Sangre Azul 03: La recepción

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Capítulo 3

La recepción

La estrecha cabina estaba en penumbras. Todas las luces de la nave se habían atenuado en cuanto habían comenzado las maniobras de atraque. A pesar de que una voz suave y grave les susurraba en yldiano información constante y tranquilizadora, nadie estaba relajado. Podía sentir la tensión en el cuerpo de sus inferiores. Los notaba a su izquierda, sentados, apretándose las manos sobre el regazo, murmurando algunos, rezando otros. Él se esforzaba por mirar al frente y dejar la mente en blanco. Había pasado por esas situaciones miles de veces. Miles de veces había estado sentado en la antesala de su futuro, dudando si estaba a punto de hacer la locura más grande de su vida o el éxito más rotundo, y los nervios nunca servían para nada. No importaba que sintiera que el estómago se le había petrificado, amenazando con expulsar una comida que no había tragado; él respiraba lentamente, cerraba los párpados, escuchaba el aire salir de sus fosas nasales, y volvía a abrirlos.

—¿Crees que así se sintieron los sirenos?

Fran tardó un segundo en comprender las palabras del teniente Okoro. Hacía mucho tiempo que no escuchaba esa palabra. Sirenos. Era el término con el que se referían en el ejército a los cosmonautas, especialmente a aquellos que vivieron el Primer Contacto. La palabra era despectiva y sintió una chispa de irritación iniciándose en su interior, pero la apagó sin esfuerzo. El hombre a su lado estaba asustado. No pretendía ser grosero.

—Creo que estaban peor que nosotros. Ellos no sabían qué iban a encontrar una vez abrieran la cápsula. Nosotros hemos entablado contacto, hemos recibido fotos. Sabemos cómo son. No deberíamos tener miedo.

Escuchó un resoplido irónico y giró la cabeza para observar los rasgos anchos de su compañero. Su piel oscura estaba perlada de sudor.

—No, claro, no deberíamos tener miedo. Pero seríamos imbéciles si no lo tuviéramos.

—No van a hacernos daños.

—A menos de que los ofendamos sin saberlo. Vete a saber tú qué puede ser un insulto imperdonable para ellos. A lo mejor les intentamos dar la mano y piensan que estamos insultando a sus madres. Fíjate en los hirge. Son más raros que un perro verde, y se parecen físicamente a nosotros, mucho más de lo que se parecen estos… estos señores azules. ¿Has visto su piel? ¿Y su pelo? Espero que sean pelucas. En serio lo espero, y aun así no hay forma de que tenga sentido que una cultura inteligente decida teñir a sus políticos con colores tan estridentes.

Fran asintió, escuchando con calma el monólogo cada vez más nervioso. Okoro estaba esforzándose por mantener su voz a un volumen bajo, pero sus susurros eran audibles por los hombres que los rodeaban y se notaba que la gente comenzaba a inquietarse.

—Creo que lo más inteligente es no juzgar por ahora. Mantén la mente en blanco. Limítate a observar y guardar silencio. Luego, cuando tengamos suficiente información, podremos opinar sobre cómo son. Dejemos las sospechas de cómo es su sociedad en base a sus pelucas a nuestro etnólogo favorito.

Ante la simple mención de Shawn Panfil, Okoro se sonrió, quizás comprendiendo que estaba dejándose llevar por la ansiedad, y asintió.

—Tienes razón. No nos pagan para que hagamos estudios sobre los yldianos, sino porque protejamos a nuestros embajadores —Luego miró a sus hombres, los cuales estaban sentados en el banco frente a él, y les hizo un gesto con la cabeza—. ¿Habéis oído? No quiero a nadie actuando por su cuenta ahí abajo. Vamos a comportarnos como malditos maniquíes. Ni un ceño fruncido, ni un gesto entre ustedes. No quiero ni verles rascarse el culo, y no digamos ya estornudar. Si un gesto se malinterpreta, no lo habremos hecho nosotros. ¿Entendido? Si a alguien le pica la nariz o va a toser, que lo haga ya.

Como si sus palabras hubieran surtido un efecto mágico, Fran observó con una sonrisa cómo los hombres iban bajando la cara, ladeando el rostro o haciendo expresiones para que no se notara que habían comenzado a sentir picores. Unas débiles toses se escucharon en el fondo, luego otras más cercanas, y unos cuantos no pudieron resistir y terminaron rascándose el hombro, la frente o las barbas, muchas de ellas sudorosas.

