Sangre Azul 07: El invernadero

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Capítulo 7

El invernadero

 

Según le había explicado el tutor a los embajadores, el tiempo en la Lirdem se regían por lo que ellos llamaban el séptimo ciclo. Los días disponían de veinte horas, y no de veinticuatro; la mitad nocturnas y la otra mitad diurnas, y entre ambas estaban las llamadas «horas de gracia». El yldiano les había recomendado encarecidamente que madrugaran o trasnocharan en alguna ocasión para poder disfrutar de lo que definió como el don de los dioses, un espectáculo lumínico que se representaba en el cielo de la estación espacial.

Ese afán por recrear las condiciones de uno de sus planetas —Fran no sabía cuál, pero suponía que sería para los yldianos lo mismo que la Tierra para los terrícolas—, no se limitaba a los horarios. La temperatura subía y bajaba según el momento del día, y un sol falso se desplazaba por el lejano techo para que cada estatua y arbusto arrojara su correspondiente sombra. Los técnicos de la Orsa-gaas estaban fascinados por tal derroche innecesario de recursos. Los embajadores, en cambio, estaban asustados. El poderío de Yldium quedaba patente allá donde miraran.

La cena secreta había durado hasta bien entrada la noche. Fran se había acostado excitado por los sucesos del día, con la mente llena de extraños rostros azules, complicada cortesía y teorías descabelladas sobre lo que sería su nueva rutina en la Lirdem.

Aunque no quería meditar mucho sobre ello, le emocionaba la idea de que le invitaran a visitar las instalaciones bélicas de la estación. Estaba seguro de que cualquier instrumento de esa sorprendente raza sería tan curioso estéticamente como útil. También, la perspectiva de descubrir unas técnicas de entrenamiento distintas a la de los hirge le mantenía intrigado.

Le había sido imposible sacar ninguna conclusión sobre las capacidades de los soldados, pero en el poco tiempo que pasó con ellos comprendió que ningún ejército de la tierra le podía hacer sombra en lo referido a obediencia y silencio. Excepto por una o dos frases cortas para avisarle de que estaban a su servicio, su comportamiento no había sido muy distinto al de una estatua, especialmente en lo referido a sus gestos faciales. El resto de los yldianos, los cuales debían ser nobles o gente de especial importancia por su forma de comportarse, pasaba frente a ellos sin prestarle la menor atención o incluso haciendo ademanes de desdén, como si su presencia los irritara.

A pesar de la efervescente actividad en su cabeza, desarrollando un pensamiento tras otro, entre los que estaba el deber de devolver cierto anillo, terminó cayendo dormido con la facilidad de siempre, y siete horas más tarde, treinta segundos antes de que la discreta alarma de su reloj sonara, abrió los ojos.

Frente a él, entre las cortinas que ondeaban suavemente bajo la brisa cálida, el sol arrojaba sus primeros rayos. Su primera reacción fue estirarse y decirse que él era una persona simple, de poca sensibilidad artística y con placeres más terrenales, como oler un buen café después de una ducha caliente, y que a él los amaneceres le causaban el mismo efecto que los museos: somnolencia. Sin embargo, mientras bostezaba, sus vista se quedó atrapada ante la hipnótica escena de los haces de luz brillante ondeando bajo un fondo aún oscuro.

Salió de la cama con lentitud, haciendo ejercicios para calentar los músculos de hombros y cintura, antes de asomarse al balcón y disfrutar de unos tranquilos diez minutos de contemplación. Nunca había visto una aurora boreal pero sabía lo que era e intuía que «las gracias» era la versión de ésta en Yldium. En el cielo las luces bailaban como un pentagrama lumínico, fundiéndose los rojos con los azules y creando morados, verdes y amarillos. El aire a su alrededor estaba cuajado de motas plateadas que flotaban a merced de una brisa cálida y los haces rojos jugueteaban sobre su piel, haciéndole entrar en calor con sólo rozarlo.

 Cuando fue consciente de lo ridículo que debía verse un hombre con el feo pijama reglamentario —de cuerpo completo—, ensimismado observando el infinito, decidió ponerse el chándal de deporte y salir a hacer sus ejercicios matutinos. Llevaba demasiadas semanas atrapado en la Orsa-gaas, que si bien era una nave grande, no lo suficiente como para poder hacer distintas rutas de entrenamiento. La Lirdem en cambio le estaba ofreciendo en ese momento un jardín floral a cielo descubierto, por muy artificial que fuera. Era demasiado tentador como para resistirse.

Al salir al corredor que daba al patio interior, descubrió a un grupo de hombres susurrando acaloradamente entre sí. Los conocía muy bien. Eran los mismos que solía ver en los pasillos de la Orsa cada mañana, sudando y corriendo con toallas de deporte al hombro. Mientras bajaba la escalera intuyó qué había pasado y maldijo mil veces, rogando por estar equivocado.

—¿Algún problema, señores? —preguntó cuando estuvo a unos metros.

Los soldados lo habían visto venir y algunos habían guardado silencio. Otros habían seguido mascullando, observándole con atención y señalándolo discretamente, como Ivanovich. Fue éste el que se adelantó para responderle.

—Nos han prohibido salir de la embajada, Teniente. Ni siquiera nos permiten correr en el laberinto.

Fran puso cara de incredulidad, más por el hecho de que sus hombres estuvieran tan desesperados por algo de ejercicio como para proponer la descabellada idea de correr en un laberinto, un ingenio diseñado expresamente para perder a la gente, que por la negativa de los yldianos a dejarles salir.

—¿Cómo de grande es la embajada?

