Sangre Azul 04: El banquete

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Capítulo 4

El banquete

Shasmel no recordaba haber estado tan nervioso en toda su vida. El miedo había dado paso a la euforia, y apenas podía reprimirse para no dedicarle sonrisas de absoluta alegría a los otros laetos que marchaban a su lado. Había visto a los humanos. No consiguió un buen lugar y se había tenido que contentar con un hueco junto a una columna, atrapado entre los tirabuzones artificiales de un noble de Antarcas y la piedra, pero los había visto. Desde aquel lugar sólo había podido percibir dos cosas. La primera era que realmente se parecían a ellos, aunque algunos tenían un tono de piel molestamente similar al de los hirge y eran muy bajos. La segunda era que su vestimenta era tan sencilla y falta de alegría que podrían haber pasado por criados del templo de Danuzi en su periodo de adiestramiento, y era eso lo que le tenía tan feliz.

La humana era una cultura que llevaban milenios de retraso con respecto al resto de especies, todo el mundo lo sabía. No tenían tecnología adecuada para llegar hasta Yldium, no en el transcurso de menos de cuatro generaciones, y por lo que acababa de presenciar, su riqueza material no debía ser muy alta. Un viejo dicho de Sider, cuadrante de donde era oriundo el Soberano Supremo, decía «el mendigo sonríe ante la caridad del pobre pero recela de la del rico». Cada cual podía interpretarlo como quisiera, pero era evidente que quienes visten con austeridad, por deseo o por obligación, desprecian a los que visten con ostentación. En ese aspecto Shasmel llevaba la ventaja frente a sus compañeros.

Los diecisiete laetos estaban siendo conducidos por los criados a través de los senderos secundarios del jardín. Intentaban así evitar a la multitud que se dirigía al banquete de recepción y adelantarse para acceder a la mesa principal antes que sus invitados. Shasmel tenía que admitir que la organización se había esmerado a la hora de arreglar los setos y engalanar cada banco, fuente y poste. Las estatuas de héroes de La Liberación y dioses habían sido rodeada por gruesos jarrones poblados de jaznerias, la flor de la realeza, y al alzar la vista uno podía ver las guirnaldas cargadas de pétalos rojos y blancos enroscándose en las cintas de tul que iban de faro en faro, pero al llegar a la carpa donde se esperaba que se desarrollara la cena, su admiración se acrecentó. Como si se tratara de un día de campo en las tierras de un príncipe mayor, habían llenado el recinto con las insignias más emblemáticas de cada cuadrante, fuentes de mesa de las que manaba todo tipo de bebidas destiladas, figuras de animales escondiéndose en la vegetación que se adentraba bajo la carpa y las preciadas campanas termoprotectoras cubriendo las fuentes repletas de comida. Estaba seguro de que si la vajilla no era de nácar, sería de algo mucho más caro, igual que estaba seguro de que uno sólo de esos manteles valdría más que todo su armario.

—Si se nos permite, deberíamos conducirlos a sus asientos —les indicó un criado, sonriéndoles al tiempo que bajaba la cabeza.

Uno de los laetos más ancianos, por cuya ropa se podía adivinar que provenía de algún lugar de Cialco, dio un paso al frente y le hizo una seña molesta con la mano.

—Nos quedaremos aquí hasta que lleguen nuestros invitados. Será preferible que los acompañemos a la mesa nosotros y no que crean que hemos tenido la descortesía de empezar sin ellos.

El criado se esforzó por mantener la sonrisa en su rostro, aunque la línea de sus labios se tensó con aprensión.

—Mis órdenes son…

—Me parece muy bien, pero mis deseos son estos —le interrumpió el hombre—. Se nos va a sentar por separado, ¿verdad? ¿Acaso pretende que nos sentemos en silencio durante un tiempo indeterminado hasta que los humanos lleguen? Nos vamos a quedar aquí a menos de que se me den buenas razones para hacer lo contrario.

—Mi señor —intentó volver a explicarse el criado, con tono calmado y sonrisa comprensiva—, cuando los humanos lleguen va a haber mucho alboroto y nos será imposible indicarles cuáles son los asientos que les corresponden, por lo que…

—Ese no es mi problema. Si creen que no pueden hacerse cargo de la organización entonces encárguense de solucionarlo, pero no nos perjudiquen a nosotros.

Shasmel estaba escuchando la conversación a un lado, en silencio y curioso por descubrir cuánto le iba a costar al criado darse cuenta de que no podía negociar con ese hombre. Estaba seguro de que los sirvientes que habían sido seleccionados para la Lirdem no habían sido sacados de cualquier parte, pero aquel podría pasar por un aprendiz. Cualquier hombre con algo de instrucción sabía que en los cuadrantes superiores un criado no tenía ninguna autoridad. Eran útiles como mensajeros, limpiadores o porteadores, pero su opinión era irrelevante y, por tanto, no servían a la hora de hacer valer sus órdenes. Cialco, además, era uno de los cuadrantes más elitistas. Para ese laeto hablar con el criado debía ser similar a conversar con una silla.

