Sangre Azul 05: Hospedaje

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Capítulo 5

Hospedaje

Cuando los yldianos se alejaron, Fran desvió la vista hacia el brigada que había cerca de él. Lo reconoció al momento, aunque durante la comida había estado demasiado tenso como para darse cuenta de quienes se habían sentado en las sillas más próximas. Era uno de los muchachos de su compañía. Intercambió con él una mirada de entendimiento. El otro se acercó unos pasos para que los criados no pudieran escucharle.

—¿Ha comido algo, teniente?

—Solo lo que no pude evitar, brigada.

Volvió a alzar la vista, asegurándose de que el último yldiano con el que había hablado había desaparecido ya, el único que le había caído relativamente bien, y se giró para inspeccionar la mesa.

—Aunque había unos pastelitos curiosos por ahí. Le juro que sabían a crema catalana —murmuró negando con la cabeza, sin reparar en que Shepherd seguramente no  supiera a qué sabía la crema catalana.

Estaba a punto de echar a andar hacia donde se estaban reuniendo los humanos, cerca de donde habían sentado a los embajadores, cuando un brillo sobre el mantel llamó su atención. Al inclinarse descubrió un anillo con una piedra roja engarzada. En el centro del mineral había algo finamente tallado, pero si tenía algún significado, lo desconocía. A su parecer eran una mezcla de líneas, puntos y círculos ondeando en el interior de la piedra.

—¿Y eso? —Le preguntó el brigada, reprimiendo apenas su curiosidad.

Fran lo sostuvo entre los dedos unos segundos antes de guardarlo en su puño.

—Se lo ha dejado el hombre con el que estaba hablando. Se lo daré a algún criado para que se lo devuelva. Me parece que se llamaba Çasmel Deminán.

El hombre asintió pensativo, separó los labios, como si fuera a decir algo, luego dudó, se llevó una mano a la cabeza, comenzando un gesto, frunció el ceño y bajó las manos. Fran, que casi podía escuchar lo que había estado pasando por el cerebro de su inferior, se rio.

—Sí, el de pelo rosa.

El brigada negó con la cabeza.

—Mira que son raros, pero al menos no es el que peor me ha caído. Sino le diría que dejase el anillo ahí, para que se lo quede el primero que pase. Pero el pobre chico no tiene la culpa de tener un pelo tan… —volvió a dudar, evidentemente reprimiéndose por estar ante un superior— extravagante.

Ambos comenzaron a caminar hacia el resto del grupo. Fran localizó con la vista al comandante, cuya tez oscura sobresalía entre la casi homogeneidad blanca.

—Ese tal Deminán —continuó su compañero—, ¿cree que fuera el sobrino de alguien?

Fran, que estaba más atento en visualizar a algún sirviente con cara de tener poco interés en los objetos costosos, emitió un murmullo que podía significar cualquier cosa, pero que aparentemente el brigada identificó como un “¿quién sabe?”.

—Todos son muy jóvenes, ¿verdad? ¿O me lo pareció a mí? He estado toda la comida pensando… Bueno, no, he estado pensando en otra cosa. La verdad es que no he estado pensando en nada bueno, pero lo que quiero decir es que, ¿sabe usted lo que le pasa a los hirges cuando nos ven?

—Sí —respondió analizando la cara de un yldiano con levita de criado. Como todos los criados, tenía el pelo, los ojos y la piel azules, así como guantes transparentes y una sonrisa amable que era tan idéntica a la de sus compañeros. Tanta amabilidad en serie inspiraba recelo. Decidió que no le fiaría el anillo a ese.

—Lo de que no saben muy bien qué edad tenemos —se explicó el brigada—. Pues me pasa lo mismo con estos, que para mí todos son jóvenes. Jóvenes más jóvenes y jóvenes más adultos. Bueno, no; jóvenes más viejos. No sé cómo explicarme. Había un hombre, ¿cómo se llamaba? No creo que importe. El caso es que cuando me saludó, pensé que tenía la edad de mi hermano, o sea, uno o dos más que yo, pero después, según le escuché hablar, aunque no puedo decir de verdad que le escuché por eso del traductor, pero usted me entiende, pues me pareció que era mucho mayor, casi como mi abuelo. Fue una experiencia muy rara, un tanto desagradable, aunque no la más desagradable.

—Nick.

—¿Sí, teniente?

El brigada pareció adecuadamente avergonzado. Estaba hablando de más con un superior con el cual apenas había intercambiado un par de saludos durante la travesía. Sin embargo no le estaba molestando.

—A mí también me costó ubicar sus edades, pero estoy casi seguro de que el último con el que hablé, el del cabello rosa, no era ningún niño. Y lo más seguro es que a ellos les pasara lo mismo con nosotros, porque durante toda la cena estuvieron tratándom…nos como si fuéramos pequeños recién salidos del parvulario. Ahora, si me disculpa… —intentó despedirse, dirigiéndose hacia su superior, pero Nick no pareció escucharle.