—No, eso también nos lo han prohibido —atajó Ivanovich—. Los azulianos estos pusieron el grito en el cielo en cuanto el cabo empezó los calentamientos en el pasillo. Cuando les contamos lo que queríamos hacer, parecía que se iban a desmayar del susto. Nos rogaron que regresáramos al «pellarro», o cómo sea que llamen a este lugar, y nos recomendaron que consiguiéramos una autorización de nuestro tutor para poder correr al aire libre.

—No dijeron correr —intervino Perkins con una mueca irónica torciéndole la boca—. Más bien fue algo como “actividad indecente que ningún hombre educado querría realizar a la vista de sus semejantes”.

Su compañero le dio la razón.

—No así, pero esa era la idea

Fran, que comenzaba a sentir el mal humor punzando en la nuca, respiró hondo y decidió tomárselo con filosofía.

—Hablaré con el capitán para que nos consiga esos permisos. Con suerte podremos salir esta noche. Si no, tendremos que aplazarlo hasta mañana. Mientras tanto, infórmense de cómo va el asunto del desayuno; si comemos aquí o en un comedor.

Los soldados asintieron y se retiraron. Aunque no faltó quien resoplara y comenzara a quejarse por la comida alienígena, la mayoría actuó con profesionalidad: Se dirigieron a los dormitorios para ponerse el uniforme y salieron a buscar a los criados.

Él, por su parte, volvió a subir para llamar a la puerta del capitán Kim. Como siempre, tuvo que aporrearla con el puño para que un ligero sonido traspasara el metal pero afortunadamente su superior estaba en ese momento en el escritorio, a poca distancia de la entrada, y lo escuchó.

Kim Su Jong era uno de los pocos superiores que se había ganado el respeto de Fran desde el primer momento en el que se encontraron. El capitán era distante y seco con las personas que no conocía, su compañía incluida. Durante los primeros días tras la selección y creación de la unidad, había sometido a Fran a una de su época de mayor actividad laboral hasta la fecha. Lo había cargado de trabajo burocrático, exigiendo progresos cada hora y negándose a aceptar un «hoy no va a ser posible» por respuesta. Pero mientras Fran llamaba a consulados, clínicas de salud y altos cargos de ejércitos de distintas naciones o cuerpos militares privados para asegurarse de que todos los papeles estaban en orden, su superior no se sentó tras su mesa de oficina a ver las horas pasar. Había trabajado sin descanso, haciendo horas extra y durmiendo en el despacho algunas noches. Fran lo había visto desayunar en la base internacional, con el uniforme tan arreglado como cualquier día, y cenar en el mismo sitio, siempre absorto en los documentos que llevaba con él.

Lo más importante de Kim Su Jong era que toda la dedicación que mostraba con sus tareas no era por las ansias de un ascenso, ni porque su mentalidad asiática le instara a rozar la perfección en todo lo que hiciera, como muchos con prejuicios se empeñaban en creer, sino porque creía en el proyecto en el que trabajaban y se preocupaba por sus hombres (incluso por esos desconocidos a los que no saludaba) como si fueran sus propios hijos. De no haber sido por su intervención, tres de los muchachos no estarían en ese momento con ellos, haciendo el viaje de su vida y colaborando en el suceso político de la década, a la altura del Tratado de Empellón[1].

Con el paso de los días y el trabajo en conjunto había nacido entre el capitán Kim y él una sana relación de inferior-superior en la que no faltaban las palmaditas en la espalda y las secas reprimendas. Fran tenía la impresión de que estas últimas, las reprimendas, eran una prueba clara de que el sentimiento de agrado era correspondido.

El hombre lo escuchó con atención, volviéndose a sentar en el escritorio. En el poco tiempo desde que le habían asignado esa habitación la había personalizado hasta el punto de que uno sentía que volvía a estar en su despacho, allá en la tierra. La mesa estaba oculta bajo las pilas de papeles, los archivos verdes y el material de oficina. Todo estaba tan desordenado como correspondía a un lugar donde hasta el objeto más insignificante recibía un uso excesivo. El capitán era de la vieja generación; seguía disfrutando con hacer las cosas a mano y sólo rellenaba los formularios digitales por obligación.

—Veré con quién hay que hablar para solucionar eso —le dijo al fin, con un cansancio que dejaba claro que llevaba mucho más tiempo que él despierto.

—Entiendo que tengan reparo en dejar que militares armados caminen libremente por la estación—aceptó Fran—, pero si pudiera pedirle que nos marcaran unas zonas permitidas, sería un alivio para las tropas. Piense que llevan demasiado tiempo encerrados. Incluso yo, que estoy habituado a estas condiciones, me estoy comenzando a sentir un poco… bajo de ánimos.

La palabra depresión era tabú. Todo el mundo podía sufrir de eso. Era lo más común en el espacio. Por ello en toda misión había un equipo de psicólogos a bordo y estrictas normas para mantener activos y alegres a los hombres, pero al final siempre había que pasar por la consulta psiquiátrica, superar los eternos exámenes, demostrar que no se tenía dependencia a ninguna pastilla y luchar por poder volver a la rutina de los sanos.

Kim, que odiaba ese asunto tanto como cualquier otro militar, asintió sin mirarlo y garabateó algo en la hoja que tenía delante.

—Le pondremos remedio. No creo que les moleste tener a un par de humanos corriendo por las mañanas en ese enorme jardín que tienen.

—Y si ponen pegas, porque alguno de los chicos insinuó que no vieron con buenos ojos eso de que corriéramos públicamente, siempre podrían cedernos unas horas en las instalaciones deportivas que usen sus soldados. Así podrían tenernos vigilados.

«Y nosotros podríamos saciar nuestra curiosidad», fue lo que no añadió. Sin embargo su superior debía leerle la mente, porque le sonrió como si estuviera al tanto de sus intereses secretos.

Por desgracia para Fran y los suyos, no hubo mucho que pudiera hacerse en lo referido a los entrenamientos. La conversación entre el capitán y un miembro de la administración se produjo durante la comida, en la cámara de placer.