Al final, como era de esperar, el sirviente se disculpó y salió de la carpa. Si era listo iría a buscar a un administrador del comité del banquete de bienvenida. Si no lo era, lo más probable es que fuera degradado o despedido en cuanto se supiera de su mala actuación. Shasmel, que conocía el valor de la información y la importancia de prestarle atención a los detalles más sutiles, mantuvo un ojo puesto en los accesos mientras socializaba con sus compañeros. Eran competidores; el objetivo de cada uno era entorpecer las labores del otro mientras trataba de llamar la atención de los humanos, pero la cordialidad y los deseos de éxito nunca faltaban en las antesalas de las reuniones. Además de que entre sonrisas y frases banales se podía analizar las capacidades de su interlocutor y tenerlo en cuenta más adelante.

Unos minutos más tarde, unos susurros a su izquierda le hicieron girarse para descubrir que el anciano señor de Cialco estaba amonestando a otro criado. Estaban demasiado lejos como para poder escuchar la conversación, pero aunque el hombre controlaba el volumen de su voz, su rostro expresaba lo ofendido que se sentía. Shasmel tenía tanto interés en enterarse de lo que pasaba como el resto de sus compañeros, pero aunque muchos intercambiaban miradas, nadie se atrevía a dar el primer paso. La reprimenda acabó con la llegada de un supervisor, ataviado con la banda blanca que lo señalaba como miembro de la administración y acompañado por el primer sirviente. Ambos señores intercambiaron un par de palabras mientras los criados, a un lado, bajaban la cabeza con culpabilidad y respondían de vez en cuando con frases cortas, disculpándose. Cuando el laeto de Cialco regresó al grupo, aparentemente satisfecho por la resolución del problema, Shasmel salió tras el supervisor.

—Un momento —llamó, deteniéndolo cerca de la entrada lateral de la carpa—. No me ha quedado claro si el tutor dará un discurso en algún momento antes o después de la comida —mintió.

—No, laeto… —Hizo un gesto, llevándose la mano a la clavícula para recibir la información de su circumo— de Minam. No será necesario. El tutor ya dio el discurso de bienvenida y ahora mismo se dirige a sus habitaciones para terminar los preparativos para las actividades de los próximos días. Como usted sabe, en una sección será el Sisloia y debe enfocarse a su intervención en ese momento.

Shasmel asintió con comprensión, asegurándose de que los laetos que había a pocos metros de él habían perdido el interés en su conversación, y adelantó una mano para que el supervisor no se alejara.

—Si me permite, ¿ha pasado algo con mi amigo? Acabo de ver cómo discutía con usted y temí que lo hubieran reprendido.

El hombre miró confundido hacia el laeto de Cialco y luego a Shasmel. Los criados que habían tras él levantaron la cabeza sutilmente, temiendo volver a ser amonestados.

—No, mi señor. Ha sido un error nuestro. Un siervo le faltó al respeto pero ya se han tomado las medidas pertinentes. No volverá a molestarles en el transcurso de su estancia en la Lirdem. Se lo aseguro.

—Lamento oír eso. He presenciado la conversación y conozco a mi compañero. Es un hombre respetable y lleno de buenas cualidades, por supuesto —dijo, obteniendo un asentimiento por parte del otro—, sin embargo a veces se vuelve un poco… ¿Cómo decirlo? Un poco difícil en los momentos tensos. Le puedo asegurar que nadie le faltó al respeto, pero agradezco que tuviera la cortesía de complacer a mi querido amigo.

Por el rabillo del ojo vio como el primer criado le lanzaba una mirada sorprendida, cargada de gratitud, antes de volver a bajar la cabeza y fingir que no escuchaba lo que decían. El supervisor por su parte asintió pensativo.

—Soy yo quien le agradece su aclaración. Por respeto destinaremos a Oria a las cocinas, donde no habrá posibilidad de que vuelva a molestar al duque de Hiedraseca. Sin embargo, y con vuestro beneplácito, no será expulsado de la Lirdem.

—Estoy de acuerdo.

Shasmel dio un paso atrás, dándoles permiso para marcharse, y observó con orgullo la espalda del criado que se alejaba, mucho menos cabizbajo y más feliz. No podía estar seguro de que acabara de hacer un aliado entre la servidumbre, pero esperaba que su intervención le sirviera para algo en el futuro. Había visto a su tío hacer lo mismo miles de veces, ganarse el favor de aquellos que nunca recibían más de una mirada, y bien sabía cómo de valiosas se volvían esas personas.