—Señor, puedo… —Esperó a que Fran se detuviera y le dedicó una sonrisa entre tímida y divertida. —¿Puedo preguntarle si hay alguna posibilidad de… eh… cenar de nuevo, más tarde, comida humana?

Fran se rio.

—Precisamente a eso iba. Quería hablarlo con el capitán Kim.

—Muchas gracias, señor.

Esquivó a un par de hombres que le daban la espalda, compartiendo entre susurros sus impresiones sobre la cena mientras esperaban a que los criados estuvieran listos para conducirlos a sus dependencias. Como era de esperar, Kim Su Jong, el capitán de la tercera compañía, estaba fingiendo cordialidad mientras escuchaba al comandante. No hacía falta mirar dos veces la cara del coreano para saber que no se sentía a gusto con su superior. Las primeras veces, Fran creyó que el capitán tenía un carácter difícil de tratar y procuró evitarlo mientras no fuera obligatorio, pero con el paso de las semanas había notado que tenía una forma de ser muy sobreprotectora con los suyos y respetuosa con sus iguales, sin embargo, con el comandante Juhász siempre tenía esa expresión en el rostro, como si se viera obligado a sonreír mientras escondía un dolor de muelas. Por suerte parecía que el comandante no lo notaba o no se lo tenía en cuenta.

Se situó tras él, a la espera a que los hombres dejaran de hablar, y aprovechó para volver a inspeccionar la zona en busca de un sirviente. El sudor comenzaba a sentirse en la palma de la mano y el anillo se estaba calentando como si tuviera vida propia. Por un segundo se planteó mirarlo, por si había cambiado de tonalidad o se había encendido, ya nada le extrañaría de los yldianos, pero evitó el gesto cuando vio que Shawn Panfil se acercaba sonriente hacia él.

—Quería comentárselo a usted antes que a nadie —le dijo poniéndole una mano en el hombro.

Fran le sonrió por cortesía. El día había sido largo, el paseo por los jardines demasiado cargado de información y la cena incómoda. No se sentía con paciencia para soportar la efusividad de ese hombre fascinado por todo lo que estaba descubriendo, pero se dio ánimos.

—Sé que usted lo apreciará, Teniente Cortés, porque es un hombre con unas inquietudes intelectuales mucho más altas que la de la media de esta panda de…

—Por favor, profesor, abrevie —lo interrumpió con una sonrisa—. Sabe que los halagos no van a funcionar conmigo.

—No era un halago, o no uno falso —se defendió entrecerrando los ojos con una fingida mueca de ofensa—. Pero da igual. Por ser usted se lo perdono. Estoy seguro que me lo agradecerá en cuanto se lo cuente, porque recuerdo que usted me estuvo preguntando un día por la lingüística extraterrestre y estuvo de acuerdo conmigo en que la variedad fonética de los…

—Espere —le pidió sospechando que iba a comenzar con tecnicismos académicos—. En primer lugar, recuerde que todo lo que le pregunté es si era posible reproducir los mismos sonidos por dos razas formados en dos puntos tan opuestos del espacio, y usted me regaló un interesantísimo monólogo sobre el aparato fonador, los australopithecus y las morsas.

—Focas —le corrigió empujando el puente de las gafas para recolocárselas.

—Lo que fuera. En segundo lugar, le pido una vez más que tenga en cuenta que yo abandoné el instituto a los dieciséis años y entré en la escuela militar. Sé programar una parábola de desencadenantes con los ojos cerrados, ahora, no me hable de metalingüística, porque no lo voy a entender.

El hombre le sonrió y asintió lentamente.

—Siempre lo tengo en cuenta cuando hablo con usted, teniente. De todas formas, la metalingüística es el campo de mi esposa, no el mío. Pero me sigue pareciendo fascinante todo lo que tiene que ver con los idiomas y cómo influyen en la cultura de una sociedad, o a la inversa más bien. No vamos a negar que un idioma con una gran riqueza léxica prepara especímenes con una mayor riqueza intelectual.

—Es ahora cuando estoy escuchando sólo ruido en mi cabeza —exageró.

El estudioso tomó aire y lo miró fijamente.

—Se va a poner así todo el rato y no va a dejar que se lo cuente, ¿verdad?

—No, estoy muy interesado en lo que quieres decir, pero a lo mejor este no es el mejor momento.

A su lado, el capitán Kim había conseguido zafarse del comandante y le había hecho un gesto con la cabeza a Fran, como saludo, antes de alejarse unos pasos. Fran consideró el ir tras él sin importarle dejar a Shawn Panfil con las palabras en la boca, pero al final no tuvo corazón.