Se suponía que los comensales debía estar más atento a la masa viscosa que se retorcía en sus platos que en lo que hablaban ambos hombres, pero eran el centro de atención de todas las miradas.

Pasados unos eternos minutos de lento y cortés intercambio verbal sin que pareciera llegarse a ningún consenso, el comandante Juhász y dos embajadores con sus respectivos asesores se dirigieron hacia ahí para darle un poco de apoyo a su colega. La tercera compañía no era la única que quería poder salir de la embajada. Incluso aquellos que no formaban parte del cuerpo del ejército estaban deseando poder hacer aunque fuera una visita turística al exterior.

Un rato más tarde y miles de lentos cuchicheos después, los humanos regresaron a la mesa.

—Señores —les habló Noël Descoteaux, el embajador de Islandia—, estamos experimentando algunos problemas con los chips de traducción y parece que hay algún malentendido que por ahora no podemos solucionar. Hemos intentado llegar a un acuerdo pero no comprendemos los motivos por los que se nos niega la salida sólo a algunos de nosotros. Lo único que podemos hacer en este momento es extender un permiso para todo aquel que lo solicite, firmado por los embajadores, y con el cual podrán pasear por el exterior, siempre acompañados por un guía y con un objetivo declarado.

Inmediatamente las mesas prorrumpieron en quejas y bufidos de malestar. Los operarios y los del sector técnico eran los más ruidosos, seguidos muy de cerca por los militares, que aunque no alzaban la voz, eran muchos. Todos guardaron silencio cuando el comandante hizo un expresivo gesto con las manos. Su rostro molesto decía todo lo que no expresaba en voz alta. La mayoría, como niños de preescolar, bajaron la cabeza y se volvieron a concentrar en remover la comida frente a ellos.

Desde que los criados recogieron sus platos hasta que Fran pudo por fin coger su permiso de salida pasaron tres horas.

Para él la mañana ya estaba perdida, y aún le quedaba mucho trabajo que hacer, revisando solicitudes, asegurándose de que la lista de inscripción hubiera pasado por todas partes y conseguir la firma y el sello de los diez embajadores, los cuales tenían más asuntos que atender que dedicar sus horas a supervisar el ocio del resto del mundo. Sólo se iban a conceder cincuenta permisos por día, así que los hombres iban a tener que inscribirse en la lista por adelantado y reunir favores para que sus compañeros les cedieran su lugar. Como era de esperarse, Fran había recibido preferencia por su cargo, porque se llevaba bien con quien tenía que llevarse y porque tenía una excusa: el anillo del yldiano.

Consiguió desembarazarse de la mayor parte del papeleo a las once de la mañana, según su reloj. El brigada Shepherd se mostró muy solícito, insistiendo en que se le diera cualquier cosa en la que pudiera ayudar, y Fran no iba a perder una oportunidad como esa de descargar trabajo. Sabía que el soldado estaba haciendo méritos para ser el siguiente con un permiso de salida, pero no le importó. Él era el menos indicado para censurar su comportamiento.

Una vez en su habitación y preparado para salir con el uniforme de permiso, tuvo un momento de tensión al darse cuenta de que había vuelto a olvidar el nombre del dueño del anillo.

 Tenía en la mano la tarjeta azul —petitorio, lo habían llamado— pero resultaba inútil cuando no podía usarlo. Sólo por orgullo y porque no quería tener a un criado desviviéndose por serle de utilidad, se negó a llamar a uno para que volviera a consultar en su base de datos anclada al pecho.

Se sentó en la cama, inclinado sobre sus rodillas y con el plástico entre los dedos, e intentó negociar con el petitorio.

—Latio de Merna.

No ocurrió nada.

—Latio de Mina.

Nada de nuevo.

—Latio de Minó.

Empezó a impacientarse.

—Latio de Mira. Mirá. Mina. Misa. Mita. Mica. ¡Mierda!

Apretó el petitorio entre sus manos y se levantó, cada vez más molesto. Cerró los ojos. Se masajeó el puente de la nariz y suspiró lentamente en tres tiempos. No iba a perder los estribos por una tontería como esa. Se rio de sí mismo y volvió a mirar la tarjeta.

—Enciéndete, cosa fea, y hazme el favor de trabajar.

Buscó en su bolsillo el anillo y lo agitó frente al objeto, como si fuera un ser inteligente al que se le pudiera regañar por su ineptitud.

—Quiero verme con el estúpido señor azul dueño de esto. ¿Tan difícil es? ¿Eh? ¿Tan difícil?

En el mismo momento en el que dejó de hacer tonterías con la mano, un haz de luz salió del centro del petitorio, atravesando la joya, sus dedos e incidiendo directamente sobre sus ojos. Fran chilló, saltó, lanzó la cosa tan lejos de él como pudo y se llevó la mano a la cadera, sosteniendo el arma.

Escuchó al anillo anillo repiquetear por el suelo y finalmente lo localizó a varios metros de la tarjeta, que seguía encendida. En la pantalla luminosa que se fue formando en el aire, del tamaño de una palma extendida y a cuatro centímetros del petitorio, aparecieron unos símbolos que identificó como los que habían estado en la sala de mando de la Orsa.

Sintiéndose estúpido, Fran se frotó el rostro con una mano mientras dejaba escapar unas carcajadas entre los dientes. Al acercarse vio que los datos iban pasando, mostrando nueva información y alguna que otra imagen que no pudo entender muy bien. Le pareció distinguir un edificio y luego diversas fotos de plantas, la vista aérea de lo que debía ser una ciudad yldiana y el mapa de un sistema solar representado de una forma demasiado detallada, como si se tratara de una carta de navegación. El aparato le estaba dando información sobre el anillo y su dueño, o la familia de este, si se trataba de un sello familiar, cosa que a cada segundo se hacía más evidente para él. Finalmente, para su alegría, la información se detuvo poco después de mostrar una imagen tridimensional del busto del yldiano de pelo rosa al que estaba buscando.