Unos minutos más tarde las voces al otro lado de las telas brillantes aumentaron. El gentío se estaba aglomerando a la espera de que se les permitiera pasar y, por la excitación en sus tonos, la embajada humana debía estar acercándose. Dos criados entraron con apremio y se acercaron a ellos, pidiéndoles permiso para guiarlos a sus asientos, y esta vez nadie se opuso. Shasmel se aseguró de ser de los últimos y permaneció en todo momento atento a la abertura de la entrada más cercana, intentando ver algo. En su campo de visión sólo entraba el paseo de estatuas y los altos setos, donde no había nadie, pero precisamente porque la zona estaba deshabitada y era el acceso más cercano a la mesa principal, sabía que los terrícolas tendrían que llegar por ahí. Finalmente, en el último momento, alcanzó a ver a un par de curiosos seres acompañados por el vizcaudillo y sus hombres, todos portando el uniforme de la Flota Suprema y con la jazdenia bordada en los escudos de sus fajines.

Los seres humanos eran mucho más bajos de lo que había esperado, incluso más que los hirge, y sus formas eran agradables, de espaldas anchas y caderas estrechas. A la cabeza del grupo, hablando con los militares, habían colocado a las mujeres. Tenían el cabello corto, como era natural, y aunque era evidente que cuidaban sus barbas, no exhibían ningún adorno en estas. Sus ropas eran extrañas, con un colorido más digno de trabajadoras de campo que de mujeres de alcurnia. Sus pantalones y chaquetas dibujaban tan fielmente sus figuras que era imposible dudar del ancho de sus brazos o la fuerza de sus muslos. Sin embargo había que admitir que guardaban muy celosamente sus colas, quizás bajo la ropa. Lo más atrayente de ellas era lo mismo que había notado en el resto de sus congéneres, el color de su cabello. Dos de ella tenían un aburrido blanco amarillento, o quizás amarillo blancuzco, no podía estar seguro, pero la tercera, que andaba más adelantada y tenía toda la atención del vizcaudillo, mostraba una cabellera más oscura que las fosas de Maan.

—Mi señor de Minam —le llamó un criado, acercándose a él—. ¿Me permite que le lleve hasta su asiento?

—Por supuesto —Shasmel lanzó una última mirada tras él, intentando adivinar el color de los ojos de sus huéspedes sin ningún éxito, y se encaminó hacia la mesa.

Unos minutos más tarde entraron el resto de narsianos. Estaban impacientes y sus cuchicheos resonaban en toda la carpa. A lo lejos alcanzó a ver su mansu, los cinco girados hacia él en su mesa redonda y lanzándole miradas expectantes. Shasmel les dedicó un cabeceo educado, pidiéndoles confianza en silencio.

Cuando los humanos fueron llevados al interior las voces fueron apagándose poco a poco y en los rostros de los presentes sólo se vieron efusivas sonrisas y gestos de alegría. La exótica belleza de las humanas iba a ser el tema de conversación de esa noche. Los narsianos no habían traído mujeres por respeto, ya que en el mensaje que había enviado el gobierno humano mencionaba cierta afrenta contra el género femenino. Nadie sabía cuál era el problema del que se hablaba, pero para evitar conflictos debido a las diferencias culturales, creyeron que era mejor ni siquiera permitir criadas en la estación espacial. Saber que los humanos sí habían llevado a las suyas era un motivo de alegría pero, sobre todo, interés. Lo más seguro era que esperaran poderlas casar con algún noble narsiano para fortalecer sus pactos, y había muchos hombres en la sala que apreciarían tener ese tipo de parentesco con estos nuevos socios comerciales. Los beneficios de tal unión serían muchos.

Las mujeres fueron dirigiéndose al otro extremo de la mesa mientras los corazones de Shasmel latían con fuerza, nerviosos. Cuando un criado detuvo a una de ellas frente al asiento de su derecha, se levantó al mismo tiempo que los demás. Intercambiaron una mirada entre ellos, sorprendidos porque la administración hubiera decidido sentar a una fémina lejos de su padre o tutor, pero nadie dijo nada. Con suerte los criados notarían el fallo y lo solucionarían con discreción.

—Si me permite… —dijo el laeto que se sentaba al otro lado, ofreciéndole su mano a la humana para ayudarla a sentarse.

La mujer le extendió la palma de una forma poco común, de canto, y el hombre la miró unos segundos sin saber qué hacer antes de tomarle con delicadeza los dedos e inclinarse para rozarlos con su frente. El rostro de la dama se tensó, como si el contacto directo fuera algo que no hubiera esperado, sin embargo le dedicó una sonrisa amistosa. Luego, sin saludar al resto, se sentó. Estaba claro que se sentía intimidada por la cercanía de tantos varones.