Una sacudida en la cabina fue seguida por un gemido anónimo de angustia. Miró a sus soldados, asegurándose de que todos estaban bien, y unos cuantos le dedicaron sonrisas confiadas. Esta era la primera misión que tenía con ellos. No los conocía antes de haber entrado en la Orsa-gaas, pero cincuenta y seis días en un espacio tan reducido daba tiempo para aprenderse sus nombres y sus historias. Ellos, a su vez, sabían más de él de lo que ningún oficial llegaría a saber en ese viaje, esperaba.

Tomando aire, volvió a centrar su atención en la estancia. Lo inquietaba y tranquilizaba a partes iguales la forma en la que había sido diseñada. La nave tenía dos salidas, según tenía entendido, pero la otra estaba codificada. Lo sorprendente es que sólo esa donde estaban situados valía también como entrada. No podía saber los métodos de seguridad que tenía el transporte yldiano, pero tenía claro que aquella estancia había sido diseñada para ellos, los soldados. El extremo de su derecha, donde estaba la amplia exclusa por donde saldrían, se estrechaba a pocos metros del final. El resultado era una defensa de embudo. Podían atravesar diez hombres aquella entrada sin muchas estrecheces, pero una vez llegado a la zona más angosta, deberían pasar de uno en uno antes de poder acceder a la parte donde estaba Fran y sus hombres.

Teniendo en cuenta ese dato, sospechaba que el resto de la nave estaba completamente preparada para repeler un asalto en el espacio, o en tierra. Podía suponer que se encontraba en un transporte comercial con buenas defensas, pero sería un iluso. Todos sus instintos le gritaban que la Orsa-gaas no fue diseñada con ideas pacíficas, sino por una cultura consumida por la guerra. Los agujeros que había en las paredes se lo susurraban, las rejillas del suelo lo chirriaban, los frisos con formas afiladas lo confirmaban. Las estatuas agradables y las imágenes de jóvenes dioses retozando en praderas colmadas de frutos habían desaparecido. Aquella habitación estaba preparada para destruir todo lo que había en ella si era su última esperanza de impedir un avance al interior de la nave.

Lo sorprendente fue que lejos de sentirse intimidado, se relajó. Los yldianos les habían dado una nave de guerra. Era un buen comienzo para una relación de aliados bélicos.

Otra sacudida, seguida por un constante traqueteo, les confirmó que estaban sufriendo los efectos de las fuerzas gravitacionales de la Lirdem. Intentó prestar atención a la voz monótona que desde los altavoces invisibles les informaba del avance, pero el sonido era demasiado bajo. Se inclinó un poco, intentando ver al último de sus chicos, el más cercano al pasillo por el que habían entrado, y alzó una ceja en una pregunta muda cuando captó su atención. El hombre colocó una palma boca abajo, frente a su pecho, y con la otra mano mostró lo que parecía un objeto cayendo en picado. Quiso creer que le estaba diciendo que aterrizaban, y no que estaban en medio de un accidente cosmonáutico. Sería un mal comienzo para unas relaciones entre ambas culturas.

Tres notas lentas y melodiosas anunciaron algo. Nadie se dio cuenta de qué se trataba hasta que el cabello de la gente dejó de agitarse. El soldado frente a él movió rápidamente las manos y agarró una brida que nadie había comprendido para qué servía hasta el momento. El resto lo secundó con igual rapidez. Estaban entrando en gravedad cero.

—Ya falta menos. —Escuchó que susurraba Okoro.

—Sí.

De pronto las luces se apagaron por completo. Como era de esperar Fran sintió la primera oleada de la desubicación. Estaba ya familiarizado con ella. Todos los cosmonautas lo estaban, así que nadie se asustó. Arriba y abajo dejó de tener sentido. Su mente intentaba esforzarse en descubrir si el suelo estaba frente a él o a su espalda, pero él controló lo que sabía que era un esfuerzo inútil. No existía tal suelo. Se dio cuenta de que había cerrado los ojos cuando escuchó unos murmullos a su lado y no supo por qué eran. Separó los párpados y descubrió que una línea azul se deslizaba a lo lejos, en la pared donde sabía que estaba la salida. Le pareció que estaba debajo de él y que terminaría cayendo sobre ella si no se sostenía a los amarres del banco donde estaban sentados.

