jamás.

Cuando salió de su habitación sintió una palpitación de miedo sobrecogiéndole el pecho. No le hizo caso.

Se estaba arriesgando mucho para conseguir una información poco importante en líneas generales, pero indispensable para llegar a los embajadores. Si alguien lo reconocía vestido como estaba, dirigiéndose personalmente a hacer un trabajo que debía haberle encomendado a un criado fiel, su reputación quedaría gravemente empañada y sería el hazmerreír de todas las casas nobles de Yldium. Se arriesgaba mucho, pero estaba demasiado seguro de que ningún noble miraría dos veces a un sirviente de librea negra y cuello blanco. Su único temor era ser reconocido por algún criado, pero en ese aspecto confiaba en las palabras de su tío.

—Estos hombres dependen en exceso de la información que les da sus circumos sobre nosotros —le había dicho en una ocasión—. Si algo le ocurriera a la base de datos central, se volverían absolutamente ciegos. Cada sonrisa que nos dedican, cada gesto en deferencia a nuestros logros recientes y el prestigio de nuestros antepasados es debida a la información que le solicitan al circumo en el mismo momento en el que distinguen las señas de la nobleza a lo lejos. Si todos los hombres de esta villa fueran desnudados y rapados, y no se le permitiera ningún tatuaje de dignidad o maquillaje que resalte su cargo, verías que los criados ni siquiera los mirarían dos veces antes de continuar con sus funciones. Es ahí donde siempre me he destacado yo, en donde se asientan mis victorias: En la casa del mismo príncipe, cuando nuestro amado Distel Sueñoplácido no era más que un rostro desconocido entre decenas de posibles sucesores en el gineceo real, sus siervos distinguían mi nombre antes de distinguir mis ropas, porque yo conocía sus nombres y los había tratado con bondad. Ahí es donde tienes que destacarte también tú. Cuando tengas los criados de un hombre, tendrás sus secretos, y cuando tengas sus secretos, lo tendrás a él.

Al benigno Melio no le faltaba razón en sus palabras, pero de estas también se podía sacar otra interpretación. Siempre y cuando Shasmel anduviera por los pasillos de la Lirdem sin las ropas características de la nobleza de Pergán, su anonimato estaría asegurado.

Antes de salir de pasillo pasó por una de las salas de personal, sabiendo que estaría vacía. Las primeras horas del día eran las más atareadas para el servicio y no tomarían su primera comida hasta después de que los señores estuvieran sentados y satisfechos en la cámara de placer. Revisó los armarios y se hizo con un par de guantes transparentes y las almohadillas para tacones que los criados usaban para amortiguar sus pasos y no hacerse notar.

Deslizó la mano por la pared cercana a la puerta, muy consciente de que los criados siempre escondían algo de comida en el compartimento de seguridad que había ahí. Se suponía que el cajón secreto oculto en la pared servía para guardar las estatuas de los dioses, una vieja tradición que hacía referencia a los siglos de opresión hirge, cuando los cultos estaban prohibidos. Sin embargo ahora los dioses eran visibles en cada columna y mueble, y lo único que escondían los criados eran los dulces que conseguían apartar cuando recogían la mesa. Salió de la cámara con una pieza de mapil, una fruta pequeña pero muy dulce.

Alcanzó a ver la sombra de un criado tras el recodo del pasillo y contuvo la respiración un segundo, repitiendo para sí el lema de su casa.

«Paciencia, Hijo de Narsis».

Agudizó el oído, alcanzando a sentir la vibración amortiguada de los pasos de un sirviente, y dejó escapar el aire lentamente.

«Tu dolor es la madre de tu gloria».

La figura de un hombre de hombros anchos apareció frente a él. La coleta con múltiples trenzas que se apretaba sobre su oreja izquierda lo señalaba como criado público, a las órdenes de cualquiera y especializado en las tareas más indignas. No sonreía. Por el contrario su mueca era seria y sus cejas estaban fruncidas. Parecía concentrado en odiar su trabajo, el cual a esas horas de la mañana podría ser limpiar los servicios o algo peor.

Sus miradas coincidieron un segundo y el desconcierto se reflejó en el rostro del criado. Alzó la mano derecha, dirigiéndola hacia el pecho, y la sangre se heló en las venas de Shasmel.

«Tu serenidad, el padre de tu victoria».

—¿Qué hace aquí? —Gruñó Shasmel, haciendo que el otro se congelara en el acto—. ¿Acaso no sabe que este es el pasillo individual? Los serrallos tienen prioridad de limpieza.

Adelantó el puño cerrado, mostrándole la muñeca cubierta por los guantes transparentes en un gesto que había visto innumerables veces en Madre Lailia. Todo aquel que había sido educado bajo el régimen militar llevaba su chip organizador en el brazo derecho.

—Vengo de los serrallos—respondió el sirviente, incómodo—. Con este pasillo termino mi ronda. Sólamente me falta la habitación de un laeto que no tiene servidumbre.

—Pues ve rápido. No te quedes aquí parado.

El hombre obedeció, apartando la mirada para ocultar su indignación. A los de su oficio no le caían bien los pajes de sangre porque tenían fama de ser los más orgullosos, incluso más que los lacayos bélicos, y Shasmel se había esforzado en hacer honor a su fama.

Las cocinas estaban en el entresuelo de la estación espacial, justo encima del depósito de agua y junto a las salas de almacenaje. La Lirdem era una estación antigua y su distribución y tecnología se había quedado poco a poco atrasada, pero había ido reformada ante el inminente encuentro con los emisarios humanos. Con tantas prisas, los ingenieros sólo se habían asegurado de que el contraste entre el viejo diseño y los nuevos añadidos no fuera visible a partir de los primeros pisos, y el entresuelo se había convertido en un desalentador escenario de tubos entrecruzados y cables tapizando paredes y techos.