—Soy Balges de Fontisma, secretario primero del príncipe Osmeejer Dulceluna y duque de Colinapúrpura —se presentó el hombre. El tono apagado de su pelo verde delataban una edad muy cercana a los sesenta ciclos, más si frecuentaba las clínicas de revitalización, pero sólo eran apreciables unas minúsculas arrugas en su frente y en torno de su boca.

Shasmel no sabía de qué planeta era la dinastía Dulceluna, ni si su gobierno era continental, planetario o sistemático, pero por el acento del hombre y la inflexión final de sus palabras, juraría que era del cuadrante Caldem. Por tanto le habían sentado junto a enviados de los Cuadrantes Superiores, lo que no le hacía sentir muy tranquilo. La diplomacia ahí se practicaba a otro nivel, puesto que las casas nobles tenían siempre un lugar en la corte del Soberano Supremo.

Con un carraspeo intentó llamar la atención de la dama, pero no consiguió que se girara. La voz de la mujer al responder al duque de Colinapúrpura fue grave y seca, lo que le produjo un extraño escalofrío en la columna vertebral. No sabía que una garganta narsiana, o humana en este caso, pudiera emitir un sonido tan cálido. De inmediato el traductor de su circumo transformó las palabras en su mente, permitiéndole comprender lo que decía.

—Es un honor, su excelencia. Mi nombre es Nick Shepherd, brigada de la Orsa… La Yldii —se corrigió moviendo nerviosamente las manos sobre su regazo.

—Yo… —comenzó a decir Shasmel, inclinándose hacia ella para conseguir atraer su atención, pero de nuevo fue pasado por alto.

—Un nombre precioso —El hombre de cabellera azul que había frente a ellos sonrió—Nick. Suena como el roce de la seda, suave y dulce, como usted. ¿Está bien si uso su nombre de pila? Yo soy Mardalaman de Bestelfebuc, pero puede llamarme Marda —Finalizó con un parpadeo coqueto.

Bastaba con ver su peinado lleno de diminutas perlas y el violeta de sus ojos para saber que era de Pisdrilac, un planeta más famoso por sus bandidos que por sus diplomáticos. Lo despreció al momento. Ni siquiera había dado su título, lo cual significaba que no era nadie relevante, algún segundón de una familia venida a menos y que el príncipe de Pisdrilac había considerado lo suficiente taimado para sus propósitos. Esperaba que la dama hubiera recibido una buena educación y tuviera el sentido común de desconfiar de su tono meloso.

—Un placer, pero la verdad es que me sentiría más a gusto si usara mi apellido.

 Tímida, amable y sensata. Le agradó.

—Yo soy Shasmel de Minam —se presentó al fin, consiguiendo que la mujer se girara y posara sus comunes ojos azules sobre él—, representante del príncipe Distel Sueñoplácido, aunque dudo que el nombre le diga nada. Baste con saber que mi señor es el soberano de Pergán, el planeta de los livios de fuego y las Metalurgiales, una de las setenta y siete fiestas más importantes del calendario Yldiano.

La sonrisa que asomó bajo la barba rubia de la dama le hizo sentirse valiente. No podía saber si estaba siendo educada o si de verdad le estaba agradando pero decidió seguir su instinto.

—Si alguna vez le ofrecen hacer un crucero por el cuadrante Persei, no dude en hacernos una visita. Le quedará un poco lejos, y estoy seguro de que en este momento no quiere oír hablar de más viajes, pero le aseguro que no lo lamentará, aunque sea para poder decir que ha escuchado a un sluco cantarín. ¿Sabe lo que son?

Ella negó con la cabeza, manteniendo la sonrisa con tirantez. No estaba interesada. Era mejor cambiar de tema. Antes de que pudiera ocurrírsele algo con lo que desviar la conversación a otros rumbos más interesantes, el duque se rio, llamando la atención sobre sí.

—No seas tan efusivo, mi querido muchacho. Son pocos los chicos de Pergán que llegan a salir de su planeta, pero todos creen que éste es el mejor de Yldium —le dijo a la humana con aire confidente—. Si le soy sincero, brigada, no lo podría colocar en un mapa aunque me señalaran dónde está su sistema solar, y aún si me lo dijeran, lo olvidaría al minuto.

—Yo sí que sabría ubicarlo —aportó Marda con una sonrisa desdeñosa—. Estoy tan acostumbrado a escuchar a los misioneros de Sensalma pidiendo donaciones para ayudar a los niños desnutridos de nuestro vecino Persei que ya me sé el nombre y la situación de todos sus planetas. ¿No fue el ciclo pasado cuando una tormenta solar casi acaba con la población de Odís?

—No. No fue el ciclo pasado. —La sonrisa de Shasmel podría haber pasado por agradable si sus ojos hubieran mostrado alguna expresión.