—Oh, joder. Cómo se abra… Que no se abra, por Dios —gruñó alguien.

Su preocupación era comprensible. Si habían entrado ya en la Lirdem, pronto comenzaría a afectarle la gravedad artificial de esta, y nadie quería descubrir en ese momento hacia qué pared se verían impulsados sus cuerpos. Esperaba que la nave estuviera diseñada para colocarse de la forma más segura para la gente que la habitaba.

Pero las puertas no se abrieron. Por el contrario estas emitieron una luz cada vez más intensa, cegándolos. Fran se esforzó por aguantar la mirada. Gracias a ello fue consciente de lo que estaba pasando. A ojos de un observador rápido parecería que la pared había desaparecido, pero no era el caso. Se había vuelto transparente. Estaba mostrando lo que había en el exterior de la nave. Unas gigantescas columnas aparecieron frente a ellos y las dimensiones de la Orsa-gaas pasaron a parecer diminutas en comparación. Era incapaz de ver la magnitud de la estancia en la que habían entrado, el puerto, pero no había duda de que era inmensa.

La voz de los altavoces volvió a hacerse oír entonces.

—Entrando en la Estación Comercial Intergaláctica Lirdem, Maravilla de la Historia Narsiana. Nos encontramos en este momento en el Gran Puerto Principal. El atraque se efectuará en la dársena ciento cinco de nivel embajatorio. Por favor, asegúrense de sostener sus cintas según las normas narsianas de navegación mientras se aceptan los protocolos de gravedad.

Nadie sabía cuáles eran las maneras indicadas, pero inmediatamente todos se encogieron sobre sí mismos, sosteniéndose tan fuerte cómo podían a las correas y concienciándose con que en pocos segundos posiblemente iban a tener que sostener un tirón proporcional al peso de su cuerpo y la velocidad del cambio de gravedad. Para su sorpresa dicho cambio fue hecho de una forma tan suave que ninguno lo notó, y un momento más tarde, cuando un hombre en el extremo contrario dejó salir una risa suave, casi infantil, Fran se dio cuenta de que el proceso había acabado y el suelo seguía bajo sus pies. Lo agradeció.

—Aproximación a la superficie estable más cercana, doscientos metros —continuó la máquina—. Velocidad, cuatro con cinco puntos. Nivel de paralelismo en el aire interior y exterior del noventa y siete por ciento. Enviando información para corregir la oxigenación. Por favor, respiren con naturalidad.

Fran casi tuvo ganas de reírse. A su lado Okoro tomó una larga pero sutil bocanada de aire y le dedicó una mirada culpable. La mitad de los hombres habían hecho algo similar. Incluso él sintió deseos de tomar una reserva de oxígeno antes de que este cambiara, pero no lo hizo y pronto comenzó a marearse. No sabía si era por los nervios o por los cambios en la estancia.

—Aproximación, cien metros. Velocidad, tres con cinco puntos. Nivel de paralelismo en el aire de noventa y nueve por ciento. Tiempo estimado para la confirmación de apertura de puertas, aaasnaaaddag amniiiigsod lordimigdaaaaam.

El hombre que tenía frente a él intercambió una mirada de pánico con su compañero. Esperaba que el ordenador no acabara de sufrir un error grave.

La voz computarizada siguió hablando al cabo de un momento, indiferente a las emociones humanas.

—Recalculando ruta. Aproximación, cincuenta metros. Velocidad, uno con tres. Aire, óptimo. Tiempo estimado para la confirmación de apertura de puertas…

La frase se quedó en el aire, como si la última sílaba se hubiera encajado en los altavoces y fuera incapaz de terminar de salir. En su mente la traducción eternizaba la ese final, pero si se hacía un esfuerzo y se ignoraba esa información, uno podía escuchar un sonido suave y agradable, como una ene sedosa ondulando en la habitación.

—Recalculando ruta. Aproximación, veinte metros. Velocidad, cero con siete. Aire, óptimo. Tiempo estimado para… —Las palabras volvieron a detenerse, pero en esta ocasión apenas hubo un segundo antes de que se reiniciara—. Recalculando ruta. Aprox… Recalculando ruta. Recalculando ru… Recalculando. Recalculando.

Okoro irguió la espalda y levantó la cabeza para mirarlo. Fran no se había dado cuenta de que se había medio incorporado, atento a las paredes como si de ahí proviniera la información.