—Hay tiempo. Escúcheme —le dijo el hombre apretando más los dedos sobre su hombro y juntando sus cabezas—. Durante la comida tenía a todos esos caballeros con ropas Neo Luis XIV hablando sin parar sobre metales primarios y secundarios, canciones y forja, y la verdad es que la conversación estaba siendo fascinante. No se imagina la cantidad de cosas que se puede descubrir de la otra persona con sólo guardar silencio y dejarle hablar. Me estaban dando información de primera mano. Y me di cuenta de un detalle fascinante.

—Estoy seguro.

—Después de escucharles hablar durante mucho rato, comprendí que sus voces tenían una cadencia especial, como si en vez de hablar estuvieran cantando, y traté de aislar la traducción que recibía del sonido que emitían. Sabe a qué me refiero, ¿verdad? También lo ha hecho.

—Sí, pero no hoy. Durante el viaje…

—Sí, sí, a eso me refiero —Shawn Panfil dio un manotazo al aire, como si pretendiera apartar la intervención de Fran, y volvió a apretar los dedos en su hombro—. Pero en este caso yo tuve muchos más elementos de muestra. No puedo asegurarle que mis conclusiones sean correctas, porque debería someterlo a observación durante mucho tiempo, sin embargo le puedo adelantar que tengo sospechas fundadas de que el ýldico, el idioma de estas criaturas, es una lengua aglutinante.

—¿Perdón? —Fran se inclinó.

—Sí, lo que oye.

—No, que no le he entendido. ¿Alucinante?

El otro ni siquiera le prestó atención.

—Sí, que se forma mediante la unión de varios monemas, ¿comprende? —No esperó a que Fran asintiera para continuar.  —No lo puedo asegurar al cien por cien, pero sería una base sobre la cual comenzar a estudiar su habla, y con él, su cultura.

—Es… —dudó— fascinante, profesor. Quizás podamos investigar el tema de las morenas más a fondo en los próximos días. Ahora, si me disculpa…

—Claro, claro, váyase. Yo voy a hacerle unas preguntas a aquel muchachito de ahí —dijo señalando a un criado pero sin soltarle el hombro. Se detuvo, apretando los labios, y volvió a mirar a Fran—. Parecen coperos medievales. Demasiado jóvenes para estar trabajando. En la tierra se consideraría explotación infantil, pero aquí, siendo una sociedad tan distinta…  ¿Cómo era ese dicho en español? ¿«Ahí donde vas, hazlo igual»?

—Allá donde fueres, haz lo que vieres.

—Ese mismo. Aunque yo no voy a contratar a nadie, pero si uno de esos engalanados cortesanos de Luis XIV me viene a preguntar qué me parecen sus donceles, les diré que denota el buen gusto de su señor.

Fran arrugó la nariz, exteriorizando lo que las palabras del hombre le había hecho pensar. Prefirió no responder, le sonrió y se apartó unos centímetros esperando a que Shawn Panfil dejara de observar al joven. Al final el etnólogo se marchó con una mueca de censura mientras mantenía en su punto de mira a su siguiente presa, el criado, el cual Fran estimaba que tenía la misma edad incalculable que el resto de miembros del servicio, pero no tan jóvenes como parecían.

Volvió a internarse en la multitud, buscando al capitán o a cualquier otro oficial de rango superior. Reconoció a un par de técnicos, saludó a varios embajadores y esquivó al teniente Philpotts, cuyo rostro ofuscado era promesa de varios comentarios al respecto de la mala comida o las extrañas atenciones de sus anfitriones. En una ocasión confundió la espalda del representante de China, Xiang Hui Lee, con la del capitán, pero por suerte no llegó a tocarla. Habría sido difícil explicar el malentendido sin ganarse una mirada fría por parte de ese distante hombre. Unos minutos más tarde, vio al brigada Nick Shepherd cuadrándose a su lado.

—Mi teniente, un criado solicita permiso para conducirnos a nuestras dependencias.

Fran lo miró extrañado.

—¿Cómo que permiso? Pensé que ya estaban sacando a la gente. ¿Acaso el comandante no ordenó que los siguiéramos? Pensé que… —dejó la frase en el aire.

—Si le soy sincero, señor, no sé qué es lo que está preguntando ese hombre. A todos le piden permiso como si fuera una cosa de cortesía, pero a algunos nos están tratando distinto.

—¿Y eso?

—No lo sé, quizás tenga razón y consideran que somos menores de edad. Me han pedido que le pida autorización a mi tutor legal para marchar solo, si quería hacerlo así, o que espere a alguien de mi grupo con “potestad” para acompañarme.

Fran no pudo evitar sonreír, pero por suerte contuvo la risa antes de que aflorara. Nick era un soldado joven, quizás en la mitad de la veintena, y aunque su diminuta barba cuidadosamente recortada le daba aire adulto, sus ojos claros y pelo lacio restaba autoridad a sus gestos. Divertido, decidió ayudarle.

—Disculpe, ¿es usted el encargado de guiarnos? —le preguntó al yldiano que el brigada le había señalado.