Ni había sido hacía un ciclo ni por una tormenta solar. Había sido una alteración geomagnética en la atmósfera que había inutilizado los principales métodos de comunicación en medio de una crisis política. Lo que de verdad casi acabó con la población habían sido las revueltas y las medidas extremas que el príncipe Melcare ordenó tomar, pero no era un tema sobre el que le gustara hablar en presencia de los embajadores extranjeros, ni de una de sus mujeres.

El duque de colinapúrpura aprovechó el momento para demostrar su diplomacia riendo y quitándole peso al asunto. Un segundo después sonó tres notas alegres por el hilo de comunicación interna, indicando que todas las mesas ya estaban ocupadas. Las campanas termoprotectoras que aislaban los entrantes desaparecieron. El olor de la carne de filostrofono y la salsa de hierbas de Narsis hicieron que su estómago se encogiera, hambriento.

—Supongo que en su planeta no disponen de estos alimentos —continuó el duque, tomando una oblea de chimo recubierto con criadillas de ñuul—. No se reprima. Pruébelo. Le puedo asegurar que toda la comida que se ha servido aquí es apta para su organismo. Los hirges tienen muchas cosas malas, pero sus estudios biológicos no son una de ellas. No sé cómo la administración consiguió los resultados de los informes que hicieron sobre su pueblo, pero me alegro de que lo haya hecho.

La mujer asintió.

—Sí, ya se nos informó de ello, aunque no sabíamos que los datos habían sido obtenidos de los hirge.

—Oh, mi brigada, no se ofenda. Le puedo asegurar que no va a encontrar otra especie en la galaxia que odie a los hirge más que nosotros. La causa de guerra que pudieran tener ustedes contra ellos no es nada en comparación con lo que nos hicieron hace dos milenios. Durante todos estos siglos de paz no ha habido un sólo día en el que uno de nosotros haya pensado en perdonarlos, ni ellos en compensar el daño.

La humana lo miró con interés pero si por su mente pasó la idea de preguntar, no lo hizo, y el duque no se molestó en hablar más de ese doloroso capítulo de la historia narsiana. Había temas que no eran apropiados para los oídos de una dama.

—Si quiere mi consejo —se ofreció Marda señalando uno de los entrantes con el dedo—, empiece por este. Es suave y deja un regusto acre de fondo. Es pigpig.

—No sé lo que es el pigpig.

—Un manjar —aportó Shasmel, aprovechando su oportunidad—. Es algo muy difícil de conseguir, sobre todo a estas alturas del ciclo, cuando el invierno ya ha empezado en Narsis. Son larvas de buboptero rehogadas en igsdra.

¿Larvas? —Su sonrisa estaba teñida con la sombra del desagrado.

Supuso que para los humanos aquello no era considerado comida.

—No se preocupe. Pruebe el gosdrom. Es savia de licdrom con polen, elaborado por kistanas.

¿Qué son las kistanas?

—Unos insectos —le explicó el duque—. Digieren las secreciones de las plantas y lo transforman en gosom. Pero el más dulce de todos es el que se hace con savia de licdrom; este —dijo señalando un cubito de color sonrosado y pegajoso—. Esta variedad en particular se llama gosdrom y es la más difícil de conseguir.

La mujer asintió y tomó una porción, olisqueándola antes de deslizar la lengua por la superficie. Shasmel, abochornado, apartó la mirada. No esperaba ese tipo de comportamiento en una dama. El duque también fingió encontrar sus manos repentinamente interesantes pero Marda permaneció con una sonrisa complacida observando los gestos indecorosos de la mujer.

El sabor no debió agradarle mucho porque a pesar de declarar que estaba bueno, lo dejó en un lado de su plato y posó su atención sobre su copa.

¿Qué hay para beber?

Shasmel se sonrió. En su casa nunca se había seguido el protocolo estrictamente y los líquidos se servían al tiempo que los sólidos. Cada vez que acudía a una comida de etiqueta tenía que aguantar su sed hasta el cambio de plato, pero si las costumbres humanas eran otras, lo más seguro era que el resto de las cenas conjuntas fueran al estilo terrícola, y eso no le desagradaba.

¿Tendrán agua? Así, sin gas ni… Bueno, hache dos o, ¿saben?

No, en Yldium no tenían esa bebida tan extraña. Su agua era simple y pura, con ligera mineralización dependiendo de la fuente, pero si la humana deseaba algo especial estaba seguro de que los criados estarían encantados de ofrecerle una copa de agua destilada de Narsis. Era macerada en barrica junto al gosdrom durante un cuarto de ciclo y después procesada en las fuentes de sulfato hasta que perdía el dulzor. No era el mejor remedio para calmar la sed, pero animaba el espíritu. Su único problema era que un par de sorbos de más podían acabar con la reputación del mejor de los hombres.