—Es este —dijo—. Nombre. Petitorio. Nombre.

Lo más inteligente era tratarlo como si se tratara de un móvil, cosa que se demostró acertada de inmediato.

—Laeto Shasmel de Minam. Duodécimo tercer hijo de la noble casa de Tempre, de sangre gloriosa; discípulo del benigno Melio de Minam, amado del templo de Esquirla y Querido Amigo del príncipe Distel Sueñoplacido.

Fran estaba demasiado ocupado analizando los rasgos del hombre como para atender a los títulos. No lo había mirado fijamente en ningún momento de la comida para no molestarle, pero ahora podía observar su extraño color de piel sin parecer indiscreto. Su cabello era mucho más vivo en la imagen que en la realidad, pero seguía teniendo esa tonalidad pálida, cercano al rosa salmón, y estaba seguro de que durante el banquete no se había hecho ningún recogido tan ostentoso como el que llevaba ahí. Los finos tirabuzones le daban un aire ridículamente infantil a su rostro.

No sabía si en los estándares yldianos resultaba guapo, pero para los humanos sí. Sus facciones eran proporcionadas, de nariz recta y pequeña, ojos expresivos y un carnoso labio inferior. El rostro ovalado, la mirada amable y la sonrisa perpetua le hacían ver como el paradigma de la inocencia. Al mismo tiempo, la inteligencia que se adivinaba en su gesto cuidadosamente estudiado, le advertía de que no se trataba de ningún niño.

Fran había tenido tiempo para conocer a muchas personas como él en el transcurso de su vida, y aunque resultaban fascinantes, al final siempre ocurría lo mismo: se aprovechaban de su apariencia cándida para usar a los demás para sus propósitos. En esta ocasión, sería él quien lo usara, aunque sólo fuera para dar un paseo.

—Deseo concertar una cita con el Laeto Shasmel de Minam —ordenó colocando sus labios cerca de la tarjeta, sin traspasar la pantalla luminosa.

Su impaciencia por salir de la embajada le hizo apenas prestar atención al criado que fue a recogerlo. Luego, mientras atravesaban los exuberantes jardines centrales, mucho más pendiente del esmero con el que cada jarrón o arbusto había sido colocado que el día anterior, se sintió culpable por la frialdad con el que había tratado al muchacho, o al hombre.

Le era imposible precisar su edad. Éste en ningún momento había dejado de sonreír, aunque en vez de colocarse frente a él para señalarle el camino, se había puesto a su espalda, indicándole de vez en cuando con frases cortas la dirección que debía seguir.

Fran no podía saber el motivo de ese comportamiento, si era normal o si estaba intentando molestarlo, pero aunque era consciente de que le obligaba a caminar con lentitud, lo prefería así. El Sol artificial de la Lirdem era suave y cálido, contrastando con la suave brisa, un poco fría, que agitaba la vegetación, y él no podía más que sentirse agradecido de cada segundo que dedicaba a analizar las maravillas de la naturaleza antinatural con la que los yldianos engalanaban sus estaciones espaciales.

El tercer distrito, lugar donde debía encontrarse con el dueño del anillo, era una construcción que apenas destacaba entre las dos grandes moles de metales brillantes que lo flanqueaban, sin embargo era grande y, a su manera, hermoso. No había tantas columnas en su exterior, ni tenía un laberinto a la entrada, ni siquiera un pequeño parterre que embelleciera su discreto recibidor, unas escaleras que descendían.

Una vez dentro, la primera habitación, desagradablemente fría y algo oscura, era un distribuidor con capacidad para albergar a un par de centenares de caballeros de amplios tocados. Los tacones de sus botas militares resonaban en la sala mientras la cruzaba de lado a lado, hacia un ancho arco que daba a una amplia galería. Tras él los pasos del criado eran apenas notorio. Habría pensado que se encontraba sólo, con la única compañía de los ecos resonando en las altas bóvedas, de no ser por el sonido de fricción que emitían los pantalones del yldiano al caminar, un susurro suave y relajante.

Quizás el tercer distrito no era un edificio que pareciera muy grande desde fuera, pero una vez dentro, con la incomodidad del frío y el silencio, sintió que tardaba horas cruzando corredores y girando en esquinas mal iluminadas antes de llegar a su destino. Su guía entrechocó sus zapatos en determinado momento, un sonido muy similar al que hacían los soldados a la voz de firmes, y ese fue el anuncio de que se había detenido. De otra forma Fran jamás se habría enterado y habría seguido caminando.

Al girar la cabeza, vio que el hombre hacía un gesto con la mano, indicándole una puerta a la vez que se inclinaba lentamente.

No estaba muy seguro de cómo debía proceder, por lo que se acercó, preguntándose si debía aporrear para que el sonido avisara a su cita de que había llegado, o esperar a que alguien saliera. Había creído que el noble yldiano, tan atento como parecían todos los señores de su raza, le esperaría en el pasillo para recibirlo, o al menos en una habitación de acceso abierto.

Por suerte no se tuvo que ver en la vergonzosa situación de demostrar sus malas maneras humanas y antes de que pudiera alzar el puño, el criado se acercó a él, caminando con tal ligereza que parecía que se estuviera deslizando, y posó la palma de la mano sobre la superficie de la puerta. Inmediatamente esta palpitó en un color celeste brillante antes de que su contorno se volviera luminoso. Esa era la versión Yldiana de «tocar a la puerta». A Fran no le habría sorprendido escuchar una voz femenina anunciando a la persona del interior que tenía un invitado pendiente de recibir, pero eso no ocurrió.