El criado se detuvo a su lado dedicándole una sonrisa amplia. Durante un segundo sus ojos recorrieron a Fran como si quisieran ubicarle rápidamente en su mente, aunque no hubo reconocimiento en ellos.

—Así es. Espero que no le suponga ningún problema aguardar a su tutor o a un cargo autorizado para acompañarle. Si desea tomar algún refresco mientras llega su acompañante, podemos ofrecerle…

—No, creo que no me ha comprendido —le interrumpió ligeramente sorprendido por el malentendido—. Yo soy un cargo autorizado. Soy teniente. —Se señaló los galones del pecho, aunque estaba seguro de que el criado no sabía de graduación militar humana—. Tengo un puesto de oficial. Estoy autorizado para este tipo de tareas.

Por el rabillo del ojo vio que otros miembros de su compañía, la mayoría aparentemente en la misma situación que ellos, se habían acercado y disfrutaban de la conversación.

—En ese caso…

El criado movió los ojos por la estancia. Su sonrisa se mantenía sobres sus labios, pero sus movimientos eran tensos y había inquietud en su mirada. Fran adivinó que estaba obligando al hombre a tomar una decisión difícil.

—¿Puede esperar aquí un momento mientras busco a un administrador?

—Por supuesto.

El administrador resultó ser otro yldiano alto y de cabello verde recogido con mucha más sencillez que la mayoría de los de su especie con los que habían comido. En ese aspecto el del pelo rosa había demostrado tener mucho mejor gusto dejando que el cabello le destacara más por el colorido que por los adornos brillantes.

El hombre les saludó con cortesía y les despachó rápidamente. Aunque su trato era calmado, Fran adivinó que estaba desbordado con todo el trabajo. Después de escuchar la graduación de Fran, se llevó una mano al pecho, cerca de la clavícula, y Fran por un segundo creyó que estaba fingiendo conmoción o solemnidad, luego se dio cuenta de que había consultado de alguna forma desconocida una base de datos, porque le sonrió y le dijo:

—Teniente. Efectivamente. Es un título elevado. Mis disculpas, excelencia. Por favor, solicite ser conducido a sus aposentos junto a sus caballeros de compañía en cuanto lo desee. Los criados recibirán órdenes inmediatas de solventar todas sus necesidades, siempre y cuando esté en sus manos.

El hombre hizo una inclinación perfecta pero rápida, ansioso por marcharse, y sin embargo se detuvo de inmediato, acordándose de algo que consideró de vital importancia.

—Es posible que una vez lleguen a sus dependencias, noten la ausencia de útiles básicos para su aseo y cuidado personal. Le suplico que no nos lo tengan en cuenta. Estamos encargándonos en estos momentos de ese detalle. Esta noche, antes de las Gracias Vespertinas, tendrán una gran variedad de afeites así como material de esparcimiento.

Luego se marchó.

El cabo Hewings, que se había acercado, se giró hacia el grupo con una expresión de estupefacción.

—¿Esparciqué? Yo dudaba que los traductores estos funcionaran bien durante el banquete, pero ahora estoy seguro. Si alguien ha entendido lo que quería decir, que me lo traduzca, por favor.

—¿Y eso de “caballeros de compañía”? —preguntó otro.

—Quizás en yldiano se dice igual caballero que soldado, y como pertenecemos a la tercera compañía… —propuso Nick Shepherd.

—Te reto a que le comentes tus deducciones a nuestro amigo Shawn Panfil —comentó Fran con maldad—. Estoy seguro de que te dará una lección historicolingüista de la evolución del término «caballero» desde su origen militar medieval hasta nuestros días.

—Sí, yo también estoy seguro —musitó el otro.

Después de reunir a la sección completa de Nick y a un pequeño grupo que también pertenecían a la compañía, Fran avisó a un criado para que les sacara de la carpa. En total eran casi cincuenta personas. Temió que le pusieran reparos para sacarlos a todos juntos, sin embargo los yldianos parecían encantados con la cantidad.

—Su excelencia tiene un gran número de caballeros de compañía —escuchó Fran que le decía uno de los hombres de cabello azul a otro, creyendo que hablaba lo suficientemente bajo.

Su compañero asintió y miró hacia ellos como si se sintiera honrado de poder conducir a alguien de tal categoría.

—Es natural. Es Teniente.

La conversación hizo que parte de su incomodidad por el hambre, que ya comenzaba a hacerse sentir, desapareciera, y de nuevo volvió la sonrisa a sus labios para contener la burla. Mientras caminaba, observaba los setos a ambos lados con más interés del que demostraba. En parte su mente estaba ansiosa por poder hacer un plano mental de la estación. Le habían dado una explicación detallada antes del banquete, pero en verdad el paseo se había centrado en las características de la Lirdem, todos los lujos de los que disponían, su sistema climático, su pseudosol de categoría amarilla y la inspiración de los jardineros para representar a este o aquel animal que parecía sacado de un cuento de ciencia ficción. Ahora, viendo más allá de los frondosos y extraños árboles, pasando las fuentes colosales y las columnas decoradas con sedas y tules de todos los colores, podía identificar los edificios que circundaban el jardín central. Eran construcciones amplias pero no excesivamente elevadas, con tonalidades claras que se confundían con las paredes finales de la Lirdem.