Mientras un criado rellenaba la copa de la dama Shepherd, Shasmel aprovechó para mirar en torno suyo. La mayoría de los laetos estaban entablando conversación con menor o mayor éxito con los humanos. La comida en el centro de la mesa apenas era tocada y las copas de todas las terrícolas que alcanzaba a ver estaban llenas. Tendrían que solucionar el problema de las diferencias gastronómicas. No podían permitir que los humanos se desnutrieran.

Tomó un pedazo de Nap con soque de orveja y se preguntó si habría algún animal que pudiera tener el más mínimo parecido con algún ser de la fauna terrestre. Si había tres especies inteligentes en el Universo con similar fisonomía, como eran los hirges, humanos y narsianos, la posibilidad de encontrar fauna en común no era tan descabellada.

Durante los siguientes diez minutos, Shasmel presenció los improductivos intentos de la humana por usar los cubiertos. La idea de atraer y dirigir la comida con una vara, sin tocarla, no parecía tener mucho sentido para ella, que se empeñaba en ensartarla y destrozarla. Al principio se sintió ofendido, pero al cabo de unos minutos el espectáculo resultó tan ridículo que no pudo evitar reírse. Las pequeñas obras de arte que los cocineros habían preparado una a una se despedazaban en el plato de la mujer entre sus gruñidos de frustración.

Cuando más tarde intentaron explicarle cómo dividir las porciones en pedazos perfectos con el custillo, Shepherd directamente se negó a intentarlo. Cabezota, orgullosa y algo torpe. No eran las cualidades más admirables en una dama, ni de un caballero, todo fuera dicho, pero había que ser permisivo. Nadie abandonó su sonrisa. Volvieron a reír, se encogieron de hombros y continuaron con la charla fingiendo no notar cómo el plato se volvía cada vez más sucio y desagradable. Debía ser cultural, porque la vajilla de nácar del resto de invitados no estaba en mejor condición.

En un punto casi al final de la velada, cuando ya habían servido el cuarto plato y estaban anunciando la llegada de los postres, sintió algo rozándole el hombro. Al girarse descubrió que la humana de su izquierda, a la que apenas había dedicado una mirada al llegar, estaba intentando recoger algo del suelo sin apoyar la cabeza sobre el muslo de Shasmel.

Impulsó su silla para que flotara unos centímetros hacia atrás, dejándole espacio para maniobrar, y esperó a que se alzara para dedicarle una sonrisa. No quería dar la impresión de que le había molestado su cercanía. Al fijarse en el rostro de la joven, uno de sus corazones se detuvo y el otro dio un latido furioso, como si anunciara el inicio de un episodio importante de su vida. Nunca había visto unas pupilas tan negras ni una belleza tan perfecta. Tenía el cabello marrón cremoso, una piel con un curioso tono oliváceo y unos rasgos inquietantemente andróginos. De no ser por la barba recortada que le crecía bajo los finos labios y el ancho de su quijada, se habría planteado que fuera un hombre. Hasta la expresión de desagrado que parecía estar de forma permanente en su cara resultaba atrayente. Las líneas de sus cejas hablaban de autoridad, y sus pómulos altos eran dignos de un príncipe despiadado.

La mujer apenas le dedicó una mirada antes de darle las gracias y girarse, sin ofrecerle mayor atención, y Shasmel se atragantó cuando intentó corresponder al gesto. Rezó porque no hubiera escuchado su ridículo tartamudeo.

La actitud de ella daba a entender que no le gustaba, ni él ni el resto de los hombres que la rodeaban. Podía entender el porqué. Estaba seguro de que ninguno de los laetos que intentaban hablar con ella había pasado por alto su belleza y sospechaba, por la actitud que tenía la dama Shepherd cada vez que Marda intentaba adularla, que no era algo del agrado de las humanas.

La molesta idea de que pudieran no resultar gratos a la vista de esa otra especie lo paralizó. No era la primera vez que la posibilidad pasaba por su cabeza, pero nunca de una forma tan contundente como en ese momento. Sabía que había muchos seres en el Espacio que tenían que hacer un esfuerzo por no exteriorizar la repulsión que les causaba, pero había esperado que los terrícolas, con los que tenía tanto parecido físico, no fuera así. Mirándose las manos, se preguntó si el tono azulado de su piel o el tono rosfia de su cabello los incomodaba.

Mientras se terminaba el último plato, apenas pudo centrarse en la conversación con la brigada. La mujer se mostraba más receptiva a sus comentarios, pero a él le costaba no distraerse cada vez que sentía un movimiento a su izquierda, preguntándose si a la hermosa dama se le había caído otro cubierto o podía necesitar de su ayuda. Cada vez que se giraba con la esperanza de verla mirando hacia él, la encontraba escuchando con el ceño fruncido la explicación de uno de sus compañeros o replicando con tono contenido y frío. Podía simplemente acercarse, darle su nombre con educación y entrar en la conversación de esa parte de la mesa, pero la actitud de la joven y la altura a la que ya estaban de la comida le disuadían de ello. El postre no era un momento elegante para presentarse. Sólo sería más evidente que durante los cuatro primeros platos no le dirigió ni una mirada, y eso no era un alarde de educación.