Cuando la hoja de metal se deslizó, dio un paso atrás, quedando casi oculto y permitiendo que el criado se adelantara por una vez. Aun así alcanzó a ver el interior de la habitación y el rostro de varios nobles que se habían girado para mirarlo. Las voces suaves de un nutrido grupo de personas se fueron deteniendo poco a poco.

—Ya están aquí —susurró alguien junto a una risita discreta que hizo que Fran se sintiera incómodo.

No quería encontrarse con medio centenar de Yldianos, sólo con uno en concreto, darle su anillo y aprovechar para investigar todas las maravillas de la estación espacial. Esperaba no verse obligado a mantener un charla aburrida y cortés con tanto refinado señor.

—Su excelencia el teniente Cortés solicita reunirse con el laeto de Minam —anunció el criado, consiguiendo que Fran se sintiera mucho más tranquilo.

En la sala se escuchó un revuelo controlado. Algunas voces repitieron las palabras, el nombre de Minam corrió por la estancia. Oyó el rechinar de las sillas deslizándose sobre el suelo y finalmente una persona se acercó.

Fran identificó con facilidad el cabello sonrosado de su cita. La sonrisa del hombre era tímida y miraba a los lados con inseguridad. Cuando salió, el criado hizo un gesto y la puerta volvió a cerrarse, ocultando las miradas curiosas del resto de nobles.

—Soy Shasmel —le dijo con sencillez, como si diera por sentado que Fran había olvidado su nombre, o si temiera que se tratara de un error y en realidad Fran buscara a otro laeto de Minam.

Él asintió, apretando el anillo en el bolsillo de su pantalón y dándose cuenta de pronto de que no sabía qué debía decir. El miedo de comenzar una conversación de la forma incorrecta y romper una decena de normas de educación yldiana le secó la garganta. En el rostro del otro la sonrisa se ensanchaba por segundos, aguardando.

De nuevo fue el criado quien le asistió, carraspeando antes de hablar.

—¿Los señores van a retirarse a una habitación o irán a pasear —sugirió—, o me necesitan aún?

—No, no hace falta —respondió con un tono seguro, aunque ni siquiera él sabía el qué estaba negando.

El sirviente sonrió, hizo una inclinación, y le informó de que cuando quisiera regresar a la embajada sólo tenía que usar los llamadores y dar su nombre. Iría personalmente a buscarlo.

—¿Desea caminar? —le preguntó Shasmel cuando el criado se hubo alejado—. Yo después de un viaje largo lo necesito para que mis piernas recuerden lo que son las distancias.

Señaló con una mano hacia una cristalera tras la cual se veía una amplia variedad de plantas, un gesto casual y sin embargo elegante.

—No es muy grande —continuó— pero tiene unos ejemplares magníficos de crésporas y basteas. No se moleste en fingir interés. No tiene ni idea de lo que son, pero le doy mi palabra de que no se arrepentirá cuando las vea. Además, así tendrá más anécdotas que contar cuando regrese a su planeta.

Fran le sonrió, dejando escapar toda la tensión del momento. Había olvidado la facilidad que tenía ese hombre para romper el hielo. Se lo agradecía sinceramente.

—Vamos. Ha despertado mi curiosidad —mintió.

Nunca le habían interesado las plantas, pero podía fingirlo si eso significaba agradar al yldiano.

El anillo se sintió cálido mientras lo soltaba, escondido en el bolsillo, y apenas fue consciente de su cómo se balanceaba al ritmo de sus pasos. Decidió a posponer su devolución un poco más, lo suficiente como para saciar su curiosidad sobre ese hombre de ojos alegres.

Mientras rodeaban la sala de cristal, lanzando vistazos discretos a las extrañas  y en algunos casos alarmantes plantas alienígenas, el laeto le explicó que todas las estaciones espaciales tenían zonas verdes en sus distritos. Su especie no soportaba la frialdad del espacio y necesitaba tener un lugar de tranquilidad y reflexión rodeado de la vegetación de sus planetas.

—Podemos traer nuestros propios especímenes y plantarlos aquí, si queremos, para que los criados se encarguen de ellos, o podemos tomar cualquier planta que nos guste y llevarla a nuestras habitaciones privadas.

Shasmel acarició la entrada del invernadero y esta se abrió con una exhalación. Haciéndose a un lado, realizó una inclinación y extendió la mano, señalándole.

A Fran no le agradaba la idea de pasar primero. Lo que estaba viendo era indudablemente un ecosistema alienígena, con sus propios niveles de dióxido de carbono, su polen extraterrestre y sus efluvios invisibles de olores que podrían ser dañinos para el ser humano. Sabía que si Hildebert, el biólogo jefe de la Orsa, lo hubiera visto, le habría detenido con un potente grito a la voz de «insensato». Sin embargo la sonrisa del yldiano, su gesto educado, mostraba demasiada confianza como para dudar de él. Se suponía que en la Lirdem todos sabían sobre la naturaleza de los humanos más que los propios humanos, y que ese vivero no debía resultar dañino para él.

Sus primeros pasos fueron vacilantes y no se atrevió a respirar —ligeramente y muy atento a cualquier olor metálico— hasta no haber bajado el último de los tres escalones.

Al girarse, escondiendo el infantil sentimiento de triunfo que experimentó al comprobar que seguía vivo y sin sensación de aletargamiento, vio que el laeto lo observaba con desconcierto. Una ceja tembló en su rostro azulado, conteniéndose para no alzarse, y supo que había hecho algo mal. No sabía qué parte del protocolo yldiano estaba transgrediendo, pero esperaba que la ofensa no hubiera sido grave.

—Me da la impresión de que la diferencia de culturas es más grande de lo que suponíamos —declaró Fran a modo de disculpas.

El yldiano le sonrió, un poco más relajado, y asintió caminando hacia él.

