Sangre azul 2- El Hijo de Narsis

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Capítulo 2

El Hijo de Narsis

El transportador había llegado a la Lirdem con tres días de retraso, lo que había enfurecido a la mayoría de los enviados que viajaban con Shasmel. La culpa no era de los criados, por supuesto, y posiblemente tampoco de los pilotos, cuya labor se limitaba a fijar la ruta, pero eso no tranquilizaba a nadie. Por todas partes se podían escuchar murmullos de molestia y alguna que otra voz elevada según los sirvientes llegaban para ofrecer de nuevo unos dulces junto a las disculpas reiteradas.

Alguien había susurrado en algún momento la posibilidad de que la demora se debiera a un boicot a la Estación Suprema de Navegación, pero la idea era tan absurda que sólo suscitó risas. Nadie negaba que hubiera un grupo pequeño de políticos y aún más pequeño de comerciantes que estaba en contra del establecimiento de relaciones socioeconómicas con los humanos, pero eran inofensivos. La Estación Suprema, además, no era un lugar al que pudiera entrar un par de hombres empolvados para lograr sus propósitos con miradas de desprecio y promesas apocalípticas, ya que la violencia física no era una opción para esos octogenarios y al contrario de lo que pudiera parecer, los círculos militares de Yldium se habían declarado a favor de aceptar la petición de embajada enviada por los humanos.

El benigno Melio, tío y maestro de Shasmel, se había reído ante lo ridículo de la situación; soldados haciendo declaraciones públicas sobre política intergaláctica, o sobre política en cualquier ámbito.

—Por supuesto —había dicho inclinando la cabeza con burla—, son narsianos antes que hombres de armas, algo de sentido común debían tener bajo esas nucas desnudas y pensamientos violentos. Ellos también sacarán beneficio si los establecimientos comerciales con esta nueva raza nos abren las puertas de la Vía Láctea. ¡Una galaxia que es una mina de posibilidades!, pero no olvidemos que los hirge también tienen intereses en ese lugar, así que el peligro estará implícito en cualquier acuerdo de explotación sobre territorio humano que pudiéramos cerrar, y el peligro, mi querido Shasmel, es el negocio de los soldados.

A Melio no le había faltado razón. Según habían pasado los días desde que el Rey Supremo hubiera comunicado a los diecisiete cuadrantes su decisión de enviar una nave con tecnología narsiana para recoger a los humanos, el movimiento en las esferas militares pasó de ser agitado a convulso. Por todas partes había un primo pidiendo favores, un soldado recordando méritos a un príncipe o un alto cargo haciendo valer sus contactos para figurar en la plantilla de los que serían enviados a la Lirdem, la estación espacial que acogería a los embajadores humanos durante sesenta días El mismo transportador de Shasmel había hecho un alto en Tonalta para embarcar a setenta y dos soldados con sus correspondiente servidumbre, y aunque habían sido acomodados en babor, lejos de los ilustres enviados, hasta ahí habían llegado sus comentarios excitados sobre la naturaleza de los humanos y sus rumoreados conflictos con los hirge.

Nada estaba claro en ese sentido. Había quien decía que los humanos les habían declarado la guerra. Otros defendían la teoría contraria; habían sido los hirge. Pero la opinión mayoritaria era que aunque no había conflicto bélico declarado aún, esa joven raza recién descubierta en el Universo, amos de la Vía Láctea según el Tratado Gisliano de Espacios Expansivos, necesitaba ayuda de Yldium para respaldar sus políticas contra los hirge.

Shasmel lo lamentaba por ellos pero su misión era defender los intereses de su príncipe, y la guerra no era deseada. No conocía a los humanos, ni siquiera había llegado a verlos en los holorreportes que había descargado en su circumo. Sabía que el parecido con ellos era asombroso, casi tanto como el que había con esos despreciables hirge, pero no podía saber si también sus mentes eran similares. En caso afirmativo estaba seguro de que comprenderían que la mejor forma de tratar con el Imperio Hirge era alejarse todo lo posible de ellos, cerrarle las puertas de su galaxia, colaborar con los gislianos y abandonar toda idea que incluyera armamento y acciones violentas. No conocía a una sola civilización que hubiera salido bien parada de un encuentro bélico con esta raza, aparte de los mencionados gislianos, pero aquello ni siquiera había llegado a las armas. Ambas especies habían mostrado sus capacidades en territorio liscuano y, antes de que se hubiera producido una sola baja entre ellos, habían firmado un acuerdo de colaboración y fundado la Liga de Defensa, a la que más tarde se unieron los gulders.

