Relato corto: Amor predestinado

Portada Amor Predestinado5Sinopsis

Relato corto de 2400 palabras (diez paginillas de nada). Mi versión de cómo sería una épica aventura romántica entre dos shifters (cambiaformas, hombres que pueden convertirse en un animal determinado, normalmente panteras, tigres, leones, y otros depredadores muy atrayentes). Nuestros shifters, como todos los shifters, tienen una pareja predestinada por naturaleza, y cuando dan con ella no pueden resistirse a su instinto, el aroma y la llamada de la madre tierra que exije que se unan y sean felices para siempre, abrazándose y queriéndose mucho sin importar las diferencias raciales o personales.

Puedes tomarte esto como una extraña historia de amor, un relato cuajado de cinismo o una apología al libre albedrio usando la psicología inversa, pero mientras te entretengas, habrá servido para algo.

 

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Amor Predestinado

Rosa Pétrea

Beteado por AiQi

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Guy entró en la casa con prisa. Dejó las llaves en el mueble del recibidor, vagamente consciente de que nunca más volvería a cogerlas, y saludó al aire, anunciando su llegada a quien quiera que estuviera en el hogar. El olor de la carne
en la sartén le advirtió que su madre ya estaba ahi.

Decidió que hablaría con ella después, cuando terminara de hacer la maleta. Entró en la habitación, tomó una mochila escolar y metió lo fundamental. Siempre creyó que cuando llegara ese día pasarían meses haciendo la mudanza, incapaz de abandonar ese viejo póster de Las Cuarenta de WallStreet, su colección de libros de aventura fantástica humana o el corcho donde se reflejaba toda su adolescencia en el instituto True Liberty. Ahora comprendía qué banal había sido su vida hasta la fecha. Nada era importante, no tanto como lo que estaba a punto de ocurrirle. Por fin la vida comenzaba para él.

Lo único que se llevó fueron camisas, pantalones, sus mejores calzoncillos y un par de abrigos. En el último momento metió el cepillo de dientes y sacó la caja de condones que había colocado bajo la ropa sin pensar. No tenía sentido.

Cuando apareció en la cocina con la mochila al hombro su madre interrumpió la canción que estaba tarareando. Lo observó un segundo, congelada. Luego volvió a los fogones, giró la manilla para apagar la vitrocerámica y alejó la sartén del fuego. Comprendía lo que estaba pasando.

—¿La has encontrado?

Guy se encogió de hombros, sin mirarla a los ojos. La despedida estaba siendo extrañamente fácil. Había esperado sentirse destrozado por abandonar a su familia así, tan abruptamente, pero no encontró dentro de él nada más que emoción ante la idea de lo que le esperaba al otro lado del portal, dentro del pequeño y descascarillado Seat panda.

—No exactamente. Lo encontré, más bien.

—¿Él? —Su madre frunció el ceño, luego suspiró. —Pero a ti no te gustan los hombres.

De nuevo, Guy se encogió de hombros. La conversación le pareció fuera de lugar. Sabía que su madre sólo intentaba alargar el momento, resistiéndose a dejar marchar al último de sus hijos. Pobre mujer. Al menos no estaría completamente sola y podría disfrutar del resto de su vida en compañía de su pareja sin estar preocupándose por su gran prole, resultado de su amor perfecto.

—Sí, bueno, es amor predestinado, ¿no? No hay mucho que pueda hacer contra eso. Supongo que de todas formas me gustará el… —dudó. ¿Estaba bien hablar de sexo con su madre? Sólo hacía media hora que se había emancipado emocionalmente. No creía estar preparado.

Ella tampoco lo parecía, porque apartó la vista y comenzó a doblar trapos sobre la encimera, trapos que ya estaban doblados.

—Sí, claro. No creo que haya problema. —Ladeó la cabeza, fijándose en las formas que las vetas del mármol hacían sobre el poyo, y se aclaró la garganta. —¿Al menos puedo verlo? Me gustaría conocerlo, saber qué tipo de persona es. —Su ceño volvió a fruncirse, concentrada en las manchas. —Al menos mantendremos el contacto, ¿no? Tu hermana todavía me llama una vez al mes. Tú también podrías hacerlo.