—¿Qué está pasando? —Exigió saber su compañero. El rostro oscuro del teniente había abandonado todo rastro de miedo. Ahí sólo quedaban unos ojos brillantes de determinación.

—No lo sé —susurró.

Deslizó la vista por la pared de enfrente y luego se fijó en el exterior. El estómago se le retorció al distinguir a lo lejos un despliegue de colorido que le había pasado desapercibido hasta el momento. Había miles de seres de extravagantes cabelleras agitándose sobre un gigantesco palco.

—Recalculando ruta —continuaba la voz—. Recalculando… Ruta calculada correctamente. Nuevo destino, dársena setenta y siete. Aproximación, setenta y siete metros. Velocidad, cero con siete. Aire, óptimo. Tiempo estimado para la confirmación de apertura de puertas, siete minutos.

Okoro se semi incorporó, colocándose a su lado, y lanzó una mirada suspicaz al techo.

—No soy un fanático de los números, pero a mi tanto siete me está poniendo nervioso. ¿Crees que sea…?

—No —atajó.

No era el momento para que los muchachos comenzaran a escuchar teorías de protocolos de avisos numéricos de las fuerzas especiales. Sin embargo intercambió una mirada con su compañero. O bien estaban viviendo una inquietante casualidad, o la nave estaba intentando enviarle un mensaje codificado.

—Vale —Okoro se sentó—. ¿Vas tú?

—Sí, a eso iba.

Soltó la brida, asegurándose de que permanecía estable sobre las rejas del suelo. El traqueteo se había transformado en un suave susurro y si no era por la ligera inclinación de sus pies, no habría notado que la nave se había inclinado para virar. Al fijar su vista en el exterior descubrió que la masa de colores se convulsionaba y agitaba como miles de aspas azotadas por el viento. De pronto las diminutas figuras de los yldianos en la distancia desaparecieron para ser sustituidos por la fría pared y las columnas que sostenían el palco. Estaban descendiendo.

Dio unos pasos inestables, asegurándose de tener siempre un apoyo cerca, y fue pasando a los hombres, los cuales apenas lo miraban, traspasó la boca de embudo y continuó hasta acercarse a la entrada. Ahí estaban los tenientes Philpotts y Stafford, uno frente al otro, en primera línea. Ellos encabezarían al grupo. Ambos hombres lo observaron con distintos grados de gravedad.

Agarrándose de los adornos apuntados del techo, se inclinó cerca de ellos.

—¿Cómo lo ven?

—Muy grande —intentó bromear Philpotts, moviendo un hombro hacia la pared transparente.

—Muy numérico —agregó Stafford un poco más bajo.

—¿Entonces?

Tomó aire mientras los tenientes intercambiaban una mirada de ceños fruncidos.

—Hacemos lo que tenemos que hacer. No podemos interpretar por nuestra propia cuenta. Si los capitanes ni el comandante han abortado la salida, se realizará tal y como se nos indicó. Primero nosotros. Dejáis diez segundos y vosotros tomáis la segunda fila. No armas, no nervios. Pero manteneos atentos. Si notáis que pasa algo raro… —Hizo una pausa, una pausa demasiado larga, y finalmente terminó de la forma que Fran ya sabía que terminaría—. Cerráis la exclusa. La prioridad son los embajadores.

Fran asintió. No había mucho más que añadir. Aprovechó para lanzar la última mirada al exterior y la ansiedad terminó de hacer presa de él. Estaban casi al nivel del suelo. A lo lejos podía ver dos grupos de personas. El primero y más cercano estaría compuesto por una veintena de hombres. El segundo, demasiado numeroso, eran soldados. No podía ver sus armas, pero no era tonto. Podía distinguir la inmovilidad casi pétrea del batallón, preparado para actuar en cuanto recibiera la primera señal.

Dio media vuelta y regresó a su asiento. Cuando estaba llegando la voz del altavoz volvió a hacerse oír.

—Atracando. Brazo de anclaje extendido. Contacto en tres, dos, uno… —Un fuerte zarandeo seguido por un tumbo suave terminó la cuenta atrás. —Extendiendo puente de conexión. Petición de apertura operativa. ¿Desea abrir la puerta?

Nadie hizo nada. No sabían si la computadora estaba dirigiéndose a los que aún seguían en la sala de mando. Aguardaron pero nada ocurrió.