Recordaba que alguien había dicho en algún momento que el edificio embajatorial estaba a un lado del primer distrito, lo cual él imaginó como un barrio abierto con construcciones similares a las de un antiguo bazar árabe. Su imaginación se había burlado de él, puesto que si se dejaba guiar por la orientación, lo que había junto a la residencia donde se acomodarían durante los siguientes dos meses era una edificación grande, con varios corredores de columnatas o cristaleras —le era imposible identificarlo desde esa distancia— pero no a cielo descubierto.

—Si no le importa, voy a rogarle un minuto de su atención —le pidió uno de los criados cuando hubieron pasado unos jarrones llenos de flores rojas que languidecían a más de dos metros de altura.

Fran asintió, haciendo un esfuerzo por regresar los ojos hasta el yldiano y dejar de mirar lo que había delante de él. Parecía un camino sin salida, rodeado de setos.

—Estamos a las puertas de la Embajada Comercial. Es tradición que dicho complejo esté rodeado por un laberinto floral. No abarca más de cien icsarios cuadrados, así que no hay peligro de que se pierdan durante demasiado tiempo, pero es preferible mantenerse en este punto lo más cerca posible y no distraerse. ¿Sería tan amable de pedirles a sus caballeros de compañía que se cojan de la mano para continuar?

Fran, que había esperado a que terminara para preguntarle qué era un icsario, información que consideraba importante, se olvidó de inmediato ante el último comentario. Miró hacia atrás, cuestionando con la vista a los más próximos a él si habían escuchado lo mismo, y luego volvió a mirar al criado.

—Creo que no vamos a cogernos de la mano.

El hombre mantuvo su sonrisa, sin embargo su expresión pareció temblar un segundo, como si le hubiera dado un escalofrío, y Fran se preguntó si sus modales acababan de asustar a un criado que fácilmente podía alcanzar los dos metros.

—Como usted desee, excelencia. Espero que mi proposición no le haya importunado.

—No, en absoluto, solamente es que en la Tierra no tenemos costumbre de cogernos de la mano —intentó suavizar, y se forzó a mostrar una sonrisa tranquilizadora.

—Comprendo. En ese caso, por favor, asegúrense de permanecer unidos.

Fran asintió y se giró para ordenarle a uno de sus subalternos que hiciera correr la voz, pero antes de hablar pudo escuchar los susurros deslizándose entre la multitud. Alcanzó a ver al brigada Shepherd riéndose abiertamente. Sus miradas se encontraron y el hombre negó con la cabeza sin perder la sonrisa, considerando lo ridículo de la situación.

Fran se volvió para seguir a los criados. Al dar los primeros pasos se preguntó si no había sido él el que había sacado conclusiones precipitadas. Estaba a punto de entrar en un laberinto yldiano, lo cual podía ser muy distinto a uno humano. Era posible que el suelo se moviera, las paredes se deslizaran o cambiaran de un momento para otro, y que las posibilidades de separarse fueran mayores de las normales. Sin embargo se había sentido tratado como si fuera un niño con serias deficiencias mentales. Esperó que sus hombres no le defraudaran y se mantuvieran estrechamente unidos, más de lo exigido por reglamento. Sabía que no se iban a alejar por su cuenta ni a bajar el ritmo, eran soldados, al fin y al cabo, pero no podía estar tan seguro del comportamiento de esa obra de la creatividad yldiana.

Al final, como había esperado en un principio, resultó que sus miedos eran innecesarios. Era cierto que los criados les guiaron por tantos pasillos, dieron tantos giros y vueltas que pronto perdió el sentido de la orientación. Ni siquiera buscando referencias visuales en lo alto podía ubicarse, puesto que cuando los setos no le tapaban el horizonte, lo hacían las estatuas de dioses en posturas de contorsionistas, rodeados por sus rabos y en medio de risas o aullidos mudos. Por ese motivo los criados ralentizaron el ritmo, lo cual le hizo sentir que el laberinto era mucho más grande de lo que en verdad era.

Cuando vieron de frente la fachada de la embajada, ni siquiera se detuvo a analizar los grabados que enmarcaban la puerta en numerosas arquivoltas. Entró en el edificio, sintiendo el fresco de su interior al mismo tiempo que la penumbra le dificultaba la visión. Cuando sus ojos se acostumbraron, se dio cuenta de que estaba en un recibidor capaz de albergar a todos los ocupantes de la Orsa-gaas. Frente a él había una escalera imperial que ascendía al piso superior. A cada uno de sus lados, en las paredes que sorprendentemente no tenían ningún otro decorado más que la lisa y brillante piedra oscura, se abría  un pasillo precedido por un arco sostenido por columnas con representaciones divinas, aunque parecían ser dioses menores, puesto que no tenían ni la grandeza de talla ni de cuerpo de las esculturas de fuera.