—Sin duda somos dos especies muy distintas —le dijo haciendo un movimiento con la cabeza para indicarle que fueran por el sendero de la izquierda.

A ambos lados había matas secas, de tallos grises y gruesas hojas que sobrepasaban los veinte centímetros. Tras ellas pudo ver una palmera flexible, inclinada por el peso de unas lianas húmedas, y cerca había un arbusto lleno de bayas rojas, lo más normal del lugar si no fuera porque los pequeños frutos se abrían de vez en cuando, sacando unos hilos amarillos que vibraban en el aire unos segundos, como serpientes sacando la lengua, y volvían a esconderse.

—Espero no sonar indiscreto haciendo demasiadas preguntas —dijo Shasmel, mirándolo a los ojos antes de volver su atención a unas flores blancas similares a lirios en miniatura— pero comprenderá que es lo más prudente para que podamos entender la forma de comportarse del otro.

—Por supuesto.

—La verdad es que he notado…

Hizo una pausa, como si ordenara sus pensamientos para exponerlos de la forma más correcta, y Fran aprovechó para acercarse, situándose tras él. Su atención se desvió hacia el diseño de la espalda del yldiano. Tenía una faldilla que descendía desde la cintura, arrastrándose unos centímetros por el suelo, y se agitaba de vez en cuando, como si tuviera un mecanismo interno que hiciera un grueso alambre en su centro ondeara aleatoriamente.

Cuando Shasmel se dio la vuelta para encararlo, Fran alzó la vista con rapidez y sus ojos se encontraron. Por la expresión de asombro que le dedicó el laeto, sospechó que mirar más abajo de la espalda y más arriba de los muslos de un hombre estaba tan mal visto en Yldium como en cualquier parte de la Tierra.

—Me estaba fijando en su ropa —se explicó con toda la calma que pudo reunir—. Habrá comprobado que tenemos vestimentas muy distintas.

—Sí. Es difícil no notarlo.

Sus ojos se dirigieron a la chaqueta militar, a los brazos más concretamente, antes de apartarse con vergüenza, y Fran comprendió que los Yldianos vestían mangas y pantalones holgados por un motivo concreto.

—¿Le incomoda mi forma de vestir? —Preguntó Shasmel.

—¿Qué? No. —Dio un paso atrás, sorprendido, y lo miró con curiosidad— ¿Y la nuestra? ¿Es correcta, para sus estándares?

El otro sonrió, de nuevo con ese aire jovial bailando en sus ojos, y negó con suavidad. Era refrescante descubrir la facilidad con la que el laeto exhibía su sinceridad.

—No es ofensiva, pero he de admitir que sorprende un poco.

—¿Mostramos demasiado? —Preguntó divertido.

Los ojos de Shasmel volvieron a dirigirse hacia sus brazos.

—Quizás —Luego dudó. —No se trata tanto de lo que muestra como de lo que evidencia. Sus ropas no son inadecuadas para la intimidad del hogar, pero fuera de este… ¡Oh, no crea que lo censuro! —dijo de pronto, mirándole al rostro—. Tanto yo como cualquier otro narsiano comprende que estas son sus maneras y jamás lo juzgaremos por comportarse según sus costumbres. Solo quiero decir que, excluyendo algunos planetas y algunas profesiones de Yldium, será raro que vea a algún narsiano vistiendo como usted.

Fran se observó el discreto uniforme azul marino, muy seguro de que no mostraba más piel aparte de las manos y el rostro, pero quizás la elasticidad de la tela y la forma en la que esta se ceñía al cuerpo para facilitar la movilidad, perturbaba a los habitantes de yldium.

Su siguiente pregunta era descubrir qué era un narsiano, sin embargo tuvo que esperar porque el laeto había desviado su atención hacia el sendero y le hizo un gesto para que lo siguiera.

—Dígame —continuó Shasmel—, ¿su especie es poco dada al contacto físico?

—No. Creo—se corrigió—. Mi especie tiene distintas razas y culturas, pero la costumbre más extendida es la de cercanía. Claro que lo que a mi puede parecer cercano, para ustedes podría ser distante.

El yldiano sonrió y dejó escapar algo similar a una risa suave, un sonido agradable. Se deslizó entre dos piedras color coral  y Fran lo siguió.

—Nosotros nos consideramos distantes —explicó el laeto—. Somos muy distantes con los desconocidos y demostramos nuestro aprecio hacia amigos y compañeros permitiéndole mayor cercanía. Algunas especies consideran que llevamos esos permisos a extremos exagerados. Sin embargo también consideran que somos la especie que damos el trato más frío a nuestros semejantes. Supongo que lo comprenderá cuando nos conozca un poco más.

Fran se podía hacer una idea de a qué se refería Shasmel. No había mucho calor entre nobles y criados.

—Observándolos —continuó el yldiano— me ha dado la impresión de que a su especie no le gusta ser tocada, o que no está acostumbrada a ello. ¿Son las manos una zona del cuerpo delicada para ustedes?

—¿Qué le hizo pensar eso?

—En la recepción, cuando nos presentábamos, noté que se tensaban cada vez que nos inclinábamos sobre sus manos. Se me ocurrió que los humanos no suelen usar la frente para ese propósito, pero ahora usted ha rechazado mi mano cuando se la he ofrecido antes de entrar.

Recordaba el ademán. Lo había visto alzar la palma hacia él pero lo había interpretado como una invitación a adelantarse. No esperaba esa clase de cortesía, no al menos dirigida a un hombre.

—No ha sido rechazo, sino incomprensión. Entre nosotros no solemos darnos la mano de esa forma. Hay un breve contacto cuando nos presentamos, pero en otros contextos no se da, a menos de que haya un noviazgo de por medio, claro.

