La crítica – El buen beta o el amigo valioso.

Hay una persona que conozco desde hace años, muchos años. No voy a mentir y decir que siempre tuvimos una amistad estrecha, aún menos decir que siempre me cayó bien. Esta persona es crítica, de esas que no regalan una sonrisa si no la mereces, que arrugan la nariz si ven un trabajo mal hecho y señalan cada defecto de todo lo que aparece delante de sus ojos. Todo. Ese es el motivo de que nuestra relación no fuera de las mejores al principio. La odiaba, vamos, y tenía legítimo derecho para hacerlo. Pero hoy día, aunque manteniendo las distancias, es la única persona en cuyo criterio confío. Sé que nunca me va a mentir, ni siquiera con una mentirijilla blanca que me traerá más perjuicio que beneficio. Si un día se tropieza conmigo por la calle y no le parece que he conjuntado bien el bolso de lunares con la camisa de rallas, lo señalará, y si un día le invito a mi casa y le ofrezco un pastel en el que he dedicado ocho horas de elaboración y horneado, cien euros y mucho chapucero y bienintencionado esfuerzo, y le falta azúcar, me lo dirá. No es alguien a quien tú quieras como amiga, y no es alguien a quien yo quería como amiga, pero es mi amiga, y es de las mejores que tengo.

Creo que hay gente que opina que soy un poco como ella. A veces yo también peco de demasiado sincera, creyendo que la gente a la que admiro o quiero va a necesitar más de mi honestidad que de mi educación, pero aunque intente endulzar una crítica –subjetiva, como gran parte de las críticas-, siempre duele, y pocas personas olvidan. Hay quien ya me tiene en cuarentena, tolerándome por imposición social más que por gusto, y da rodeos en torno a los temas que le interesan y que son susceptible a la opinión. No quieren, en definitiva, que les diga realmente lo que pienso de su trabajo, sino que alabe su esfuerzo. Y, ¿qué voy a decir yo? Los comprendo. Valoro ambos, pero mucho esfuerzo no siempre significa un buen trabajo, y a la gente le irrita pensar que uno solo de sus segundos fue desperdiciado en una frase mal expresada o una coma mal puesta.

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El caso es que a mí esta chica de la que les hablaba antes me ha malacostumbrado. Llega un momento en el que los buenos comentarios dejan de tener sentido, dan ansiedad más que alegría, y me hacen preguntarme qué es lo que callan entre “me encanta” y “continúalo, por favor”. Hay quien me miente, descarada y directamente, a la cara si es necesario, asegurándome que no han encontrado ni un solo fallo en mis historias. Luego, cuando releo el documento y empiezo a despiojarlos de faltas de ortografía, erratas y párrafos que ni yo misma, la autora, comprendo qué pretendían expresar, se me viene el mundo encima, me deprimo, me meto en mi cueva, me flagelo mentalmente y me juro que jamás volveré a tocar un teclado. Juramentos en vano, por supuesto. A estas alturas ya he sido condenada al infierno un par de siglos (pero luego mis buenas obras en el campo de la igualdad social entre homosexuales y heterosexuales hacen que Dios se enorgullezca de mí y me vuelve a abrir las puertas del paraíso).

Estoy segura de que todo el mundo habrá pasado alguna vez por la experiencia de tener que mentirle a un amigo en una pregunta directa, una pregunta que, para colmo, estaba hecha con el único fin de obtener esa mentira. ¿Saben cuando Cyrano de Bergerac te pregunta si tiene una nariz demasiado grande, o Góngora, o Gerard Depardieu, y tú sólo puedes mirarle fijamente a esa gran muestra de personalidad en su rostro y responderle negativamente? Pues de esas situaciones he tenido así en mi vida, demasiadas. Y entonces titubeo unos segundos y cometo perjurio en primer, segundo y tercer grado, con alevosía pero sin premeditación.