Desembarcaron a seis horas de la llegada estimada de la nave humana. En el embarcadero no se podía escuchar más que el ajetreo de los criados colocando los arcones térmicos de sus señores en los portadores deslizantes y los embajadores de todo Yldium reuniéndose con sus conocidos y hablando con voces airadas. A Shasmel le costó reconocer a Manero de Gravia entre la multitud. Era uno de los miembros de su mansu, el grupo que habían formado entre los enviados de su mismo cuadrante. No era la mejor compañía y, de hecho, Shasmel sospechaba que el hombre lo despreciaba, pero no dudó en esquivar a la gente para lograr situarse a su lado.

—Mi señor de Gravia —le saludó con su sonrisa más inocente.

Podía ser aún un joven inexperto en los juegos de diplomacia y no tener un gran repertorio de trucos lingüísticos para encandilar a sus adversarios, pero su tío jamás le habría dejado comenzar su andadura en la política en solitario si no hubiese sabido poner esa sonrisa cándida en su rostro. Era su principal arma, además de su facilidad para empatizar con sus interlocutores y ponerse en su situación, amoldando su discurso para que el otro se sintiera predispuesto a confiar en él.

A su lado, Manero de Gravia hizo un cabeceo educado en su dirección, más correcto que amistoso, marcando las diferencias sociales que había entre ellos, y procedió a darle la espalda para darles unas indicaciones a sus criados. Criados que, por supuesto, Shasmel no poseía. Por suerte la Estación Mercantil Lirdem disponía de su propia plantilla de sirvientes, ansiosos por ocupar sus horas en algo productivo, y él no tendría que verse en la humillante situación de trasportar sus pertenencias hasta el dormitorio que le habían asignado, pequeño y sin dormitorio anexo para el servicio.

—¿Ha visto a Susno? —le preguntó Manero después de unos minutos, iniciando la marcha hacia una de las enormes puertas por las que se salía del embarcadero.

—No lo he visto, no.

Susno de Librevilla era un nombre conocido de un lado al otro de Persei, el cuadrante al que todos pertenecían. Sus logros en la negociación de Edreda y su participación en la Demanda Dispuesta le habían dado una reputación de orador inteligente y negociador implacable. Si había alguien a quien Shasmel admiraba dentro de su mansu ese era el señor de Librevilla. El hombre no sólo tenía unos modales exquisitos, algo muy valorado entre los suyos, sino que además tenía una habilidad sorprendente para mantener amistades incluso entre los perjudicados de sus medidas, como era el caso actual de Shasmel, quien aún no sabía si debía de sentirse agradecido o herido por su reciente nombramiento como laeto. Por una parte era un puesto de honor y prestigio, algo de lo que podría presumir en el futuro. Sin embargo era consciente de que lo estaba usando como medida para contener a sus rivales. Le había convertido en el laeto de su mansu sólo porque lo veía como un inofensivo muchacho, demasiado inexperto en el campo como para inspirar nada más que pena o burla, y aun así Shasmel guardaba un sentimiento de fascinación hacia el sexagenario hombre y su labia.

—Estará a la salida, junto al resto —aventuró Manero de Gravia, señalando con la cabeza al frente—. ¿Ha recibido el último telerreporte de la administración?

Shasmel asintió sin entusiasmo. La notificación había llegado a su circumo unos minutos antes del desembarco y no se había molestado en leerla entera, la bastaba con el título.

—Recomendaciones de indumentaria para nuestro primer encuentro con los humanos —dijo, y con las últimas palabras tuvo que reprimir un temblor de entusiasmo al ser consciente de que, en efecto, cada segundo era un segundo menos para ver a un ser humano cara a cara. No podía esperar a que ocurriera.

—Eso parece.

No lo miró pero intuyó el desagrado torciendo los labios de su compañero en su tono de voz.

—No sólo disponemos de tres días menos para preparar nuestra estrategia con tranquilidad sino que ahora nos avisan de nuevos impedimentos con tan solo unas horas de margen antes de que lleguen nuestros invitados. Si esto no es un boicot, es una negligencia digna de la dimisión de quien quiera que esté al cargo.