Shasmel abrió los ojos con sorpresa y una vergüenza exagerada.

—En ningún momento… Espero que no creyera que yo… Ni se me ocurriría, apenas conociéndolo, intentar…

Fran se rio y su gesto pareció tranquilizar al otro hombre, aunque se le notaba que seguía incómodo.

—Discúlpeme —murmuró el narsiano.

—No hay nada que disculpar. En la Tierra hay un dicho que nos será muy útil a partir de ahora: La intención es lo que cuenta.

—Bien, ciertamente mi intención era ser educado, no ofenderlo.

—Eso me recuerda…—Fran se tocó el bulto apenas perceptible que tenía tras la oreja, donde le habían implantado el idiomatizador—. A veces tengo la sensación de que nuestras palabras no se traducen exactamente, y eso podría ser un problema. Ayer, sin ir más lejos, le di las gracias a una persona y me respondió como si hubiera dicho otra cosa, similar pero no exactamente lo que yo dije.

Shasmel sonrió y asintió. Antes de responderle le señaló hacia un discreto banco, casi oculto bajo la vegetación, invitándole a sentarse. Fran accedió ocultando el reparo que tenía de tener esas extrañas hojas balanceándose tan cerca de su cabeza, pero se esforzó en atender sólo a la contestación del otro hombre.

—No hay forma de traducir un idioma palabra por palabra. En algunas culturas ni siquiera existen la mitad de los términos que sí hay en otras. Por ejemplo, los Gislianos tienen setenta y tres maneras de decir “correcto” dependiendo de si es legalmente aceptable, moralmente aceptable… Comprende, ¿verdad?

»Quienes más avanzaron en el campo de la traducción, por sorprendente que parezca tratándose de una raza tan obcecada en la guerra, fueron los Hirges.

Shasmel arrugó la nariz con un gesto de rechazo que a Fran se le antojó gracioso y prosiguió.

—Ya conocerá las capacidades psíquicas que tienen. Sus sistemas de traducción no están basados en los sonidos, o en las palabras que forman estos, sino en el mensaje que el usuario desea enviar. Todo lo que yo le estoy diciendo ahora está marcado por la gramática narsiana. Estoy empleando nardish arrash y asjsta elocuente; me aseguro de añadir los solh adecuados a su condición y modulo la entonación para no transgredir las normas de estratos seildars, sin embargo es posible que la mitad de esas cosas no existan en su lengua, y por lo mismo gran parte de las formas de cortesía que ustedes tienen, no existe en la nuestra.

»Aún así el idiomatizador comprende que mi intención es tratarlo con educación, y le envía a su mente un mensaje que se ajusta lo más posible a su idioma.

»Por supuesto este sistema no es infalible. A veces es nuestra cultura lo que difiere. Usted le envió un mensaje de gratitud a un narsiano, ¿verdad?

Fran asintió.

—Dependiendo del grado social de esa persona y su sexo, es posible que, por educación, no lo haya aceptado. Por ejemplo, los hombres nunca aceptan la gratitud de una mujer, puesto que estas no han de sentirse agradecidas, por el contrario los varones siempre debemos sentirnos honrados de haber podido serles útiles. ¿Comprende lo que le quiero decir?

Fran asintió, pensativo. El yldiano al que se refería era un soldado como él, pero suponía que ostentaba un cargo inferior, así que tenía sentido el insignificante error que hubo en la traducción. Al fin y al cabo, aunque las palabras habían sorprendido, el tema seguía siendo el mismo: un intercambio de agradecimientos.

—Entonces, imagínese que yo quisiera ser excesivamente cortés con usted—le dijo al laeto—, pero mis habilidades en mi propio idioma no fueran las mejores. Quiero decir, suponga que yo no conozca una gran variedad de términos cultos ni formalismos que usar en ocasiones como estas, y sin embargo quisiera ser todo lo educado que se pudiera. Como el idiomatizador capta mi intención, ¿traduciría en la medida de mis capacidades o de mis intenciones?

—De las intenciones, sin duda. No tengo la menor duda de su educación, mi teniente, así que no tendría sentido usar esta conversación como ejemplo, pero si alguno de sus sirvientes menos instruidos hablar conmigo de forma vulgar pero deseando usar las mejores formas de cortesía, eso sería lo que yo entendería. Por eso el idiomatizador es tan popular en los encuentros políticos, y por eso los Hirge aún no han causado un conflicto bélico de dimensiones universales.

Fran escondió una sonrisa satisfecha. No alcanzaba a sentirse culpable por hacer creer al laeto que sus capacidades sociales eran mayores de las reales. Como habían dicho hacía unos segundos, las intención era lo que contaba, y él no tenía la menor intención de quedar como un humano ridículo. La facilidad de palabras y la formación de cada uno eran dos cosas muy distintas.

Shasmel pareció comprender que su curiosidad en ese tema ya estaba saciada, porque señaló con la barbilla hacia la jardinera de piedras que había frente a ellos, con media docena de arbustos de poca altura.

—Mire. Es la créspora real. Su tamaño es un poco más pequeño que el de la común, pero ésta tiene una fragancia única. No florecerá hasta dentro de medio ciclo, así que no podrá olerla, pero es hermosa, ¿verdad?

Fran volvió a observar las plantas, creyendo que se refería a una de tallos nudosos que se aferraban a la repisa. No era desagradable. Era pequeña y verde, y nada de ella hacía pensar en una posible muerte asquerosa entre jugos ácidos o lianas constrictoras. Sin embargo tampoco le parecía hermosa.

Nunca había tenido el menor interés por las flores. La créspora podía ser un ejemplar fascinante para el biólogo Hildebert, pero para él era simplemente un punto a dos metros de ellos que observaba atentamente para complacer a su anfitrión. Sonrió y asintió, fingiendo una elegante sensibilidad por la naturaleza.