Guy suspiró. Había supuesto esto. Iba a ser lo más difícil, pero no podía sentirse culpable. No fue él el que lo eligió.

—No creo que sea adecuado —dejó caer, con suavidad, observando el rostro de su madre para asegurarse de que no le hacía más daño del necesario. Estaba seguro de que sus siguientes palabras se le iban a clavar como cuchillas en
el pecho. —Él no es precisamente… No es un buen miembro de la sociedad. Es posible que la policía venga a preguntar por nosotros, y cuanto menos sepas de dónde estamos, mejor.

Su madre se giró hacia él, horrorizada. Su redondo y envejecido rostro había perdido todo color y las arrugas de la edad se marcaban bajo los ojos.

—¿Cómo de malo? —Su mano se apretó sobre los paños, pero la voz sonó calmada mientras preguntaba. —¿Un ladrón? ¿Traficante? ¿Estafador?

Guy se frotó la frente, molesto. Quería acabar con aquello cuanto antes.

Asesino. Asesino en serie.

—Escuchó el gemido estrangulado saliendo de la garganta de la mujer, pero no la miró. Le daba rabia tener que disculparse por algo de lo que no tenía culpa, así que no pensaba hacerlo. —Al menos ha sido lo suficiente amable de
advertírmelo en cuanto hemos notado
mutuamente que somos compañeros predestinados. Evelyne no supo que su compañero era un maltratador hasta que le sacó los primeros dientes. Soy afortunado, ¿no?

La mirada furiosa de su madre mientras lo amenazaba con el cucharón de cocina, lo primero que había agarrado, le dijo que su cinismo no era bien recibido.

—Eso es distinto. Él está intentando ir a terapias de control de la ira, y está progresando. No creo que tu compañero progrese cuando te mate y te entierre en alguna cuneta perdida de la mano de Dios.

—Sinceramente, mamá —dijo recolocándose la mochila al hombro antes de girarse—, prefiero que me maten rápido a vivir una vida de insultos y palizas. De todas formas, me ha jurado que no soy su tipo. A él también le gustan las mujeres, rubias —añadió, levantando una mano a modo de despedida. —Si nos cogen te mandaré postales desde el corredor de la muerte, o donde sea.

Escuchó cómo lo llamaba y luego, cuando cerró la puerta tras de sí, le pareció percibir un murmullo lejano, el llanto de una madre. Se sintió mal, culpable, pero no quería meditar al respecto. Era su destino. No había forma de luchar contra él. Podía fingir que la atracción no existía, intentar cambiar de estado para no ser encontrado y vivir una vida de sufrimiento sin amor y sin tranquilidad, con el alma torturada por estar lejos de su compañero verdadero, pero se conocía. No era lo suficientemente fuerte. Al menos podía sentir la conciencia tranquila. A él no le gustaba matar, ni los asesinos, y definitivamente no le gustaban los hombres. No era como si tuviera elección, y aún menos como si se hubiera equivocado.¿Quién podía culparlo de las decisiones del destino?

Bajó las escaleras con prisa, el estómago revoloteando impaciente ante la simple idea de volver a oler el atrayente aroma de su compañero, y salió al exterior buscando la pintura verde del viejo coche. Estaba justo donde lo había dejado, el motor encendido y una figura en su interior inclinándose para mirarlo. Se sonrió y caminó con paso rápido. Abrió la puerta trasera para lanzar la mochila antes de regresar al asiento del copiloto. Los ojos encendidos de pasión de su pareja lo recibieron con dulzura.

No era guapo, en absoluto, pero no era algo importante en estos casos. ¿Quién se molestaba hoy día en parecer una persona atractiva cuando, hiciera lo que hiciera, siempre iba a terminar encontrando al amor de su vida? Xerxes tenía un sobrepeso ligero, no demasiado, porque de otra forma no podría cazar a sus pobres víctimas con la rapidez que requería. Su piel era reseca, un poco grasienta en la frente, y tenía problemas dermatológicos en la barbilla, pero los espinos estaban adecuadamente cubiertos por la descuidada barba, rala y oscura.