Sin embargo hace unos meses ocurrió algo curioso. Por una vez, con un amigo con el que tengo bastante confianza, me negué a seguir jugando al mismo juego. Dejé las cosas que estaba haciendo, lo miré seriamente y le pregunté si quería la respuesta políticamente correcta o la sincera. Hoy día ese amigo está haciendo dieta. Ese amigo ha perdido cuatro kilos hasta la fecha. Me llama cada vez que baja quinientos gramos. Celebra conmigo sus éxitos, se frustra conmigo, me confiesa sus escarceos con las golosinas y sus romances con la ropa nueva. No creo que sus logros actuales con la dieta sean consecuencia de esa respuesta, pero creo que su confianza en mi criterio, cada vez que me pregunta si se le nota, si le queda bien esta prenda o si debería comer esto que tanto desea, es gracias a que yo no le defraudé ese día.

Y la palabra, perdona que lo recalque, es defraudar. Porque cuando mentimos a un amigo, a un escritor, a alguien a quien queremos o admiramos (o a una persona que lo sea todo en uno), lo estamos timando, embaucando y defraudando. Es así.

Por eso, si en algún momento cuando te comenté un capítulo o una novela al completo, cuando me preguntaste si se notaba que no te habías depilado o quisiste saber si el señor B era mejor escribiendo que tú, mis palabras te hicieron algún daño, te diré que lo lamento mucho, pero que no me retracto. Lamento haberte herido, y ojalá haber encontrado una forma más agradable de habértelo hecho saber, pero no me arrepiento de haberte sido fiel.

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Dicho esto, me harías inmensamente feliz si me pagaras con la misma moneda.

P.D: A veces también trolleo. Tenedlo en cuenta. Si le puse «¡Por Dios bendito! No repitas esa frase en el jamás de los jamases, pues estaría bonito», disculpe usted a la hija de Sisebuto y no me de muchas collejas a mí, que no es sano estar cuerdo las veinticuatro horas del día.

P.D2: Esta entrada la escribí ayer, pero para no saturar con varias publicaciones en el mismo día la programé para que se publicara hoy. Anoche en mi fb colgué un enlace a un post de tumblr de una chica que hablaba de estar gorda y demás, y se desató una conversación al respecto. Sólo quería aclarar que no escribí lo de arriba tras leer a esa chica ni tras leer los comentarios de mis amigos. Me parece muy bien que una persona se sienta a gusto con su peso aunque no esté dentro de los cánones de belleza habituales, y sé que se puede vivir muy bien teniendo un sobrepeso elevado, pero sigo estando muy orgullosa de mi amigo por su decisión de hacer dieta, de ignorar las risas y burlas de sus familiares cuando se niega a comer en exceso, de hacer deporte y aprender sobre nutrición, y especialmente me alegro de que haya hecho todo eso antes de que se presenten los problemas de salud, simplemente por amor propio, porque quería verse bien delante del espejo, poder vestir como le gusta vestir y no cómo los complejos le obligan a vestir (ocultando brazos, piernas, barriga, cuello…). Si esta nueva vida significa para él que se acabó el estar rehuyendo las fotos, el buscar ángulos imposibles para verse más cómo le gustaría verse y el controlar la iluminación para que las sombras difuminen su contorno, bienvenida sea. No creo que aprender hábitos de alimentación saludables y hacer deporte sea algo ignominioso, y no comprendo a la gente que boicotea a los que quieren adelgazar con frases del estilo «si piensas que estar gordo es un defecto, el defecto es tu forma de pensar». Perdona, si yo pienso que tener el pelo largo me dará mayor autoestima, tú no eres nadie para decirme que mi problema es que no enfoco bien tener el pelo corto; si yo creo que estar más morena me hará tener más confianza en mí misma, tú no eres nadie para decirme que insulto con mi desprecio a las de piel clara, y si a mí se me antoja ir este verano a la piscina con pantalones cortos y top, y luego presumir de cuerpazo, tú no eres nadie para insistir en que debería dejarme de tontería y mantenerme con un peso que a mí no me gusta. Si a tí te gusta, nadie te lo ha criticado. Si él quiere adelgazar, déjale que adelgace, y no lo insultes por estar pendiente de ser como quiere ser. Es como si me insultaran a mí por empeñarme a escribir como Oscar Wilde cuando, por defecto, escribo como Pérez Reverte. Oye, que tengo derecho a creer que Reverte es un soso, por lo que mi escritura es sosa, y pienso darle color con la alegría narrativa de Wilde, y tú no eres nadie para criticar mis gustos. Ahora, si tú quieres escribir como Reverte, muy bien por ti.