Mientras seguían el río de personas que se dirigía hacia los pasillos para dividirse en la bifurcación y encontrar sus habitaciones en el distrito que les correspondiera, Shasmel echó un par de miradas de reojo a su acompañante. Manero de Gravia era un noble de estirpe. Sabía cómo vestir adecuadamente para cada ocasión, y esta no era la excepción. A diferencia de muchos pomposos nobles, que habían llenado los estrechos pasillos del transportador con sus trajes abultados, sus capas luminiscentes y sus múltiples accesorios, Manero se había contentado con un discreto abrigo de piel de tricuatro, los cotidianos pantalones bombachos sólo adornados por un par de ribetes dorados, y un chaleco estampado con las armas de su casa. A su lado Shasmel parecía su aprendiz, o quizás su ayudante.

La moda de Pergán siempre había sido más discreta, quizás influenciada por su inestable situación económica y sus conservadoras costumbres, tan despreciadas en la corte del Rey Supremo y en la mayoría de capitales planetarias de los Cuadrantes Superiores. Los perganenses sólo usaban las túnicas vistosas para los eventos religiosos, pues las consideraban prendas sagradas; jamás prendían joyas de las cejas, labios ni ninguna zona de su rostro, ya que sólo el linguador, brillando en la punta de sus lenguas, debía relucir cuando se conversara con un Hijo de Narsis, y evitaban usar capas, gorgueras y trajes de cola, puesto que esas innovadoras costumbres habían sido traídas desde los alejados confines de la galaxia, y no del Sagrado Planeta, donde surgieron sus antepasados. Shasmel, por tanto, sólo podía engalanarse con broches y cordones que encajaran con las tradicionales costumbres de su gente, pero su colección de joyas era más bien escasa, y a diferencia de Manero de Gravia, no podía compensar una indumentaria pobre con un extraordinario peinado, puesto que no disponía de todas las manos e instrumentos que se requerían para ello. Lo más elaborado que sabía hacerse era un recogido vacilante sobre la coronilla que, como su primo segundo había calificado con una sonrisa amable, se veía elegantemente desenfadado.

El caso del guardacola era algo que a Shasmel le escamaba especialmente. Cuando se lo había comentado a un compañero ocasional de viaje, éste se había reído y lo había calificado de puritano. Shasmel no se avergonzaba de su educación y no estaba dispuesto a replantearse sus ideas sólo porque lo insultaran de esa forma, acusándolo de tener un pensamiento atrapada en las telarañas de la tradición. Por mucho que intentara abrir la mente y plantearse las extrañas ropas que se estaban popularizando en Barne gracias a las constantes y escandalosas apariciones en público de la Séptima Suprema, no podía aceptar que los hombres —y especialmente las mujeres— anduvieran públicamente dejando que las telas insinuaran las formas de sus colas. Las féminas al menos habían tenido el sentido común de mantener el largo habitual del guardacola y sólo cambiar el grosor de las telas, sin llegar a usar las transparencias, como hacía la Séptima Suprema, pero los hombres por algún motivo habían perdido la capacidad de raciocinio que los caracterizaba, especialmente los jóvenes, y no sólo habían reducido el ancho y el largo de la prenda, hasta que prácticamente ésta enfundaba la cola como si se tratara de un guante, sino que habían popularizado las guardacolas azules. Shasmel no podía más que ruborizarse al ver a la distancia a los varones que lo habían acompañado, dejando que la larga tela se arrastrara tras ellos, perfilando cada músculo, cada curva de esa parte indecente de su cuerpo, y haciendo que se confundiera con el color de su piel, como si mostraran unas largas y rasuradas colas al mundo exterior, sin ningún pudor. Lo cual era aún más inadmisibles. No podía imaginar qué tipo de hombre se rasuraría esa parte de su cuerpo, pero estaba seguro de que sería un vividor pendenciero con costumbre de seducir a las mujeres de los gineceos ajenos.

Afortunadamente para él, las normas que el Consejo Supremo había redactado para todos los nobles convocados en esa embajada los obligaba a formar mansu con los miembros de su mismo cuadrante. El cuadrante Persei, al que él pertenecía, tenía cinco sistemas estelares, de los cuales el suyo, Pergán, no era el más importante políticamente, pero era considerado un referente religioso para sus vecinos, y cuando el príncipe Distel Sueñoplacido, conocido entre otras cosas por haber pasado su infancia como siervo en el templo del Metalurgo, había declarado ofensivas contra los dioses esa obscena prenda, el resto de príncipes lo habían secundado. El tranquilizador resultado para Shasmel era saber que ninguno de sus compañeros de mansu aparecería de pronto en una de sus reuniones mostrándose como el Metalurgo lo fraguó en su mente, y su paz interior no estaría comprometida.