—¿Desea abrir la puerta?

Okoro se inclinó y Fran hizo lo mismo. En el extremo contrario los otros dos tenientes giraban la cabeza en todas las direcciones, buscando un botón de confirmación.

—¿Desea abrir…

—¡Sí! —Gruñó Stafford.

—Confirmación dada por un nivel siete. Validando confirmación. Confirmación validada. Por favor, retírese mientras se abren las puertas.

Stafford y Philpotts se levantaron con rapidez, al igual que los hombres que estaban más cerca de ellos. La pared transparente quedó cubierta por sus cuerpos, por lo que Fran no pudo ver cómo se abría, pero sí que percibió en la zona superior que poco a poco se iba opacando hasta regresar a su color original. En esta ocasión tuvo la impresión de que todo lo que habían visto del exterior había sido efecto de una retransmisión, como si se tratase de una pantalla, lo cual tenía más sentido que las paredes transparentes.

Escuchó las botas retumbando en el suelo antes de ver las primeras cabezas desaparecer en el descenso al puerto. Los soldados se levantaban en orden, caminaban en orden y salían en orden. Ninguno habló. Captó un par de miradas intercambiadas entre compañeros, pero aparte de eso la mayoría mantenía la vista fija al frente, el rostro inexpresivo. Eran los mejores de la Tierra. No lo decepcionaron.

Okoro inclinó un segundo la cabeza hacia él antes de darle la espalda y caminar seguido por los suyos. Lo vio detenerse en el extremo de la habitación. Los siguientes diez segundos de espera fueron demasiado tensos para él, pero al final el teniente descendió, al igual que lo habían hecho los otros, y él y sus muchachos fueron detrás.

El aire en el exterior era limpio y fresco. El ruido, ensordecedor. Sus ojos se fueron involuntariamente a lo alto, donde cientos de personas agitaban pañuelos, o quizás fueran las mangas de sus vestimentas. En frente a él, en la dársena, nadie se movía. Una vez se hubo situado en su sitio, se fijó en la persona que estaba más adelantada. Era un hombre alto y espigado. No tenía proporciones deformes, sin embargo era evidente que su altura era muy superior a la media humana, quizás una cabeza. Lo más inquietante era que no se trataba del más alto entre la gente que le acompañaba, yldianos de piel azul como él.

En ese tiempo eterno que tardaron los embajadores en salir y colocarse tras él, analizó la vestimenta de los extraterrestres. El segundo grupo vestía por completo de púrpura, y era evidente que se trataba de uniformes. El primero, en cambio, llevaban ropas llenas de pliegues, con telas rodeándoles el cuello, cayendo entre sus brazos o frunciéndose en la cintura para ocultar otras prendas igual de brillantes y sedosas. Por educación intentó ponerle más atención a los ribetes que había en el cuello de los chalecos de algunos, o de las camisas de otros, antes que alzarla a sus recogidos. Aunque extravagante, los peinados eran curiosos, así como sus colores, que vistos más de cerca parecían naturales. El más común parecía ser el azul.

El hombre más adelantado destacaba por tener un manto blanco sobre la coronilla, cogido ahí con algún broche, suponía, porque de otra forma era imposible que aguantara su propio peso sin caer. El resto del manto bajaba para cubrirle los hombros y rodearle en la cadera, dando una vuelta antes de perderse tras él, como si fuera el final de un vestido de cola.

—Bienvenidos, nobles huéspedes —los saludó marcando cada palabra y dejándose llevar por un tono ceremonioso—. Soy el tutor Mizjel Sierradivina, señor de las Llaves de la Séptima casa y bienamado de Tirilia, y humildemente solicito permiso para entablar conversación de paz y amistad con vuestro querido tutor.

Fran contuvo el impulso de girar la cabeza para ver cómo habían reaccionado los embajadores a su espalda. Por el rabillo del ojo le pareció ver a alguien bajando las manos lentamente, a la altura de su cintura, y tratando de secarse el sudor de las palmas. Un toque en su hombro le hizo ponerse rígido.

—Atención —anunció a las filas delanteras—. Dejen paso.

Los hombres a una se replegaron, abriendo un pasillo para que el comandante Juhász avanzara. Detrás de él, a una distancia prudencial, iban los capitanes. Kim le dedicó una mirada de reconocimiento al pasar a su lado. Era una mirada que no significaba nada pero que lo seres humanos solían intercambiar para darse ánimos en ese tipo de momentos.