—Sus aposentos están en el ala familiar, en la segunda planta —dijo un criado señalando hacia la izquierda —Supongo que deseará que sus caballeros de compañía sean distribuidos cerca de usted.

—Sí. Si es posible —respondió.

Por primera vez fue consciente de que era el trato formal y recargado con el que le trataban lo que le hacían sentir irritable. Estaba seguro que de ser cualquier otro miembro del grupo, habría disfrutado del espectáculo de ver a un superior intentando hablar con ese lenguaje tan presuntuoso, pero al ser él, y al ser consciente de que por más que lo intentaba, las palabras enrevesadas no estaban en su mente, tenía ganas de acabar con la conversación rápido y poderse encerrar en su habitación.

—Por favor, por aquí.

Los criados se dirigieron a la escalera de la izquierda y el que se había dirigido a él se atrasó para quedar a la altura de Fran sin llegar a ponerse nunca demasiado cerca.

—Como ya le habrán explicado, esta es una estación espacial especialmente importante por su carácter histórico. En esta misma estancia se firmó el Tratado del Aceite, y en el ala pública hay numerosas habitaciones famosas por ser donde se inició una provechosa relación comercial o se finalizó otra. En el ala familiar también hay cámaras importantes, como la Casa Magna, donde se hospedó el primer Príncipe de las Especies, el primer Soberano Supremo que visitó una estación comercial, y fue precisamente esta. Sin embargo me avergüenza tener que admitir que en aquella época nuestras capacidades eran muy inferiores a las actuales. En el edificio embajatorial sólo hay seis serrallos de importancia.

Fran asintió con los ojos perdidos en los dibujos que había en el suelo, el cual era tan liso que uno debía tener cuidado para no terminar deslizándose. Si la Lirdem era una estación de segunda, no quería imaginar cómo sería una de primera.

—Si no supone un problema para usted, lo aposentaremos en el serrallo de la fuente, que tiene doce estancias principales aparte de las de servidumbre. Sin embargo, el resto de sus caballeros de compañía deberán quedarse en habitaciones más humildes, a menos de que desee conservarlos con usted, en cuyo caso podríamos acondicionar los seis cuartos de servicio, la estancia infantil y las otras tres dependencias de vivienda. Por supuesto, comprendemos que esas no son condiciones en las que alguien de su categoría debería vivir por tanto tiempo, así que si esta propuesta le importuna…

—No, está bien —Fran le cortó apoyando sus palabras con un gesto rápido de la mano—. Yo mismo me encargaré de la distribución. Estoy seguro de que esas estancias de servicio serán dormitorios más que apropiados para mis “caballeros de compañía”. ¿Cuantos criados suelen dormir ahí?

—Seis, señor —dijo sonriendo pero con la duda patente en su mirada—. Sin embargo se trata de criados. Nosotros…

—Sí, descuida. Hay mucho soldado raso aquí atrás. Estoy seguro de que si le doy una habitación individual, se sentiría perdido con tanto espacio libre.

Por una vez el criado pareció estar sinceramente de acuerdo con él.

—Comprendo. Si ese es el caso, me alegro de que el problema se haya solucionado.

Cuando llegaron a lo que el yldiano había llamado serrallo, Fran descubrió que se trataba de una casa dentro de la embajada. A través de una ancha galería se llegaba a la puerta principal, de doble hoja y, como era costumbre, sin pomo. Los yldianos la abrieron situando la palma sobre su superficie y esperando a que una línea de luz azul brillara entre las rendijas. Luego se abrió sola, dejando paso a un pasillo corto y amplio. Había dos estancias a ambos lados, una un despacho familiar y la otra la habitación para recibir a las visitas. Del pasillo se accedía a un patio interior donde había una fuente sencilla, sin ninguna imagen de animal o dios. Una docena de puertas señalaban el acceso para las estancias inferiores, y luego una pequeña escalera subía al piso superior, donde había más dependencias.

Mientras observaban el techo del patio, que estaba iluminado pero no suplía la luz del sol artificial, Fran se dio cuenta de que los criados se habían acercado entre si y conversaban en voz baja, nerviosos. Pensó en darle espacio, por si tenían algún problema que querían esconder a la vista de sus ilustres visitantes, pero después de captar dos miradas de reojo hacia él, decidió acercarse.

—¿Ocurre algo?

—Mis disculpas, Teniente. Tenemos problemas en la distribución.

—Bien. Díganme —casi exigió, cruzándose de brazos—. Estoy seguro de que puedo ayudarles.