No le sorprendió demasiado. Sabía que entre las nuevas comodidades estaba el transporte mecánico de la comida a un dispensador que había en doscientos puntos de la estación, para asegurarse de que llegara rápido y caliente a las salas del personal. Eso obligaba a distribuir un número cuantioso de conductos que tenían que pasar por alguna parte, y el entresuelo había sido la única opción.

Por el camino se encontró con hombres cansados y apurados, trabajando eficientemente y sin apenas dirigirle una mirada. Como había esperado, daban por supuesto que era un siervo militar y ni siquiera se molestaban en fingir que se sentían inmensamente felices de poder hacer su vida más cómoda.

Identificó al administrador de cocina con facilidad. Estaba de pie sobre unas cajas de madera, intentando ver sobre sus subordinados algo que ocurría al final del pasillo, y apretaba contra su pecho una tableta virtual. Shasmel se dirigió a él sin ningún formalismo, valiéndose de un lenguaje rápido y seco y dejando caer algún que otro verbo con terminación asjsta audaz como por error.

El administrador sólo le prestaba la mitad de su atención, pero asentía a cada frase y cuando Shasmel terminó de enumerar la información que necesitaba, le señaló a una puerta a pocos metros en la pared que había tras ellos.

—Entra y pregúntale tú mismo al jefe de cocinas, pero asegúrate de ponerte el traje higiénico y, especialmente, la rejilla capilar —Los ojos del administrador se dirigieron al cabello de Shasmel antes de hacer una mueca de desdén y aceptar un archivo de datos que le tendía un ayudante—. Lo último que necesitamos es que nuestros huéspedes encuentren restos de cabello fulcia en sus platos.

Ignorando el insulto velado en sus palabras, Shasmel le dedicó una rígida inclinación de cabeza y se dirigió hacia donde le habían indicado.

El fulcia nunca había sido un color de cabello apreciado entre los altos estratos sociales de Yldium, pero era muy consciente que entre los plebeyos esa distinción era aún más acusada, y el hecho de que la mayoría de oficios deshonestos estuvieran esencialmente poblados por gente con su apariencia, no ayudaba a que se les viera con mejores ojos. Shasmel con frecuencia se reía de esos prejuicios físicos, sabiendo de dónde venían y dándole la importancia que merecían: ninguna. En casos como este sentía aún más lo ridículo del asunto. Ese administrador se habría lanzado al suelo llorando de consternación si supiera a quién acababa de hablarle de esa forma, y ahí radicaba la gracia de la hipocresía.

El jefe de cocinas era un narsiano bajo, más incluso que Shasmel, y aunque era evidente que había recibido los habituales retoques de edad, la piel bajo su barbilla era flácida, rebelando que debía haber superado hacía mucho el medio siglo. Quizás estuviera rozando los setenta pero se movía con agilidad entre las mesas de oxidón y demostraba una gran capacidad para hablar mientras realizaba los controles olfativos de rigor y dirigía a cada jefe de labores. Se mostró sorprendentemente amable para tratarse de una persona tan ocupada y tras la tercera frase sonriente que le dedicó, Shasmel comprendió que amaba su oficio. Eso le convenía. Los hombres que disfrutaban con lo que hacían eran las más amistosas fuentes de información, siempre deseando inculcar sus conocimientos en los que lo rodeaban.

Cuando se acabaron las preguntas, guardó el borrador de audio con las notas que había tomado y lo envió a la base virtual de su programador. Al salir volvió a ver al administrador y sólo se detuvo una milésima de segundo para hacerle un gesto con la cabeza, agradeciéndole su colaboración con una sonrisa irónica. El hombre miró hacia otra parte, evidentemente irritado, y continuó poniendo orden entre las filas de criados que entraban y salían por las múltiples puertas del pasillo.

En vez de dirigirse hacia los jardines centrales, desde donde había entrado, Shasmel decidió que lo más prudente era continuar callejeando por el subsuelo hasta dar con la salida de servicio que le llevara lo más cerca posible de sus habitaciones. No quería encontrarse con algún compañero que se llegara tarde al desayuno.

 Mientras giraba en una de las esquinas, buscando señas visuales que le indicaran a qué altura de la Lirdem estaba, una sombra tras él le puso sobre aviso. Sin necesidad de mirar, reconoció el paso ligero de un criado y se dio cuenta de que este le estaba acompañando a pocos metros de distancia. El descubrimiento lo asustó. Los criados sólo actuaban así cuando estaban ante un superior. El hombre que estaba tras él, por tanto, lo había reconocido, y quería que lo notara.

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2 comentarios en “Sangre Azul 08: La sangre del pasado

  1. buen capitulo! 🙂 .. me pregunto que pensara Shasmel cuando descubra que la dama es varón xD ya quiero que llegue ese momento 😀 . ah! yo creo que el sirviente que lo sigue debe ser al que ayudo a que no lo despidan en un capitulo anterior!!! sera o no?? ya quiero saber! asi que estare atenta al prox. capitulo :3 … amo tu historia 🙂

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    • Gracias.
      Pobre Shasmel. No seas cruel. Deja que siga fantaseando con que es hetero. (Vale, no, espera, creo que la cruel soy yo, por tenerlo engañado de esa forma).
      No te voy a responder a lo del sirviente, pero… uff, ganas que tengo. Tu lee el siguiente capítulo, que lo acabo de contar, y verás. Es que sino te voy a soltar un spoiler, que tengo ganas de ponerme a hablar al respecto y… pff.
      Muchas gracias por el comentario. Me alegra mucho saber que Sangre azul está gustando a la gente 😀

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