—Muchas gracias por su recibimiento —comenzó el comandante con la entereza que le caracterizaba. Su voz siempre había sido potente, pero en esta ocasión parecía perderse en la distancia. —Soy el comandante János Juhász, elegido por el consejo de las Naciones Unidas para dirigir y proteger esta embajada.

Un gesto entre los yldianos les indicó que su intervención les había tomado por sorpresa. El tutor Mizjel pareció dudar un segundo, pero inmediatamente mostró en su rostro una sonrisa tan parecida a la sonrisa humana que resultaba turbador.

—¿Es usted el tutor? —Apenas terminó de preguntarlo cuando dio un paso adelante y se inclinó como si quisiera corregirse—, el guardián del protocolo.

—Eh… —Juhász dudó —No exactamente. Me temo que no tenemos algo así entre nosotros.

Era evidente que la respuesta era sorprendente para el yldiano pero su sonrisa volvió a afianzarse en su rostro.

—En ese caso, ¿con quién estipulan vuestras maneras que he de hablar para el intercambio de regalos?

—Los embajadores se adelantarán en un segundo.

El comandante se dio la vuelta lentamente y, aprovechando que estaba de espalda a los yldianos, miró a sus capitanes abriendo los ojos en una expresión de gravedad. Kim se situó delante de él en la marcha, deteniéndose junto a Fran.

—Regresa a la nave. Diles a los operarios que cojan los regalos y los saquen. ¡Ahora! —susurró sin apenas mover los labios.

Fran asintió. Luego comenzó a marchar hacia la Orsa-gaas. Sus hombres lo siguieron sin necesidad de indicarles nada. Una vez estuvieron dentro, corrieron.

Los detalles que la Tierra había preparado para entregar a las autoridades de Yldium estaban en una cámara junto a la despensa. Nadie se había preocupado en prepararlos. Lo normal en la tierra era llevar un detalle —puros, normalmente— para ofrecerlos durante una conversación distendida en unos cómodos sillones. Por suerte los embajadores habían tenido la previsión de llevar una gran variedad de recuerdos terrestres para asegurarse de estar siempre a la altura de las circunstancias. Si los narsianos ofrecían licores, ellos traían los mejores vinos; si entregaban materias preciosas, había figuras de oro y plata. Si en cambio era algo más simbólico, había cuadros con vistas de la tierra, perfumes caros y filmaciones con las grandes maravillas naturales que disfrutaba la humanidad.

Para cuando salió, precediendo a los trabajadores enfundados en sus monos azules, ya se había desarrollado una tranquila conversación entre los diez embajadores y el tutor yldiano. Tomó de nuevo su posición y dejó que los operarios arrastraran las carretas con diferentes ofrendas, todas ocultas bajo su envoltorio, algo que pareció sorprender a los yldianos.

El intercambio de regalos fue curioso. El tutor llamó a un muchacho, escondido entre la multitud que lo rodeaba, y Fran al principio pensó que se trataba de una niña de una belleza tan sencilla como exótica. Llevaba el pelo azul cayendo por su espalda, hasta quedar tendido unos centímetros a lo largo de la cola de su vestido. Su ropa estaba compuesta por múltiples capas que lo envolvían, ocultando cualquier pista corporal sobre su género, y su rostro era ovalado y tierno, con las cejas azules apenas perceptible sobre su piel del mismo color. Creyó que era mujer porque llevaba maquillaje bajo los ojos, dos líneas anchas y rojas bajo el párpado inferior, y tres puntos a cada lado de la boca, bajo los labios, y cuando el tutor se refirió a él, no estuvo seguro de si dijo «Muchacho» o «Muchacha de los Templos», pero finalmente supuso que debía ser lo primero.

El chico se inclinó y dejó unas varas a los pies de los embajadores, quienes no supieron si debían recogerlas o no. Decidieron no hacerlo. Luego otro joven salió de la multitud, vestido igual que el anterior pero con algunas diferencias en el color de sus ropajes. A este, el tutor lo llamó el Muchacho de las Altas Familias. En total fueron siete muchachos, cada uno representando un aspecto distinto de la civilización yldiana, pero tan parecidos entre sí que parecían gemelos.