Los criados dudaron pero al final uno, el que había estado hablando con él en todo momento, se llevó una mano al pecho y por un segundo Fran estuvo a punto de volver a malinterpretar el gesto. Luego comprendió que estaba comunicándose con alguien ausente.

—Nos informan de que hay más personas que deberían ser ubicadas en este serrallo.

—¿Tenemos que irnos? No pasa nada. Cualquier otro lugar estará bien.

—No, su excelencia —se encogió el criado de dos metros—. Lo que queremos decir es que nos han comunicado que usted se adscribe a la jurisdicción del Capitán Kim, el cual se dirige hacia aquí.

—Así es —dijo con naturalidad.

—En ese caso, ¿considera adecuado que le demos a él la estancia principal y destinemos a usted la séptima estancia? ¿O a usted le correspondería la cámara núbil? Espero que no le ofenda nuestra duda.

Fran frunció el ceño. No sabía si estaba dejándose llevar por la superstición, pero no le gustaba que desde que llegara a la Lirdem el número siete no hubiera dejado de repetirse. Sólo por eso se decantó por la segunda opción. Los criados asintieron y se sonrieron. Sus rostros dejaban claro que acababan de pasar otra crisis administrativa de dimensiones que Fran era incapaz de comprender. Siempre había creído que el régimen militar era el más duro y burocrático, pero ahora comenzaba a sospechar que había un lugar en el universo donde le habían arrebatado el título.

El capitán Kim llegó casi media hora más tarde, tiempo que Fran aprovechó para dejarle al cabo Villani la tarea de averiguar la habitabilidad de las estancias del piso inferior y organizar a los hombres para que eligieran una cama según orden de antigüedad y grado. Luego subió a descubrir cómo era su habitación núbil, sospechando que estaría llena de telas de raso, colores suaves y estatuas escalofriantes. Sin embargo el dormitorio resultó ser un lugar amplio pero sencillo, sin ninguna personalidad. Había una cama doble y un separador que, intuyó, ocultaba la ducha y demás muebles yldianos de aseo. A un lado había un tocador con un agradable parecido a un buró, y en la pared contraria había una alfombra de un género esponjoso y peludo, decorado con cenefas y colores ocres, cojines, sillas retiradas a un lado, mesita de café y un ventanal que, para su alegría, le dejaba admirar la bonita vista del laberinto desde arriba y el jardín central. A lo lejos identificó los tres edificios que señalaban los distritos, y otro más que no supo reconocer.

Estaba analizando la estancia, recordando lo que había dicho sobre sus hombres y el espacio sobrante en los dormitorios, cuando metió la mano dentro de su bolsillo y rozó un metal frío. Se había olvidado del anillo. Se giró hacia la puerta para ver al criado que no se había atrevido a entrar, como si con tal acción fuera a invadir su intimidad, pero permanecía de pie, inquieto. No parecía acostumbrado a permanecer ocioso.

—Hoy hablé con un hombre durante el banquete. Estaba sentado a mi derecha. No recuerdo su título. Creo que se llamaba…

Recordaba haberlo dicho segundos después de despedirse, sin embargo ahora las palabras no le venía a la boca. Casi estaba seguro de que comenzaba con «D», y se parecía a un nombre humano, como Dylan, pero definitivamente no era ese.

—Laeto —le intentó ayudar el criado con una sonrisa suave.

—¿Cómo?

—Laeto. El título que corresponde a los excelsos señores con los que compartisteis comida es Laeto. Son los más doctos y cultivados de entre los mejores. El título completo es Laeto de la centésima sexagésima nona apertura de la Estación Comercial de Según Orden, Lirdem, pero sólo se usaría en recepciones regias.

—Sí. —Fran esbozó una sonrisa comprometida. —Laeto… “algo”. Me dijo su nombre, pero…

Intentó construir alguna escusa vana que sonara tan grandilocuente como la de los yldianos y así evitar decir que no había sido capaz de quedarse con el único nombre al que prestó verdadera atención, pero por suerte no hizo falta. El criado, manteniendo su eterna sonrisa, se llevó los dedos al pecho y los movió apenas unos milímetros antes de responderle.

—¿A su derecha? ¿Podría tratarse del Laeto de Minam?

—Puede ser —respondió bastante convencido—. Muchas gracias. ¿Hay alguna forma de que pueda verle en los próximos días?

El yldiano asintió y le señaló con la palma de la mano al buró que había cerca de él.

—Por supuesto. En su tocador dispone de un petitorio. Basta con mencionar a la persona con la que desee citarse y su petición será recogida en la base de datos y satisfecha tan rápido como se pueda. Si por el contrario desea llamar a algún miembro del servicio de la Lirdem, por favor, use este de aquí —dijo levantando la mano para mostrar una placa junto al marco de la puerta. —Estamos siempre encantados de poder ser de utilidad.