Mientras caminaban entre la muchedumbre, Manero de Gravia se había mantenido ocupado dándole indicaciones a sus criados, lo cual le había permitido a Shasmel permanecer en silencio y no tener que forzar una conversación que ninguno de los dos deseaban. Era más agradable pasear en su compañía, apreciando el buen gusto de su perfume sutil y fijándose en el colorido y el bullicio que los rodeaba bajo las monumentales columnas de la estación. Ninguno dijo nada mientras dejaban atrás un pasillo tras otro, esquivando a algún hombre malhumorado y regalando sonrisas educadas tras cada tropezón, practicando la cortesía propia de su oficio aún tras bambalinas. Cuando llegaron a uno de las grandes bifurcaciones circulares que había cada tantos metros, descubrieron sin demasiada sorpresa a sus compañeros esperándolos absortos en una intensa charla. Shasmel se sonrió al ver a los dignos señores rebatiendo las teorías de sus interlocutores con gestos suaves y educados movimientos de cabeza. Era como ver bestias salvajes fingiendo ser tiernos dorderos.

Cuando los vieron llegar, interrumpieron la charla y se apartaron para que pudieran unirse al corro. Shasmel permitió que saludaran a su acompañante primero, puesto que era el de mayor edad y categoría, y luego pasó uno a uno por los dignatarios inclinando la cabeza para rozar con la frente sus manos. Cuando llegó ante Susno de Librevilla, al cual por respeto había dejado para el final, aunque el infante de Vistabella tenía un título nobiliario mayor, éste le sonrió a través de las finas cadenas doradas que colgaban de sus cejas y se cruzaban sobre su nariz y mejillas. Shasmel se inclinó para tomar su mano, pero para sorpresa descubrió que el anciano había alzado los brazos y le sostenía el rostro como se lo sostendría a su séptimo hijo. No había un contacto real entre ellos. Apenas rozaba su piel, pero el gesto era lo que importaba.

Sintiendo que sus mejillas se volvían de un profundo y vergonzoso azul, se retiró, intentando que nadie notara su sorpresa ni aún menos su orgullo. Sabía que tomarse demasiado en serio las muestras de aprecio de un hombre cuya profesión eran las intrigas diplomáticas le podía resultar perjudicial a la larga, si terminaba confiando demasiado en la buena voluntad de la persona, pero no podía evitar el sentimiento de alegría ante esa demostración pública de cariño. Susno, quien lo había destacado entre el resto como laeto, ahora le indicaba a todo el mundo que estaba bajo su protección, y así seguiría mientras Shasmel resultara beneficioso para sus planes políticos.

—Estábamos hablando del mensaje que la administración nos ha remitido. ¿Les ha llegado? —le preguntó Llalv de Vistabella, el sexagenario infante, a Manero de Gravia.

—Precisamente —declaró éste, alzando una mano con un gesto de frustración y con el mismo tono que habría empleado si hubiera pasado todo el camino discutiendo al respecto con Shasmel—. ¿Cuántas horas tenemos para prepararnos? ¿No podían haber enviado las instrucciones con una baliza para que las interceptáramos de camino? ¿Era necesario esperar a que estuviéramos a punto de atracar para comunicarnos que íbamos a tener restricciones de indumentaria?

El marqués de Trasmont, otro hombre envejecido, de cuerpo grueso y estatura demasiado reducida como para poder mirarlo a la cara sin tener que inclinar la cabeza, dejó escapar un gruñido que intentaba ser una risa irónica. Se cruzó de brazos y le lanzó una mirada al infante. Shasmel no lo conocía lo suficiente como para hacer un juicio sobre él, pero tenía la impresión de que era una persona parca en palabras y demasiado dado a secundar todo lo que Llalv de Vistabella fuera a proponer.