En último lugar los embajadores procedieron a entregar las cajas envueltas en sobrios tonos plateados y dorados, con papeles rugosos y cintas color champagne. Cada embajador entregó uno y el tutor los observaba cada vez más confundido. La sonrisa en su rostro se había congelado y debía estar haciendo grandes esfuerzos para mantenerla ahí.

—Es… un honor —dijo al final—. Entonces, ¿cada uno de ustedes viene enviado por una parte fundamental de su nación?

—¿Disculpe? —preguntó el embajador de Canadá.

—Estos regalos, ¿de dónde provienen?

—De la Tierra —respondió el embajador de la Liga Meridional, Yusuf al Fayad.

La sonrisa comprometida del yldiano se intensificó.

—Son hermosos —declaró—. Serán enviados a la Casa Mercantil Suprema de inmediato, como conmemoración del primer gran encuentro entre la Vía Láctea e Yldium.

Los embajadores asintieron y se movieron inquietos. Al final Xiang Hui Lee, el embajador de China, se decidió a decir lo que el resto no se atrevía.

—En nuestra cultura es tradicional abrirlos poco después del intercambio. Puede hacerlo ahora o en privado.

—¿Se abren? —El hombre sustituyó su extrañeza por una expresión de gratitud—. Son ustedes muy amables. Serán abiertos delicadamente por el Gran Vicario de la Casa Mercantil Suprema antes de su exposición.

Fran, a suficiente distancia de los hombres como para pasar desapercibido, se permitió fruncir los labios. Le intrigaba el poco interés que el extraterrestre estaba mostrando por lo que había dentro de los envoltorios, como si el protocolo hubiera sido roto y estuviera intentando subsanarlo pasando rápidamente a la siguiente fase de la recepción. Efectivamente, el tutor no tardó en señalar hacia el final de la dársena donde estaban situados, en cuya pared había una puerta por la que podría haber pasado la Orsa-gaas y otras dos naves gemelas sin problemas.

—Si consideran adecuado, mis excelentísimos huéspedes, me gustaría conducirlos hacia el jardín. El Vizcaudillo Jumel Yuner se encargará de escoltarnos hasta la mesa del banquete. Mientras tanto, sientanse libres de disponer de mí como deseen. Estoy aquí para asegurarle la máxima comodidad y responder todas sus preguntas.

El comandante Juhász, que había regresado a su posición en la retaguardia, se movió rápido y le indicó a los operarios que fueran a recoger los presentes que los yldianos les habían entregado. Luego dio unas órdenes cortas, asegurándose de que los soldados humanos estarían en todo momento rodeando a los embajadores, y así fue como Fran se encontró rodeado a su vez por yldianos enfundados en uniformes púrpuras.

Salieron del puerto en silencio. Sólo se escuchaba los gritos de la multitud en el palco, que se había elevado en cuanto los vieron moverse, y de fondo la charla del tutor con los embajadores. Fran apenas podía prestar atención a lo que decían, pero no le importó. Tenía mucho más a lo que atender mientras caminaba.

En el exterior había un corredor amplio y abierto a otro aún más ancho. El segundo era en verdad un paseo cubierto con columnas en el lateral y bancos cada pocos metros. Al otro lado se extendía un frondoso jardín lleno de plantas de un verde tan intenso que en ocasiones parecía azul marino o negro. La comitiva se reordenó para poder internarse en el camino de piedra que se adentraba en el jardín, y Fran pronto se vio flanqueado por dos soldados yldianos. Para su alivio los embajadores al menos estaban siendo acompañados por los soldados humanos.

—Si tiene algo que preguntar, sepa que estoy a su disposición.

Fran giró la cabeza para observar al yldiano que le había dicho eso. El hombre tenía el lateral del rostro oculto por un penacho de hilos azules que le caían del casco, pero podía ver que bajaba la cabeza y encogía los hombros, como si se sintiera avergonzado de hablar.

—Muchas gracias.

—El honor es mío.

Incomodo, se preguntó si aquel yldiano estaba tan asustado como lo habían estado ellos o si el traductor estaba dándoles problemas tan pronto. No le dio tiempo a planteárselo. En cuanto atravesaron los últimos setos, el Jardín Central se mostró ante ellos, revelando la grandeza de la Lirdem, y comprendió el poderío de una nación que era capaz de construir ciudades en medio del espacio.

El sol artificial sobre sus cabezas entibiaba la suave brisa que recorría cada kilómetro de la estación comercial más humilde de Yldium.

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