Su voz, siendo realistas, no era agradable, ni siquiera masculina, pero el simple sonido era como sexo líquido sonando en sus oídos. Era difícil estar el uno cerca del otro sin lanzarse en una maraña de deseo, arrancándose la ropa y
gruñendo. Sin embargo les convenía mantenerse con la mente fría por ahora. La policía estaba siguiéndole la pista al asesino, y por lo único que no había dejado la ciudad aún era porque la fortuna le había sonreído tres semáforos después de robar el coche, topándose con Guy y dándole un nuevo sentido a su vida.

—¿Has tenido problemas?

Él negó, poniéndose el cinturón e indicándole que podía arrancar.

—Mi madre se ha preocupado cuando le he dicho que eras un asesino en serie, pero…

—¿Se lo has dicho?

Xerxes lo miró molesto, apretando el volante hasta que sus nudillos se quedaron blancos, y Guy se preguntó si no tenía la misma suerte que su hermana y estaba destinado a alguna clase de maltratador, alguien incapaz de controlar su ira, un hombre que lo golpearía hasta romperlo y luego lo abrazaría para suplicarle su perdón y jurarle que jamás le haría nada a su preciosa y amada pareja predestinada. Sin embargo los dedos se relajaron sobre el volante, y Guy creyó que podía tener esperanzas.

—Sólo le dije eso. No le he dado tu nombre ni nada. No va a delatarnos. ¿Qué es lo máximo que puede hacer? ¿Darle mi foto a la policía? La tendrán tarde o temprano, ¿no?

El hombre frunció los labios y negó con la cabeza, observando el tráfico.

—No quería implicarte en esto. Quería que vinieras conmigo porque no había otra opción, pero me dijiste que no te gustaba eso de matar, y yo, la verdad, lo disfruto en soledad. Mi idea era conseguir un lugar seguro en alguna parte, muy lejos, y cuando necesite acabar con alguien me desplazaría un par de ciudades, para no atraer sospechas sobre nuestro hogar.

Guy asintió, removiéndose en el asiento y mirando por la ventana. No estaba seguro de que debiera decir lo que estaba pensando.

—También podrías intentar no matar. No digo que lo hagas, sólo que lo intentes. A mi madre no le gustaba que mi padre fumara, y lo dejó.

Su compañero hizo unos ruidos con la lengua, como si paladeara la oferta, y cambió de marcha. Una vez tomaran la avenida no estarían muy lejos de la autopista.

—Podría intentarlo, pero no prometo nada. Ahora estoy en una parte muy delicada. Tengo a ese madero detrás de mí, y es jodidamente bueno. No soportaría la idea de que piense que me estoy acojonando. Quizás sólo un par de chicas
más, para dejarle claro que soy yo el que domina el juego, y después me retiro. —Puso el intermitente y aprovechó para lanzar una ojeada a Guy. —¿Qué te parece?¿Podrías aguantar eso? Sólo un par de chicas.

—Supongo —respondió sin molestarse en ocultar lo poco que le agradaba la idea—. Pero preferiría no saber de ellas, ni siquiera por las noticias.

—Bien, me aseguraré de que nuestro hogar no tenga Internet ni nada. Luego, cuando todo se haya tranquilizado, te compraré tele por cable y cualquier cosa que necesites para estar conectado con el mundo, para compensar.

Guy volvió a asentir, mirando por la ventana una motocicleta sobre la que iban dos mujeres abrazadas. Se preguntó si serían pareja, si habían sido lesbianas antes de encontrarse la una a la otra y si alguna de las dos tendría algún secreto vergonzoso. Por un momento deseó no haber encontrado a su compañero, pero de inmediato se arrepintió. La simple idea de quedarse sólo en el mundo era abrumadora, dolorosa, como si un gran vacío se abriera bajo sus pies.

—Me gusta dibujar. Quería ser pintor de mayor —confesó, sin motivo, sólo queriendo llenar el silencio.

Xerxes lo miró, serio, y observó por el espejo retrovisor si había algún coche en el carril de la izquierda antes de incorporarse a la autopista.

—No sé nada de arte, me parece aburrido, pero no me molesta tener pinturas en casa. ¿En eso quieres trabajar? Porque no creo que podamos mantenernos así. Yo a veces hago apaños de fontanería y electrónica. Es muy útil para entrar en las casas de las mujeres.

—Preferiría no saber esas cosas —susurró, incómodo.