—Las siete mil palabras de instrucciones que nuestros poco considerados anfitriones nos han enviado se podrían reducir en que no tenemos permitido usar nada de maquillaje, ningún objeto que brille o que pueda asustar a nuestros invitados, ninguna joya con bordes puntiagudos que pueda considerarse erróneamente como un arma y, en definitiva, nada que muestre que somos una cultura próspera y evolucionada. Sé que está pensando que pretenden que vistamos como aldeanos en un pueblo perdido en lo profundo de Odís —le dijo el infante adelantando una mano para evitar una posible interrupción—, pero eso no va a ser lo más escandaloso del asunto. Aunque desagradable, todo lo que nos han pedido tiene cierto grado de lógica, y aquí todos estamos de acuerdo en que si aterrorizamos a esa débil y atrasada especie en nuestro primer encuentro, los tratos posteriores que tengamos por ellos van a verse afectados —Hizo una pausa y cuando volvió a separar los labios, su voz seca y envejecida sonó elevada por la indignación. —Pero lo que resulta del todo inadmisible es que nos prohíban usar los linguadores. ¡Los linguadores! ¿Dónde se ha visto eso? No recuerdo yo que cuando establecimos relaciones comerciales con los gulders, los gislianos o los liscuanos tuviéramos que hacer algo así. ¿Me equivoco? —Se giró hacia sus compañeros, los cuales asentían con movimientos lentos de cabeza, cerrando los párpados como sintieran cada una de sus palabras como propias. —No estoy yo versado en Historia Mercantil —mintió, como cualquier diplomático que hubiera pronunciado esa frase—, pero juraría que el linguador jamás ha imposibilitado el libre entendimiento entre dos especies distintas en el Universo.

—Si me permite, mi querido amigo —susurró Susno, inclinándose y dirigiendo una mano hacia Manero de Gravia para atraer su atención—. Estoy de acuerdo con todo lo que ha expuesto, como ya le he dicho hace un momento, pero tenemos que tener en cuenta que hay ciertos factores que hacen de esta reunión una ocasión especial. No podemos ignorar que los gulders, gislianos y liscuanos, con los que como usted ha expuesto tenemos tan buenas relaciones sin que jamás hubiéramos necesitado tomar precauciones tan drásticas, eran especies que ya andaban en una fase muy avanzada de la exploración del Universo cuando dimos con ellas —explicó, y Shasmel sabía que estaba usando un eufemismo para no mencionar la verdadera forma con la que los narsianos habían descubierto a dos de esas tres especies, gracias a la mediación de los hirge. Nunca nadie quería mencionar la participación de los hirge en ningún episodio de la Historia Yldiana.

—Eran especies —continuó el anciano hombre con su habitual tono dulce —que nos horrorizaban a nosotros y a las cuales no teníamos forma de horrorizar, y nuestros tratos comerciales no fueron estables hasta mucho después de… —Hizo una pausa, sonriéndose ante la evidencia de que no pensaba mencionar el hecho que significó un antes y un después en el pasado de la galaxia, pero tampoco necesitaba hacerlo, porque la mente de todos lo que lo estaban oyendo ya había completado sus palabras, obligándolos a fruncir el ceño, molestos. —En este caso estamos hablando de una especie joven, incapaz de salir de su propio sistema sin ayuda de nuestra tecnología, y, lo más importante, tan parecidos físicamente a nosotros que podrían empatizar con nuestra imagen. ¿Cómo sabremos si no les espantará descubrir que insertamos metales en nuestro cuerpo? Ellos, como nosotros, tienen piernas, brazos y cabezas, saben para qué sirven los ojos, saben cómo se siente ocultarlos tras un velo —dijo señalándose la cortina de cadenitas que colgaban de sus cejas—, y saben lo que se siente al atravesarse una parte tan delicada de nuestra anatomía con un linguador. Quizás, lo que nosotros consideramos una muestra de orgullo racial, para ellos sea una abominación. ¿De verdad desea que cada vez que abramos la boca para hablar con ellos, los humanos sólo sean capaces de mirar en el interior de esta y estremecerse mientras imaginan con lo monstruosos y sanguinarios que podríamos ser en la intimidad?

Shasmel, ligeramente oculto tras el cuerpo del hombre, se sonrió mientras escuchaba su monólogo, apreciando cada recurso dialéctico que había empleado. El infante era un buen orador, era consciente de ello, no por nada había sido reelegido como uno de los setenta y siete Buenos Anunciadores de las Ilurarias desde hacía más de treinta años, pero Susno de Librevilla había comenzado su carrera política siendo aún más joven de lo que era en ese momento Shasmel, y llevaba muchos más años a la espalda que Llalv de Vistabella.

—Creo que sus argumentos son razonables —le respondió Manero de Gravia, atajando una posible y larga respuesta del infante—, y sería un placer poderlo discutir más largamente con usted, pero no creo que esta sea la ocasión adecuada, teniendo en cuenta el poco tiempo que se nos ha dejado para prepararnos antes de la llegada de nuestros queridos invitados.