Los últimos minutos los pasó con tanto nerviosismo que ni siquiera le prestó atención a la bandeja de dulces que los criados habían puesto en el centro de la mesa. Jugueteaba con el sello de su familia, dándole vueltas en el dedo. Lo sacaba, lo envolvía en su palma y lo volvía a meter. En una mano, luego en la otra, y finalmente golpeteó la mesa con impaciencia. Si quería presentarse a esa misteriosa dama tenía que hacerlo en ese momento o quizás no se le volvería a dar la ocasión.

Con un carraspeo y reuniendo un valor que no tenía, rozó el hombro de la señorita. De inmediato se arrepintió del gesto. Quizás había sido demasiado confiado, tocando esa tela que se ceñía con tanta precisión a su cuerpo. Podía ver los brazos bien torneados de la dama y los músculos bien definidos de alguien que llevaba una vida saludable. Las mujeres narsianas eran más hermosas cuanto más anchas de huesos, pero la mayoría no solía moverse demasiado y no tenía musculatura evidente. Tampoco los varones la tenían. Esa era una característica más propia de los hirge, y de los humanos al parecer. No le desagradó en la humana. Por el contrario se le antojó atractivo, como lo eran sus modales masculinos y sus fríos ojos al girarse y mirarlo.

Las palabras se le atragantaron de nuevo. Balbuceó algo, bajó la vista, observando el anillo entre las manos, e intentó recordar qué era lo que había planeado decirle.

—La crema de masgina… —comenzó, construyendo la frase según le aparecían las palabras en la boca.

¿Qué?

Todavía nervioso señaló el pastel que había cerca del plato de la mujer.

—Es crema de masgina. Si no le gustan las cosas demasiado dulces

—Oh, perdona. —La dama no le dejó terminar. Se volvió, cogió el pastel con dos dedos y se lo acercó.

Shasmel retrocedió, sorprendido. Entendía que la humana había creído que se lo estaba pidiendo, pero no podía entender por qué, de entre todas las formas posibles, había decidido cogerlo con sus manos. Incluso ensartándolo con los cubiertos habría sido menos grosero. Ella pareció comprender su falta de modales, porque de pronto se paralizó, lanzó un gruñido de molestia y lo dejó en su propio plato.

—Disculpa. Aún no manejo estas cosas muy bien —se explicó alzando el custillo como si fuera un vulgar palo.

Shasmel le sonrió.

—No pasa nada.

¿No hay más de eso por ahí?

La dama inclinó la cabeza para mirar las bandejas más cercanas, buscando otro pastel, pero todos habían desaparecido.

—No sabe cuánto lo siento, de verdad. No era mi intención.

—No pasa nada —En el fondo estaba agradecido por el incidente. Le había dado motivos para entablar una conversación—, pero es una pena que se desperdicie. La crema de masgina es muy suave al paladar. Es uno de los dulces más populares de los narsianos y se puede conseguir en cualquier parte. Podría parecer tan común que no debería tener sitio en esta clase de eventos, pero no hay ningún postre en todo Yldium, por muy novedoso, caro o exclusivo que sea, a la altura de la crema de masgina.

La dama le dedicó una sonrisa comprometida, la misma que tenía Shepherd cada vez que no sabía cómo decir lo poco que le agradaba algo sin sonar maleducada. Sin embargo, asintiendo como si acabara de aceptar un deber, volvió a tomar el pastelito entre sus dedos y se lo acercó a la boca.

—Le haré caso. Discúlpeme si no uso los cubiertos, pero preferiría no destrozar una obra de arte como esta.

Un comentario muy acertado. No tuvo nada que objetar. Le sonrió, contento, y esperó con la respiración contenida a que diera el primer bocado. Vio cómo los labios se abrían. Las formas redondas del dulce chocaron contra los dientes, se curvaron, y entones la imagen fugaz de una lengua lamiendo la crema se dejó entrever. Cuando la mujer volvió a mirarlo, Shasmel aún intentaba hacer que alguno de sus corazones se dignara a latir. Era la primera vez que consideraba a una mujer erótica, y eso lo inquietaba.

¡Vaya! —La humana observó el pastel con asombro. —Es como… Es dulce, como si tuviera azúcar quemada, y muy suave y fresca. Se parece a las natillas, o más bien a crema catalana pero con limón y algo más. Un sabor extraño, pero no está mal. No, para nada. Está muy bueno.

Shasmel negó para sí, feliz por haber encontrado algo que les gustara a los visitantes.