Algo en su tono de voz le hizo sentir a Fran que se estaba despidiendo, sin embargo en cuanto cerró la boca volvió a colocar una sonrisa amable sobre sus labios y se quedó quieto, en la puerta, atento.

—Gracias.

—Siempre es un placer.

Tras uno segundos de incómodo silencio, comprendió que el hombre no se marcharía a menos de que se le diera permiso para ello, y cuando lo hizo, el criado le dedicó una inclinación de cabeza y retrocedió unos pasos antes de darse la vuelta y marcharse a paso ligero. Salió de la habitación para verlo bajar las escaleras, saludando a todos los humanos que veía, pero sin perder el ritmo. Tenía prisa y seguramente por culpa de haberle estado atendiendo. Fran iba a tener que vigilar esos detalles con los yldianos o terminaría ganándose reputación de desconsiderado. Por lo visto en Yldium la cortesía se ejercía a otro nivel.

Como le habían avisado, el capitán Kim fue acomodado en la estancia principal, y como éste mismo le comentó más tarde, era tan suntuosa como había supuesto. La mayoría de los soldados se distribuyeron las habitaciones de la planta baja, que eran las más sencillas según los criados. En total había espacio para treinta y seis hombres, por lo que en el piso superior, donde había más estancias y más espaciosas, se colocaron a un par de cabos y a los otros suboficiales de la tercera compañía, y estos, por supuesto, no dudaron en celebrarlo ruidosamente.

Poco después de que Fran hubiera terminado de colocar las cosas fuera de su macuto y se hubiera dado una ducha rápida, el cabo Lao y el soldado Perkins tocaron a su puerta.

—Mi teniente —saludaron cuadrándose—. Estamos verificando el dormitorio de cada uno y haciendo recuento. ¿Le han traído ya su equipaje? ¿Hay algo que necesite?

—Sí, me trajeron mis cosas con bastante rapidez. ¿Alguno de los chicos ha tenido problemas con el suyo?

—Sólo retrasos, señor. Los de graduación inferior van en último lugar y tenemos que esperar a un guía yldiano para ir al puerto y regresar. Los operarios se están encargando de dar los paseos y meterse en ese infierno de laberinto, y los de la segunda compañía se encargan de transportarlo dentro del edificio, así que tampoco tenemos mucha confianza en que se den prisa con nosotros. Esos tontos siguen enfadados porque somos mejores que ellos en cualquier juego de mesa que nos pongan delante.

—Especialmente si hay apuesta de por medio —incidió Fran intentando parecer censurador, pero la sonrisita divertida bailoteaba en sus labios.

—Si hay apuesta, somos aún mejores —respondió el cabo Lao con dignidad.

—En ese caso, asuman las consecuencias. No me importa lo qué tengan que hacer, como si tienen que dejarse ganar un par de veces para que sus equipajes lleguen antes del amanecer, pero mañana a primera hora los quiero formando en el patio y con el uniforme de estación recién planchado y abrillantado.

—Sí, señor —dijeron ambos soldados al unísono.

—Iba a reunirme con el capitán para pedirle que convenciera al comandante de que añadiera comida a la reunión de esta noche, pero no sé si nos dará tiempo de avisar a los operarios de que vayan a la despensa de la Orsa-gaas sin que los yldianos lo noten.

—Creo que no hará falta, señor —le dijo el soldado Perkins—. Me ha aparecido entender que están haciendo precisamente eso. ¿Se le ha informado ya de la hora y el lugar de la reunión? —Al ver que Fran negaba, continuó. —Tenemos cincuenta minutos. Es en la sala que hay cruzando el corredor, en el sentido contrario por el que vinimos. Vamos a ir más tarde todos juntos, pero si desea adelantarse, no hay pérdida. Tiene unas puertas… llamativas. Es la habitación que los yldianos han designado para nuestras necesidades.

—Para eventos sociales —puntualizó el cabo Lao sin poder esconder una sonrisa—. Para nuestros exclusivos eventos sociales.

—Sí, la “cámara del placer”.

Pérkins clavó sus ojos en los de Fran y se esforzó por mantener una expresión seria a pesar del temblor en la comisura de sus labios. No se trataba de una broma de soldados. La habitación se llamaba así.

—Iré a verla.

—Sí, señor.

Los hombres se apartaron, para dejarlo pasar, y Fran dio unos pasos antes de volverse para mirarlos.

—Háganme el favor de no hacer ningún chiste al respecto.

—No teníamos nada en mente, señor —murmuró el cabo Lao alzando la vista inocentemente—. Sólo íbamos a comunicarle al sargento que el teniente iba a dedicarse unos minutos de disfrute personal en la…

—Ni se le ocurra terminar esa frase, cabo—le gruñó señalandole con un dedo, pero no debía de verse muy amenazador porque el soldado Perkins, quien rara vez se reía de un superior, tuvo que taparse la boca para que no sonara demasiado fuerte la carcajada.

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Un comentario en “Sangre Azul 05: Hospedaje

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