Coronó sus palabras con una inclinación suave de cabeza, perfectamente estudiada. De todos los presentes, Manero quizás no fuera el más experimentado ni el de mejor labia, pero sus modales eran tan exquisitos que, se decía, había sido invitado personalmente por el duque de Laeconon para que le sirviera como copero durante el Sisloia que se celebraba cíclicamente en Narsis. Con ese cuidadoso gesto acababa de atajar cualquier réplica posible. Sería descortés no corresponder a una petición tan humildemente expuesta.

Fue el infante quien dio fin a la reunión, avisándolos de que debían reunirse en dos horas para discutir todos los pormenores de la recepción y posterior banquete que compartirían con los humanos. El hombre le había dirigido una breve mirada mientras lo decía, recordándole que al ser el laeto, ese asunto le incumbía más que al resto.

Cuando se dio cuenta de que eso significaba que tenía apenas ciento veinte minutos para cambiarse de ropa y asegurarse de que cumplía todas las exigencias de la administración, su rostro se desencajó ante la aterradora perspectiva y se le nubló la vista. Los presentes echaron a andar hacia el tercer distrito consiguiendo disimular su pánico con mayor o menor éxito. El que parecía más tranquilo era Susno de Vistabella, el cual, como apreció Shasmel, no estaba acompañado por sus criados, lo que quería decir que había tenido la precaución de hacer que se adelantaran para ir preparando las cosas. El más asustando, sin lugar a dudas, era el pobre y rechoncho marqués de Transmont, el cual llegó a perder la compostura en varios tramos, acelerando tanto la marcha que algunos pudieron haber creído que corría. Shasmel no se encontraba en mejor estado.

Cuando llegó a su pequeña y fría habitación se dio cuenta de que sus esperanzas de no tener que asearse eran irrisorias. El peinado se le había estropeado entre los cabeceos ocasionales durante el viaje y las zancadas apuradas de la marcha. Sentía las hebras rebeldes pegándosele en el cuello y la frente, la piel cubierta por una fina capa de sudor y los broches del pelo deslizándose peligrosamente recogido abajo. Tras una rápida ojeada a su nuevo dormitorio, localizó el armario y el espejo junto a él. La pantalla permanecía opaca, esperando a ser configurada, cosa que Shasmel hizo con dedos temblorosos, agitándolos en el aire mientras enviaba la información mediante el circumo. El complemento biónico actuaba con lentitud porque estaba descargándose los protocolos internos de la estación espacial, pero en unos escasos y desesperantes segundos el mueble estuvo operativo y listo para asesorarlo en todas sus necesidades.

Saber que toda su ropa había sido colocada mientras estaba hablando con su mansu le alivió, y aún más al ver que también habían sido introducidas en la base de datos de su habitación. Gracias a ese detalle no tuvo que estudiarse tres de las cuatro secciones del telereporte que le habían enviado. Simplemente filtró aquellas prendas que fueran aptas para la administración y las conjuntó en la medida de sus capacidades. Luego, desnudándose, le pidió al circumo que le leyera el apartado sobre adornos y complementos y se dirigió al purificador. No le costó identificarlo. En la esquina Este de su habitación estaba la estatua del Metalurgo, gigantesco, retorciéndose en medio de su danza sagrada mientras la cola rodeaba por completo su cuerpo. Bajo él, como correspondía, se había dispuesto el espacio para la charla, el trabajo y la reflexión. Al otro lado, por tanto, escondido de la mirada indiscreta de las visitas por un separador de estancia, debía estar todo lo dirigido al aseo.

La ducha fue breve. Mientras se secaba, sin apenas prestar atención a las palabras que el circumo materializaba en su mente, recordaba todas las veces que su tío le había insistido en que las negociaciones se ganaban en la antesala, y perfumar el agua, aplicarse ungüentos relajantes para la piel y polvos de aroma era solo el primer paso para esa victoria. Sin embargo no tenía tiempo para tantos cuidados. Tomó la ropa que el armario le había preparado, perfectamente planchada y abrillantada, y se la puso con rapidez, sólo relajándose para atar los cordones más finos y los broches de mangas y tobilleras. El conjunto seguramente sería mucho más sobrio que la mayoría de sus compañeros de los Cuadrantes Superiores pero se sintió satisfecho con el resultado. Llevaba mangas y pantalones anchos y un elegante chaleco con ribetes plateados. La verdadera magia debía hacerla las joyas.