6 comentarios en “La crítica – El buen beta o el amigo valioso.

  1. Te diré que en mi vida apenas tengo un puñado muy contado de amigos. Y cada vez tengo menos. Y es, precisamente, por este tipo de cosas (aparte de porque a estas alturas no necesito amigos de cañas). Porque prefiero estar siempre que haya que estar y dar una bofetada siempre que haya que darla. Pero también espero un poco de lo mismo al lado contrario. Y esto me ha traído muchas decepciones en mi vida. Porque a la gente no le gusta que le digas lo que hacen mal, prefieren que les digas lo que hacen bien, aunque a riesgo de ello se estampen contra una pared. Y yo no paso por ahí. Así que… sé siempre así. Creo que el mundo necesita, por encima de todo, amor sincero. Porque el amor sincero es así, el que nace de la amistad sincera.

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    • Si ese puñado de amigos son de los de verdad, entonces es un puñado valioso. Los amigos que sólo mienten son desconocidos de sonrisa fácil e intereses en lo que le puedes aportar, no en la amistad en sí. Es muy sencillo decirle a la gente lo que quiere oír y desentenderse de sus problemas; lo verdaderamente complicado -y necesario- es decirle lo que le beneficiaría y, preferiblemente, de una forma agradable. Nadie quiere un House en su vida.
      Me alegra saber que no soy la única “amargada” que cree que la sinceridad es fundamental en cualquier tipo de relación honesta. Porque, en serio, para gente que nos engañe y halague ya tenemos a los vendedores de coches usados.
      Y a lo que dices de que el mundo necesita amor sincero, del que escuece pero cuida de la persona, te doy la razón por completo. No sabes tú de las chapuzas que hay rondando por el mundo porque el señor A le dijo al señor B que si el cable le quedaba un poco suelto no debía preocuparse, que era un genio del oficio y no pasaba nada si de vez en cuando dejaba algún que otro aparato dando achuchones. Traduce eso al ámbito de la escritura, y comprenderás por qué hay tanta bazo…ca lanzando metralla.

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  2. Me encanta que seas despiadadamente sincera. A veces te odio por ello, otras veces duele, pero prefiero que mis amigos sean los primeros sincerarse antes que un desconocido.
    Hablar, hablo poco, pero espero estar ahí cuando necesitas unas palabras sinceras como tú las tienes siempre conmigo. No soy tan mordaz como tú, pero también ha sido gracias a ti que he tenido ovarios para decir realmente lo que pienso. Dicho esto, no lo cambies. Sigue siendo esa pesada, antipática o despiadada chica que se atreve a decir lo que piensa.
    Hace poco en el fb de una presentadora filipinas, sobra decir que admiro mucho, publicó “Algunas personas me odian porque digo lo que no quieren escuchar, y otras me quieren porque digo lo que ellos quisieran decir”.
    Ánimos y no te comas demasiado el coco xD.

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    • Ser mordaz no es ninguna buena cualidad. Si en algún momento lo soy, no es con intención, y ten por seguro que no necesitas serlo tú para tener un espiritu crítico. Eres, de hecho, una de las personas que más me critican, quizás porque tienes la confianza necesaria para hacerlo y porque está dentro de tu personalidad bromear e insinuar las verdades como si no lo dijeras en serio. Nunca me ha disgustado, y espero que nunca llegue a hacerlo. Valoro bastante el que me des tirones de oreja de vez en cuando (aunque otras veces, cuando mientes diciéndole a la gente que no soy puntual o cualquier otra sandez, te lavaría la boca con lejía, deslenguada), y te agradezco que seas de esas personas que no creen que soy sincera con el único fin de dañar o sentirme superior desde mi púlpito de crítica exigente.