No podía lidiar con la idea de que las mismas manos que deseaba sobre su cuerpo estuvieran acostumbradas a acuchillar a amas de casa rubias y emparejadas. El fetiche de su compañero había sido aterrador para él cuando lo escuchó en la televisión, pero era peor ahora que en vez de temerlo como un peligro distante, una amenaza para otros, se había convertido en una mitad de él mismo, arraigado a su alma.

—Entonces, ¿crees que podrías trabajar en algo más?

Apreció su intento de cambio de tema. Una sonrisa torcida acudió a su rostro. Quizás la convivencia no fuera tan difícil. Xerxes parecía un hombre abierto al diálogo. Eso estaba bien. No todo él era despreciable.

—Estoy en mi primer año de Economía, pero no es que me guste mucho la carrera y no creo que pueda ejercer sin el título.

El hombre se rió, una risa áspera, descompasada, pero que se le antojó caliente como el infierno. Sonrojado por las ideas indecentes que se cruzaban por su mente, abrió la ventana, esperando que el aire golpeando contra su rostro le refrescara e impidiera que siguiera olfateando el excitante aroma almizclado de su pareja.

—Algo se puede hacer. Un título sólo es una línea en el curriculum. De hecho, puedes ser quien quieras ser. ¿Un reputado cocinero que ha decidido recomenzar su vida con su recién descubierto compañero? ¿Un escritor en busca de
inspiración en medio de la nada rural? ¿Un tierno profesor de preescolar que adora leerles cuentos a sus alumnos?

Guy sonrió. Le gustaba. Le gustaba la idea. Un sentimiento cálido se extendió por su estómago. Todas esas posibilidades eran miles de maravillosas nuevas vidas. Siempre supo que el día en el que se encontrara con su destino todo sería mucho más fácil, más bonito: buen sexo, buena compañía y amor incondicional. Ahora podía confirmarlo.

—Podemos pensarlo por el camino. —Subió la ventanilla. Quizás dejarse rodear por el olor masculino no fuera tan mala idea. ¿Por qué debía oponerse a las imposiciones del destino? —Tener un perro también estaría bien. Siempre quise tener un perro pero mi padre opinaba que los shifters y los animales no podían convivir en la misma casa.

Xerxes gruñó divertido. Sus ojos lo buscaron un segundo y luego negó con la cabeza.

—Un perro. Perfecto. Puedo amoldarme a la idea de tener un chucho feo. —Miró por el espejo retrovisor, como si quisiera asegurarse de que no los seguían, y luego puso el intermitente para salir de la autopista. —¿Te parece si
hacemos un alto? —Sus pupilas dilatadas y el pulso acelerado.

Guy sonrió, el aroma penetrante de la necesidad de su compañero despertando todos sus sentidos.

—¿Tenemos otra opción?

Bendito destino que reducía todas las aventuras románticas a un estado perpetuo de enajenación.

FIN

Notas finales:

Portada Amor Predestinado3Género: Shifter

Amor: Predestinado.

Método de elección de nombres de los personajes: Se lanza un dado y lo que salga salió, pero preferiblemente inglish, que suena más cuul.

Esta historia simplemente surgió, de pronto, cuando al abrir uno de tantos libros que descargo a la aventura, sin leer sinopsis ni nada, me encontré con la típica historia de shifters predestinados.

Si se está de humor esas historias pueden ser realmente divertidas, como ver una película de los Monty Python, donde todo es absurdo y nada es realista. Así que me picaron las manos y me dije «¿por qué no puedo divertirme yo también?».

Aparte, llevo semanas pensando que debería intentar hacer un relato corto. Me declaro incapaz en el género. Nunca surge una idea lo suficientemente reducida como para abandonarla antes de las doscientas páginas, pero esta era perfecta, porque ¿qué más se puede escribir en una historia romántica de este tipo? No hay forma de que puedan desenamorarse o, simplemente, no enamorarse. Nadie va a intentar conquistar a nadie, porque están
conquistados desde que sus ojos se encuentran la primera vez. Así que el mismo principio es el mismo final.

Estoy muy orgullosa de haber dado con esta veta repleta de historias cortas y absurdas, pero por desgracia no creo que vaya a seguir explotándola. Les dejo eso a los verdaderos expertos en el tema.

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