Lo primero que hizo fue colocarse el sello de su casa en el dedo corazón, lanzándole un vistazo preocupado antes de constatar que no había manera de que ninguna forma de vida en el Universo pudiera confundirlo con un objeto peligroso. Luego se probó los cuatro collares que tenía, tres de ellos descartados porque no encajaban con el plateado de su indumentaria, y el cuarto porque hasta un ciego habría notado su parecido con un cuchillo. Sólo tenía un brazalete, pero era demasiado ostentoso para un atuendo tan discreto, y su última joya estaba absolutamente fuera de lugar. Con algo de vergüenza observó los pequeños aros con cadenitas blancas que le había regalado la séptima de su padre. Sólo había dos motivos por los que un perganense se pudiera poner eso en el labio; ser elegido como figura honoraria en una fiesta religiosa o durante su boda. Comprendía perfectamente la motivación de su madre, pero dudaba que fuera a encontrar a una mujer digna de su gineceo en una nave donde sólo habría hombres y humanos. Por supuesto, los matrimonios políticos eran los más apropiados para iniciar la vida adulta de un buen miembro de la nobleza narsiana, pero dudaba que la humanidad estuviera en un estadio tan primitivo de su evolución como para mandar doncellas a modo de ofrenda en su primer contacto.

Antes de dedicarse a la tarea más complicada: el peinado, decidió encargarse de otra mucho más ominosa: el linguador. Con un suspiro, tratando de calmar el nerviosismo de sus dos corazones retumbando bajo sus costillas, se situó frente al espejo y abrió la boca. Vio en su reflejo la oscuridad tras los dientes blancos y, moviéndose en ella con destellos húmedos, la lengua. La sacó ligeramente, sintiéndose cada vez más abochornado y temiendo ser sorprendido de pronto en un acto tan íntimo. Cuando sus dedos rozaron el sensible músculo, se sobresaltó y reculó la cabeza por inercia. Sentía el cosquilleo en piel ahí donde sus manos habían tocado la saliva, y el calor extendiéndose por cada una de sus células. Con una risa nerviosa se reprendió mentalmente por no haber hecho eso en la ducha, y volvió a intentarlo, esta vez tratando de ser todo lo impersonal que pudo. Sin embargo, mientras manipulaba el linguador dentro de su boca, retorciéndolo y dando tironcitos suaves, el calor ascendió por su vientre, las mejillas se encendieron y sintió cómo la cola, libre del peso habitual de la prenda con la que la cubría, ascendía hasta casi rozarle la coronilla, ondeando con interés.

Terminó y dejó el pequeño objeto en el joyero, escondido en un saquito que colocó al fondo, y luego se palmeó las mejillas para tratar de regresar a la normalidad, descontento por el estado de su cuerpo. Ponerse el guardacola resultó todo un reto. Al final, perdiendo la paciencia, terminó pellizcándose en la base del rabo hasta que el dolor hizo que éste, con un espasmo involuntario, se contrajera buscando esconderse entre sus piernas. Entonces pudo colocarse la pesada y discreta prenda, bordada especialmente por Lailia. Aunque ésta no era la mujer más querida de su padre, sí que era la madre más querida de Shasmel, y el cariño muchas veces se había demostrado mutuo, como se podía apreciar por la cantidad de ropa que había confeccionado expresamente para él.

Cuando hubo terminado, el circumo le comunicó que le quedaban siete minutos para la reunión con su mansu. Maldijo, se desesperó, gruñó y se restregó las manos por el rostro, preguntándose en qué había gastado las dos horas. Luego se alborotó el pelo, lo subió a la nuca, lo sostuvo ahí con dos broches que asemejaban las hojas del merlocoteno, y se miró para asegurarse de que no se veía tan espantoso como sospechaba. La idea de retocarse el rostro con algún colorido trazo a lo largo de la mejilla o bajo los ojos quedó descartada al momento. Jamás había tenido el arte para plasmar los símbolos que ostentaban sus compañeros en cachetes y barbillas, y sus pigmentos debían estar perdidos en el fondo de los arcones, junto a los calentadores de agua, la vajilla para las visitas y sus instrumentos de trabajo. Así que sin más preparación, salió al pasillo.