—Los invernaderos de los distritos están nutridos por la flora autóctona de cada cuadrante —Le explicó Shasmel mirando a la planta con algo de tristeza—. A los de Persei siempre nos corresponde el distrito tres, junto a los Cuadrantes Inferiores más cercanos a nosotros. Comprenderá que, habiendo tantos posibles planetas de entre los que elegir a las mejores especies, sea raro encontrar una específica de condado donde se nació.

—Debe ser la más bonita de Persei.

Shasmel se rio antes de negar con la cabeza.

—Es la más fuerte. Es imposible recrear las condiciones óptimas para la vida de cada especie, así que sólo son elegidas las que soportan mejor los climas ajenos. Como nosotros —susurró al final en lo que pareció una reflexión personal.

Se preguntó si se estaba refiriendo a sí mismo, un joven ajeno a la corte de Yldium que se había encontrado en algún momento fuera de su hábitat, rodeado de nobles superficiales y obligado a camuflarse entre ellos o desaparecer en la mediocridad, pero el siguiente comentario de Shasmel lo sacó de su error.

—Somos elegidos no porque seamos los mejores de entre nosotros, sino porque estamos preparados para soportar el golpe psicológico que implica la mezcla de nuestras culturas.

»Todo en la Lirdem está dispuesto para cambiar con vuestra llegada. Según pasen los días la temperatura, la comida e incluso nuestras propias costumbres se irán difuminando hasta acercarse tanto como podamos a las de la tierra, para favorecer la convivencia entre ambas especies.

­»Ya habrá notado el cambio de temperatura. Últimamente hace un calor insoportable, y los telerreportes anuncian que aún faltan casi diez grados para que sea una temperatura cómoda para ustedes sin que sea sumamente desagradable para nosotros. Sin embargo no nos preocupa. Será molesto hasta que nos acostumbremos, y luego ni siquiera recordaremos cómo era el clima antes de que ustedes llegaran. Mientras tanto ambas especies han de hacer esfuerzos para soportar y sobrevivir.

Shasmel se giró y lo miró a los ojos. La sonrisa en su rostro no era tan jovial como antes, pero entonces un pensamiento divertido debió pasar por su mente, porque su cara se iluminó.

—Tendremos que hacer algo con la comida. No pueden alimentarse de crema de masgina para siempre.

Se levantó y con un gesto mecánico se colocó la faldilla trasera de su pantalón y los puños de la camisa antes de indicarle que lo siguiera.

—Es duro comer algo que no comprende. Quizás se sentirían menos inquietos si pudieran ver el animal o la planta de donde proviene el plato, o su forma de preparación. Vamos por aquí. La bastea siempre está en la zona más oscura y húmeda de los invernaderos.

Le señaló unos escalones que daban a un sendero y extendió la palma hacia él, pero entonces, ruborizado, la apartó.

—Disculpe, no pretendía…

Fran se rio.

—No pasa nada. Las costumbres son difíciles de quitar, y a mí no me ofende. Además, como ha dicho, el esfuerzo para la convivencia es algo que tiene que venir por ambas partes —Le tendió la mano y amplió su sonrisa. —Por ahora aceptar un gesto de cortesía no ha matado a ningún humano.

Cuando tomó la estrecha mano del yldiano entre las suyas, se sorprendió del tacto frío de su piel. No era pequeña, pero sus dedos eran finos y largos, lo que contrastaba con la firmeza masculina de su agarre.

—Después de ver la bastea podríamos encargarnos del asunto de la comida —propuso Fran, intentando centrar su atención en algo que no fuera el íntimo contacto.

Shasmel le sonrió y lo condujo hacia los escalones, alzando el brazo con solemnidad frente a ellos como si quisiera que las plantas fueran testigos de su unión.

—Concertemos otra cita, si lo desea. Preparar un informe visual sobre todos los alimentos que se sirven en la Lirdem va a requerirme algo de tiempo —apretó los labios, como si quisiera reprimir la emoción, y le dio un tirón suave para que giraran a la izquierda. —Si informa a los Señores Embajadores, podrían estar interesados en mi presentación.

Fran asintió con desinterés. Quizás fuera un simple militar ajeno a las argucias políticas, pero notaba cuando alguien lo intentaba usar para sus fines. El yldiano era un enviado diplomático con sus propios objetivos. No podía acusarle de su intento de sacar provecho de su relación, puesto que ambos estaban haciendo exactamente lo mismo, y tenía que admitir que no le desagradaba la idea de conocer más sobre la especie que habitaba Yldium.

—Podría avisarles, claro. Estoy seguro de que le agradecerán las molestias que se va a tomar. Pero quizás sea mejor que lo revise yo primero. Podría haber cosas que un humano siguiera sin comprender, o información que a nosotros nos resulte vital y a ustedes les parezca que se da por supuesto.

—No querría robarle su tiempo con mis proyectos, pero si está dispuesto, se lo agradecería. Una revisión bajo una perspectiva humana es algo imprescindible para que la presentación salga bien, y usted es una persona con la que es fácil hablar con franqueza.

Fran rio. Sí, una persona fácil de tratar. Le gustaba que Shasmel lo considerara así. Apretó la mano entre las suyas, transmitiéndole su conformidad, y pensó que podía esperar un poco más antes de devolverle su anillo y regresar a sus habitaciones. Aún quedaba mucho día por delante y siempre habría vegetación nueva por la que fingir interés.

La esperanza de que los siguientes dos meses en la estación no fuese una experiencia del todo aburrida se perfiló por primera vez en su mente. Había un mundo extraño ahí fuera y Shasmel sería su llave para desentrañar sus misterios.

[1]Tratado por el cual se firma la alianza entre la humanidad y el imperio hirge.

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Un comentario en “Sangre Azul 07: El invernadero

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