      Dicho lo dicho, espero que si algún día te estoy rascando donde hay carne viva, tengas la sensatiz de darme una colleja y pedirme con educados gritos y delicadísimas maldiciones que te haga el favor de guardarme los comentarios para cuando la herida haya cicatrizado. Que tampoco es cuestión de andar haciendo una sangría con mis amigos.

      Por cierto, lo de la presentadora me suena. A lo mejor lo compartiste en fb.
      Besos, y sabes que seguiré comiéndome el coco porque soy así de simplona, pero al menos me lo comeré en buena compañía. 😉

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  3. Mmm. De acuerdo con que la sinceridad es esencial en toda relación. Totalmente desacuerdo en criticar de cualquier manera, sobre todo si se trata de un amigo. En la vida, como en la literatura, no es tan importante el qué dices como el cómo se lo dice y algunas manera de decir son peores que otras.

    En el ejemplo que has dado, que te pasaste a saber cuántos esfuerzos haciendo un pastel y por un inocente descuido se te olvidó el azúcar, sabiendo lo que te ha costado y la mucha buena intención que le pusiste, a mí me parece de una completa perra despiadada soltarte sin más que lo odio porque no tiene azúcar. Antes bien te diría que le des una probada tú misma y veas si no le sientes un sabor raro. ¿Se entiende la diferencia? Te digo lo mismo, pero antes te doy la oportunidad de darte cuenta tú sola. Luego bromear sobre cosas que a todo mundo se le pasa cuando quiere hacer algo perfecto y salir a comprar un nuevo pastel.

    Hace tiempo tenía una amiga que creía que me ayudaba criticando absolutamente todo lo que hacía. Desde la manera en que me arreglo el cabello hasta mi ropa y la cantidad de libros que leo (porque según ella debería leer menos y salir más a boliches para beber y bailar). ¿Y sabes? A mí nunca me sirvió una mierda nada de eso. Nada. Y cuando le reclamaba que esa actitud ya me estaba cansando, ella me salía “es que estoy siendo directa, me cansé de ser complaciente” como si yo tuviera que alabarla por ello. Me gusta mi pelo, estoy cómoda en mi ropa, el alcohol no me gusta, bailar entre un montón de extraños con música que tampoco me gusta, no le veo el menor atractivo. Porque a ella le parecía que está mal lo que hacía, no significaba que realmente estaba mal ¿y qué habría dicho de mí como persona si empezaba a arreglarme de manera que ella lo aprobara, de salir a hacer cosas que no quiero para que ella las aprobara, de leer menos para “vivir” más como ella quería? Que no sirvo como gente porque vivo a su criterio.

    No toda crítica es válida (como bien has demostrado con esa gente que insultaba a tu amigo por querer cuidarse más) ni todo aquel que critica tiene la absoluta razón. De paso, creo que una crítica dicha sin más tampoco sirve de nada, no realmente. Es muy fácil señalar defectos y quedarse tan contento pensando “por lo menos he sido honesta, nadie puede decirme que no y es un idiota el que no mejora gracias a ello”. Lo de verdad complicado, y que para mí es muestra de que la persona de verdad pretendía ser útil, es ofrecer maneras de mejorar ese error. Demostrar que de hecho sabes mejor y por eso tienes autoridad, moral e intelectual, para criticar. Si me permito criticar la ortografía o la redacción de otros es porque sé que soy un poquito mejor en esos dos aspectos.

    ¿Tienes problemas con la ortografía? Bien. Te traeré ejemplos en los que las palabras cambian de significado dependiendo de la tilde. ¿Con las comas? Te mostraré cómo cambia el sentido si se las pone bien. Te mandaré libros para leer, páginas de cuentos online, explicaciones de wikipedia. Te mostraré el error y la manera correcta de hacerlo porque yo, como lectora, quiero que lo hagas mejor.