Los hombres habían acordado verse en el paseo estelar, el cual circundaba el muelle principal. Ellos, como el resto de los enviados narsianos que no pertenecían a la administración, debían permanecer en los palcos superiores durante la llegada de los humanos, observando desde la distancia y ofreciéndoles una calurosa bienvenida. Aquel lugar, por tanto, era lo más adecuado para una reunión rápida antes de que la nave arribara.

Para su alegría, Shasmel no fue el último en llegar al banco que miraba hacia el exuberante jardín, corazón de la estación. Uno de sus compañeros se había sentado de espalda a las escaleras que ascendían a los balcones, otros dos permanecían de pie, de brazos cruzados y con los labios apretados, murmurando cosas entre sí, y Susno, el único con una expresión alegre en el rostro, se apoyaba en la vaya de recia piedra que los separaba de la vegetación. El único que faltaba era el infante.

—Por los quinientos más uno —casi lloriqueó el marqués de Transmont, levantándose del banco en cuanto lo vio llegar. Su rostro había perdido todo color mientras observaba la sencillez de su atuendo. —No pensará presentarse así ante nuestros invitados, mi querido señor de Minam.

Shasmel se aseguró de mantener la sonrisa congelada en el rostro mientras se inclinaba para tomar sus manos y saludarle. No podía reprocharle su comportamiento. Era muy consciente de que no iba vestido tan bien como vestiría el resto de laetos, sus competidores directos.

Al levantar la vista vio que Manero de Gravia y su compañero, Cosmel de Llanayor, habían interrumpido su charla para observarlo en un mutismo inquietante. Susno no había perdido la sonrisa, pero no había que ser un experto en interpretación facial para notar la tensión que había en las arrugas en torno a sus ojos.

—El joven señor de Minam está bien así.

Shasmel le lanzó una mirada de gratitud a Cosmel pero este no le estaba mirando a él, sino que a su compañero, como si quisiera tranquilizarle. Fue Susno el que acabó con los nervios de todos.

—Es la estrategia más sensata, mi joven laeto. Admiro su perspicacia. —Se dirigió hacia él, alzando una mano para que Shasmel la rozara con su frente, y luego le dedicó una sonrisa cariñosa. —Sin duda destacará entre el resto de laetos, pero espero que sea consciente de que deberá esforzarse por dar una buena impresión. Si los enviados humanos llegaran a pensar que intenta despreciarlos con su…

—Por supuesto que no —susurró agradecido porque no terminara la frase—. Jamás se me ocurriría algo así.

Nadie más añadió nada al respecto de su apariencia, quizás por el respeto que inspiraba el anciano diplomático, pero no por ello desaparecieron las miradas inquietas. Cuando Llalv de Vistabella llegó, perseguido por sus criados que sostenían su largo guardacolas y le aplicaban las últimas capas de espray paralizante a su recargado peinado, hubo demasiado poco tiempo para las lamentaciones. El infante no dudó en lanzarle una mirada de reproche a Shasmel pero Susno volvió a intervenir, desviando la atención a temas que requerían de una atención inmediata. La conversación esta vez fue menos calmada que la que habían tenido hacía unas horas. Cuando el tiempo escaseaba no había espacio para adjetivos educados y largos formalismos. No por ello se prescindió de los rodeos y las ambigüedades. Todos los presentes estaban implicados en el mansu. Sabían que debían colaborar para conseguir los mayores beneficios económicos para su sistema planetario, pero individualmente cada uno tenía sus propios objetivos, destinados a favorecer a sus príncipes sobre el resto, y ninguno cometería el error de demostrar cuáles eran sus intereses específicos.

Los últimos minutos le recordaron a Shasmel el día de su presentación en sociedad, cuando sus madres lo arrinconaron en el gineceo y abrumaron con recomendaciones, prohibiciones, advertencias y complejas fórmulas de cortesía obligatorias a la hora de arrodillarse ante el príncipe y el Metalurgo. Los dignatarios no actuaron de forma distinta, asegurándose de que no se había olvidado de cómo había que dirigirse a una especie extranjera, que debía modular su voz para no parecer agresivo, que debía mantener la vista baja y atender a cada uno de los gestos y palabras de los humanos, y, sobre todo, que no podía permitirse el lujo de fracasar.

Si no conseguía que al menos un miembro de esa desconocida especie se interesara en él lo suficiente como para solicitar una segunda vista en privado, Pergán podría quedarse relegado a un puesto muy desfavorable a la hora de distribuirse los beneficios económicos de cualquier tratado que se firmara entre el Rey Supremo y la Humanidad. No iba a permitir algo como eso.

 

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