—No me extraña que haya platos parecidos entre los suyos. Un pueblo que no tiene este sabor en su gastronomía no puede ser un pueblo inteligente.

La dama le sonrió. Parecía divertida, sinceramente divertida.

¿Y dices que lo van a poner en todas las comidas? Me alegra saber que al menos tendré algo de lo que alimentarme los próximos meses.

—Estoy seguro de que lo tendrán siempre en su mesa, y si le informa al tutor de que le ha agradado este plato, lo tendrán por ración doble.

Nervioso, jugueteó con el anillo sobre el mantel, haciéndolo rodar hacia delante y atrás.

—Si hay algo que no le guste, también debería decírselo. Es duro estar fuera de casa, más aún si la diferencia cultural es tan grande. Yo viví eso cuando salí de mi planeta natal, y aún echo de menos muchos aspectos de mi tierra. Muchas cosas además de la comida. Por ello, si hay algo que podamos hacer para que se sienta como en casa, no dude en pedirlo. Le aseguro que todos aquí están a su disposición.

La mujer le dedicó una cálida sonrisa.

—Eres muy formal —le dijo con su voz grave, y sonó como un halago—. Pareces distinto al resto. Más… —Hizo un gesto vago con la mano, un gesto áspero para una mujer. —Más normal. ¿De dónde eres? ¿Eres Yldiano?

Shasmel asintió. No le molestaba que la mujer usara el término hirge para referirse a su especie. Ella no podía saber hasta qué punto ese era un tema sensible para los narsianos.

—Soy de aquí pero mi planeta es de uno de los Cuadrantes Inferiores. —No le pareció mal ser sincero. Tenía la impresión de que conseguiría mayor simpatía diciendo la verdad que hablando de las maravillas legendarias de su tierra. —Allí no disfrutamos de los lujos que hay en otras partes de la galaxia, ni nuestras costumbres son exactamente las mismas. La forma de ser de los narsianos varía mucho entre cada continente. Imagínese la diferencia que hay entre planetas o sistemas solares.

»El estilo de vida en los Cuadrantes Superiores es muy distinto a lo que a mí se me enseñó. Al principio pensé que eso sería una desventaja para mí, o como mínimo un inconveniente, pero con el paso del tiempo he llegado a agradecerlo y disfrutar de cada pequeña diferencia. Es agradable llegar a un lugar nuevo o conocer a una nueva persona y descubrir todo lo que desconocemos. Si me hubiera quedado en mi pequeño planeta, jamás habría descubierto todo el esplendor de mi galaxia, ni tendría la oportunidad de conocer las maravillas de la suya —agregó con un cabeceo de consideración que, por la forma en la que le sonrió la dama, debió ser tan coqueto como había pretendido.

 Ella asintió. Su expresión había abandonado el desprecio que la caracterizaba y le había escuchado con verdadero interés. Pareció que iba a decir algo, quizás profundo, una frase de ánimo o le iba a compartir su propia experiencia, pero entonces sonó un golpe de tambor, seguido por dos más, alargados y suaves, y se anunció el fin de la comida. Los comensales abandonaron sus cubiertos mientras los criados se acercaban.

En otras circunstancias y otros banquetes, la gente habría ido hacia el exterior para ver un espectáculo de ingenio, música o valor, pero los humanos venían de un largo viaje y debían respetar su cansancio. En ese momento debían estar abrumados, especialmente las mujeres, y ansiosos por reunirse en privado y compartir sus primeras impresiones. Los dignatarios deberían descansar y meditar para organizar la apretada agenda que seguramente tendrían a partir de ese momento, llena de reuniones con los representantes de los príncipes narsianos.

Shasmel se había levantado y observaba cómo los narsianos más cercanos a los extremos de la mesa estaban siendo despedidos. Aparentemente el gran número de damas humanas en la carpa había obligado a la administración a cambiar el orden de salida, dejando que los terrícolas abandonaran la mesa en último lugar. De esa forma sería más difícil que entre el desorden alguna se separara de sus compañeras o fuera abordada por alguien no digno de su estatus. Cuando uno de los criados de levita negra se dirigió hacia Shasmel, este miró de nuevo a su compañera. Por primera vez se dio cuenta de que era mucho más alta que el resto de miembros de su raza, poniéndola a su altura, y ese dato le resultó agradable.

—Mi nombre es Shasmel de Minam —le dijo un segundo antes de que el sirviente se pusiera a su lado con una inclinación de cabeza.

Ni siquiera se acordó de darle las señas del príncipe al que representaba. Con una sonrisa cálida le dio la espalda y se alejó, intentando convencerse de que no debía mirar atrás, y entonces la voz grave y determinada de la mujer lo hizo volverse.

—Yo soy Fran Cortés.

Una ancha sonrisa se extendió por el rostro de Shasmel mientras salía del recinto. ¿Era posible que acabara de hacer su primer contacto?

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