    Y como amiga, pues te recomendaría tener una lista de qué vas haciendo y qué te falta hacer para la próxima que quieras cocinar algo. Pero quedarse en la crítica simplona y plana, no.

    Le gusta a 1 persona

    • No puedo más que decirte cuánta razón tienes.

      Lo importante a la hora de criticar es, en primer lugar, tener buenas intenciones, pero aun así, si todo lo que se hace es mencionar los defectos, nunca las virtudes, y tener tan mal criterio como para esperar que la otra persona sea exactamente como ellos, la crítica dejará de ser buena y, como personas se convertirán en alguien a quien rehuir. Sí te diré que la chica de la que hablo al principio a veces fue muy exagerada en lo que me censuraba, llegando a pedirme que no hablara en el transporte público, ni por teléfono, ni con ella ni con nadie. Para ella era feo que cualquier desconocido se enterara de si había desayunado leche o galletas, y en el fondo lo único que hacía era tratar de inculcarme sus complejos. Sin embargo hoy día no sólo se ha suavizado (hace tiempo me pidió perdón por lo que te acabo de contar del autobús), sino que aunque sigue siendo tan corrosiva como siempre, luego parece darse cuenta, pide disculpas si ha sido hiriente y añade la coletilla eterna: “pero esta es mi opinión y tú puedes hacerlo como quieras”.

      La chica es así y como he decidido que la aprecio a pesar de sus defectos, se lo acepto. Por supuesto, una también tiene que ser sensata y, después de recibir una crítica, tomar lo que le interesa y descartar lo que no. Pongamos que a mí me dicen que mi historia está bien, pero que si fuera en primera persona y se escucharan los pensamientos de los personajes estaría mejor; por muy buena intención que tenga quien me dice eso, no le haría caso, para empezar porque cambiar el estilo narrativo me haría rehacer la historia por tercera vez, y para continuar porque no me gustan las historias donde los personajes dialogan consigo mismos como si fueran candidatos al manicomio.

      Como tú dices, la crítica siempre ha de ser constructiva. No se trata de demoler una costumbre, un estilo de vestir o una novela a fuerza de mazazos, sino de detectar los fallos y proponer soluciones. Y nunca hay que olvidar que lo que nosotros vemos como fallos, pueden ser cosas que al escritor y a otros lectores les gusta. Como lo de los pensamientos internos de los protagonistas. Hay muchísimos lectores que disfrutan con esas escenas, y jamás lo verán como un fallo. Así que si yo se lo criticara a otra persona, sería más bien una opinión, no una corrección. Corregiría si viera que ha puesto “duce” en vez de “dulce” o “haber” en vez de “a ver”. Cuando se trata de trama, lo más que podemos hacer es opinar y dar otras posibles formas de desarrollarlas (o variarlas).

      Mi problema es que tiendo a “chivarle” a los escritores sus faltas de ortografía o puntuación y alguna que otra incongruencia en la trama. Si tengo familiaridad con ellos, lo hago por privado, porque me parece que un comentario público es más doloroso (no es lo mismo que te hagan ver que te has puesto los calcetines de distinto color delante de toda la clase, que te lo digan en la intimidad de tu habitación), pero si no hay más remedio, lo digo entre los comentarios de la propia historia, y sé que eso me vuelve odiosa. Tampoco es que vaya como abanderada de la calidad corrigiendo a todo el que veo. Si no me interesa la novela o detecto demasiados fallos como para tomarme la molestia de señalarlos, dejo de leer y me voy sin dejar comentario ni nada. Ya mejorará el escritor por sí mismo, que hay muchas formas de hacerlo sin necesidad de que yo esté ahí supervisándolo.

      Y, como bien dices, siempre tenemos que recordar que lo que a nosotros nos gusta no tiene por qué ser lo que a otros les guste.

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